La sombra en la vida de Silva
Si José Asunción Silva no hubiera escrito sino su Nocturno III, con esa sola obra habría entrado a la inmortalidad. Murió en 1896, a los 30 años, y su nombre quedó cubierto por la sombra de su muerte trágica. La historia dice que se disparó un tiro en el corazón, agobiado por tres causas principales: la muerte de su hermana Elvira, la pérdida en un naufragio de buena parte de su obra, y el fracaso de sus negocios.
Enrique Santos Molano, autor de una extensa biografía de Silva, manifiesta: “Nadie ha podido explicar por qué se suicidó. Yo voy a explicar por qué no se suicidó”. Y analiza varias circunstancias que lo hacen dudar de la noticia oficial, pero no ofrece comprobación que sustente dicha conjetura. Tampoco puede sostenerse que entre el poeta y su hermana existió un amor incestuoso, murmuración que se hizo correr ante la sentimental y lacerante confesión acentuada en el célebre nocturno.
Elvira fue la adoración de su vida. Era una linda muchacha que causaba admiración en los círculos bogotanos. Compartió con ella intensas horas de afecto y confidencia, hecho que se prestó para difundir, sobre todo a raíz del nocturno, el morbo que algunos imputaban a la pareja, cuando lo que ocurría en realidad era la idealización de la figura femenina. Ella era su diva, no su amante carnal. Murió a los 21 años a causa de una neumonía.
Las sombras fueron un signo constante en la vida de Silva. Provenía de una familia de alto linaje, ligada a destacadas figuras, entre ellas el general Santander. Sin embargo, sufrió infinidad de tropiezos, frustraciones, ofensas y frialdad en medio de una atmósfera que no dejaba ver su talento como poeta grandioso. Dicha condición solo le fue reconocida mucho tiempo después, cuando ya había desaparecido de la escena de ese mundo frívolo y falaz.
Sus paisanos fueron indiferentes al surgimiento de una revelación literaria, y estuvieron, por lo tanto, ausentes del gran momento que vivía el arte nacional. Los vínculos comerciales de Silva, sobre todo después de la muerte de su padre, fueron cada vez más débiles, y esto desembocó en la quiebra de la fábrica de baldosines, el último esfuerzo que hizo para sobrevivir en ese mar de asperezas.
El desgarrador nocturno para Elvira representa la imagen de ese afligido transitar por las sombras: Una noche en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas, a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda, muda y pálida (…) Y eran una, y eran una, ¡y eran una sola sombra larga! ¡y eran una sola sombra larga!… Este poema contiene 10 veces la palabra “sombra”.
Su cuerpo no fue inhumado en el cementerio católico, que inauguró en 1836 el presidente Santander –su pariente–, debido a que la Iglesia negaba ese servicio a los suicidas. Se enterró en un lote colindante con el basurero municipal. Allí permaneció 40 años, hasta 1937, cuando se hizo el traslado al Cementerio Central, donde se encontró con su adorada Elvira. Lo que en verdad existe hoy en ese sitio, más allá de la sombra sepulcral, es un deteriorado monumento –deslucido por la garra del tiempo– que glorifica el amor puro convertido en leyenda.