Silencio
Toda voz que se apaga se convierte en un grave silencio, al que no es fácil acostumbrarse, porque las comunicaciones son de la esencia de lo humano, mientras que el silencio conduce a muchas ausencias.
Hay silencios que no son voluntarios, pues a ellos se llega como consecuencia de insostenibilidades y si éstas corresponden a factores económicos, es tanto como llegar al final.
La radio en Colombia, que un día fue reina indiscutible de las comunicaciones, ha ido cediendo espacio, mucho especio a la televisión -primero- y a las redes sociales luego, como que hasta el más humilde de los humildes posee un equipo móvil en el que le cuentan todo, aun sin estar preguntando por nada.
A manera de ejemplo, puede decirse que a la radio, ahora en Colombia, apenas le queda la franja de la mañana, en la que puede aprovechar el suministro de novedades sociales, pues la televisión en esas horas apenas si se repite en lo que hizo en la noche anterior, en la que sin duda alguna es todopoderosa. La televisión matinal en nuestro medio está por hacerse, no puede mantenerse con simples repeticiones y en las denominadas horas valle, dedicarse a transmitir telenovelas turcas que presentan unas ideas y una idiosincrasia que nada tienen que ver con lo latino, para no limitarnos a lo colombiano.
Algunas emisoras la saben aprovechar. Otras se mantienen en le rutina que los va a ir borrando poco a poco y los matará de anemia económica.
Hoy debemos hablar de un nuevo silencio en la radio. Un silencio que vamos a extrañar, porque fue un tiempo superior a los 70 años en que la emisora de la “inmensa minoría”, dijo cosas distintas y presentó voces que si tenían mucho que decir, para no tener que soportar las mismas malas palabras de locutores incultos que acostumbran a hablar de lo que no saben, porque su propósito es llenar tiempo al aire.
El silencio ya había comenzado de tiempo atrás. Fue un silencio construido a largo plazo. Hubo resistencia de sus propietarios que siempre creyeron en lo que hacían y son conscientes que le dejan un gran legado cultural al país, que ojalá no se vaya a perder en las manos inexpertas e ineptas del Ministerio de Cultura, que ahora no puede ser nada más que algo parecido al gobierno presente, que habla mucho, no hace nada y sigue prometiendo como si le quedara la vida entera para gobernar, algo que no sabe hacer y que jamás va a aprender, porque como alegaban los españoles en sus tradiciones: “Lo que natura no da, Salamanca no lo presta”. En sus manos ha quedado ese legado de voces eternas, de grandes figuras de la literatura universal que un día aceptaron sentarse a hablar de lo que ellos sabían y pensaban para tratar de llegar a ese anónimo oyente, que entendía y aceptaba cosas diferentes en esas hondas que llegan a través de pequeños aparatos de audio, ahora contenidas como una función más de los teléfonos celulares.
En ese proceso de resistencia, lo último que hizo esa voz culta, fue plegarse a las redes sociales, sin entender que allí prospera esencialmente el mal gusto y las habladurías sin ninguna posibilidad de responder por lo que se afirma, como que apenas basta con teclear unos tipos y decir tonterías, con tal de hacerlas llegar a miles de receptores, sin ninguna capacidad de crítica o cuestionamiento
Hasta el pasado mes de julio llegó la voz de la HJCK, la emisora que le enseñó a los colombianos que la cultura y la música de verdad, la de creatividad, la de ingenio, la de compositores que si lo son, es posible de difundirse en medio de tanta basura que desde siempre ha molido mucha radio colombiana.
No aguantó. Se fue quedando más sola todos los días. La pauta publicitaria -de la que viven los medios de comunicación-, desapareció, porque se la lleva toda la televisión nacional en su mal gusto y poder de atención, cuando no se tiene con que adquirir los muy costosos planes de la denominada televisión pagada, de la que en nuestro medio se ha hecho un monopolio, que como cualquiera impone condiciones económicas que no se justifican de ninguna manera, pues sin la existencia de los receptores, que son del televidente, y el servicio de energía que lo paga el mismo televidente, ellos, los poderosos dueños de la televisión por cable, no serían nada.
Pero es el mundo de hoy y se acomodan y nos acomodamos, o miramos los canales nacionales, cuando en los que mejor nos puede ir es cuando habla el señor Presidente, que tiene por bella costumbre interrumpir programas y volver a decir de lo mucho que ha hecho por Colombia, que bien puede resumirse en un segundo de tiempo, y va a sobrar tiempo.
Ese bello esfuerzo que a la muerte de doña Gloria Valencia de Castaño (la precursora del periodismo ambiental en Colombia) y luego la del gran Álvaro Castaño Castillo, hombre culto y de muy buen decir, pero antes que nada un caballero a carta cabal, de los que casi no quedan, sufriera duros reveses, a los que se resistieron hasta donde hubo fuerzas, aguantando la anemia publicitaria que solamente toma en cuenta esa franja de lo que llaman popular, que bien puede ser sinónimo de gustos carentes de estética.
Ha llegado el silencio total para la HJCK. Ya nunca más se volverá a escuchar. De ella queda la lección de que la radio culta es viable y el gran archivo de voces con personajes que han trascendido a la inmortalidad de su obra creativa. Quedan en manos del Ministerio de Cultura. Ojalá no se pierdan en los meandros de la burocracia oficial que pocas veces sabe a qué se dedica y que actualmente asume mediocridades mayores porque casi que se ganaron el poder en una rifa, en la que el contendor apenas si fue un viejito cascarrabias que se estaba yendo de la vida. Eso fue lo que nos tocó. Eso fue lo que eligieron.
El 15 de septiembre de 1950 se escuchó por primera vez la emisora HJCK. Ha muerto -por asfixia económica-, la emisora culta que fue el producto de un sueño de Eduardo Caballero Calderón, uno de los grandes de la literatura colombiana, Alfonso Peñaranda, Hernando Martínez, Alfonso Martínez, Gonzalo Rueda Caro y Álvaro Castaño Castillo. La motivación para emprender esta empresa fue su gusto por la música clásica y la lectura de las grandes obras de la literatura universal. Se juntaron muchas mentes cultas, con todo su bagaje intelectual y se hicieron el propósito de volver popular la cultura, a la que se pensaba que sólo tenían acceso los privilegiados.
No fue fácil el comienzo. Lucharon. Tocaron puertas. Lograron consolidar la idea y la emisora gozó de muy buena salud, en cuyo empeño de mantenerla viva sólo insistieron Gloria Valencia de Castaño y Álvaro Castaño Castillo, quienes hasta el final de sus días creyeron en lo que estaban haciendo.
Se murieron Gloria y Álvaro y los hijos hicieron grandes esfuerzos para mantener la emisora. No fue fácil. Cada día más difícil. Hasta que llegó el silencio, porque al fin y al cabo no se trata de personas de radio, sino de quienes viven en otros mundos de intereses económicos, sin el tiempo y sin la vocación para seguir en el empeño.
Debe agradecérseles lo que hicieron. No pudieron. Se los tragó la mediocridad de una radio que cada día cede más terreno, por carencia de talento humano, ya que los inversionistas piensan que todo es tecnología y nada más. La creatividad requiere del talento de los seres humanos, que son los que hacen la vida, la cultura y todo lo que se ha creado en el mundo. El mundo sin el ser humano no es más que un material que puede destruirse solo. La tecnología no lo es todo. No lo va a ser. Necesita al hombre. Los dueños del capital piensan otra cosa.
Llegó el silencio y con eso los colombianos perdemos una radio que tanto nos enseñó, como a conocer las opiniones de los grandes pensadores, como a saber distinguir las notas de la música clásica, como a entender que el arte y la cultura son de la esencia de quienes pasamos por esta tierra.
El silencio testimonia que un gran esfuerzos de personas que creen en la creatividad infinita de los seres humanos es el camino para ser mejores. Quienes aprendimos tanto en sus transmisiones, quedamos con el buen gusto por las notas de los pentagramas utilizados con mucha academia y esfuerzo. El gusto no se va a perder, pero ese silencio nos recordará que una tarea quijotesca ha llegado a su fin.
Sobreviven algunas emisoras cultas, gracias al esfuerzo de gobiernos locales, hasta cuando aparezca el politiquero de turno que con el argumento de que eso no da votos, porque los cultos no votan, y por tanto es mejor gastar esos ingresos en populismo rampante del que siembra memorias para el día de elecciones. votar por el que si dio algo. No se vota por convicción, sino por dádivas. Aunque estamos en una democracia.
Con la salida del aire, definitiva, de la emisora HJCK llega un silencio más de la cultura colombiana. No son buenos esos silencios.