Desilusión
La izquierda política siempre se ha caracterizado por constituir una ilusión, la de quienes aspiran a tener un mínimo de satisfacción y soluciones en sus múltiples necesidades y de alguna u otra manera su lucha ideológica se ha mantenido en el camino de la consecución de la igualdad.
Igualdad que el desarrollo del tiempo y de los seres humanos, ha demostrado que no es más que una simple enunciación que cada vez se aleja en grado sumo de la realidad.
Lo cierto del caso es que no somos iguales, pues sólo es posible buscarla en la medida en que se hable entre pares. Pero no somos pares de todos. Siempre estaremos diferenciados por muchas circunstancias y factores. No somos iguales y de ahí surge la posibilidad de que sigamos existiendo como humanos. Ser iguales sería un desastre sociológico. Además de terriblemente aburrido.
En esa búsqueda de la igualdad, se han recorrido y se seguirán recorriendo muchos caminos, que ofrecen la alternativa de arribar a ella. Uno de esos caminos es la democracia, que como alguien anotara, es la menos mala de las formas de gobierno, aunque debería agregarse que lo malo no es la forma de gobierno, sino lo que hacen o dejan de hacer quienes acceden al manejo de lo público. Es como que perdieran las ideas que los llevaron hasta ese punto. Gobernar no es lo mismo que aspirar a gobernar. La diferencia es la capacidad administrativa que se posea y los votos nunca se determinan por cualidades, sino por muchos otros factores, a veces poco ortodoxos.
Ya la izquierda ha tenido muchas oportunidades, a nivel mundial. Algunas han sabido aprovecharse y con la presencia de líderes ponderados, que nunca se han creído los salvadores del mundo, han alcanzado logros que de algún modo le ha permitido a grandes núcleos poblacionales alcanzar unos niveles dignos de existencia.
Del mismo modo que se han logrado esa clase de victorias en determinadas zonas del mundo, en muchas otras el alcance del poder apenas ha servido para que se llegue con muchas ideas y demasiados errores, pues en la medida de la enorme dificultad para acceder al poder, pareciera ser que no se han preparado sus dirigentes para ejércelo. Cuando les llega se alucinan y comienzan a hacer cosas que no saben hacer y a intentar otras que al final no pasan de ser utopías tropicales que a nadie convencen ni satisfacen.
En Colombia por primera vez llegó al poder la izquierda. Lo hizo en cabeza de dirigentes -algunos- que habían estado en la lucha armada, sin que hubiesen sido combatientes de monte, sino más bien panfletarios de ciudad y provocadores de entusiasmos y presencia mediática.
Esas presencias en medios masivos de información, les fueron abriendo un espacio en el que ellos mismos difícilmente creyeron, y de ahí la ausencia de preparación para manejar el poder. El asunto no es simplemente luchar para llegar al manejo de lo público, el asunto más difícil es prepararse para ese manejo. Y cuando ese plan de apoderamiento de lo que se debe y se tiene que hacer, no ha existido, el resultado al ser ganador, no es más que la frustración.
Son demasiadas las esperanzas que se van frustrando en la medida del paso del tiempo, cuando lo que se intenta hacer no resulta, sencillamente porque no se sabe hacer.
Hay una diferencia enorme entre hacer y criticar o cuestionar a quien lo hace. Para esto último basta con la inconformidad de lo que se está haciendo por parte de otro. Cuestionar, criticar, interrogar sobre lo que hacen los demás, tiene la gran ventaja de que la imaginación la pone el que hace. Es una especie de crítico de arte, que alaba, cuestiona o destruye lo que él mismo no sabe hacer, pero pontifica con base en lo que los demás hagan. Crear no es fácil, criticar es cuestión de sentarse a esperar la obra de los creadores.
La izquierda en Colombia ha sido eminentemente crítica. Y ha jugado un papel importante en el denominado control social. Las fuerzas de oposición siempre serán necesarias a la democracia. Pero cuando ganaron enfrentados a un señor medio loco que estaba ya muy enfermo y pensó que ser el líder de un gobierno nacional, era lo mismo que sentirse el rey del mundo en el seno de una oficina de alcaldía para pegarle en la cara a los concejales que no estuvieran de acuerdo con él.
En la última elección presidencial en Colombia -aunque eso no es nada nuevo- en la papeleta final, los votantes debieron escoger entre el menos malo de los dos. Y muchos que sabían lo que estaban haciendo le dieron preferencia al voto en blanco, que es la mayor expresión de independencia y análisis que puede hacer una persona que ejerce su derecho-deber de votar. De todos modos ganó el menos malo y ni él mismo se lo creía y parece que aún no lo cree.
Ganó el menos malo. Y nos salvamos de que un Presidente en ejercicio se muriera, como ocurrió con el cascarrabias de Bucaramanga, quien de haber ganado nos hubiera dejado en manos de unas nuevas elecciones, dado el tiempo transcurrido entre su acceso al gobierno y el período restante. Es decir avocar un nuevo gasto electoral que no es nada barato.
Y la brillante izquierda de la oposición, estudiosa de lo que hacían los demás, para formular muchos interrogantes, se enteró que ahora era el poder y le correspondía por cuatro años administrar la compleja cosa pública.
Carecían de cuadros ciertamente formados para gobernar y no para criticar. Debieron llamar, en un comienzo, a algunas figuras del denominado establecimiento, personas capaces y preparadas a conciencia en lo que es su existencia profesional, pero en la medida de la confrontación de estilos, todos esos personajes se fueron yendo en silencio y luego fueron objeto de cuestionamientos y hasta de responsabilidades de no haber dejado hacer lo que tenían por hacer, cuando sencillamente no los dejaron hacer, como que la presencia de liderazgos mesiánicos nunca ha sido buena en el ejercicio del gobierno.
Ni mesías de derecha, ni de centro, ni de izquierda. Todos los mesianismos son fatales para el desarrollo social, en la medida en que pretenden que las cosas se hagan conforme a su estilo y ganas de figuración. El ego de los mesías se los lleva por delante, sin que ellos se enteren, porque siempre se pensarán los mejores seres humanos y no van a tener espacio para cuestionarse por hacer lo que no saben hacer.
La izquierda en Colombia llegó al poder y el resultado de lo que ha hecho (?) es tan precario que apenas si puede calificarse como una gran desilusión. Restan 11 meses de gobierno y poco o nada podrá enmendarse de lo mucho equivocado que se ha alcanzado.
Dice el tendero de barrio, que desde hace mucho años encontró el sustento y el de su familia en el pequeño negocio, que conoce en sus más mínimos detalles, que lo que funciona bien es mejor dejarlo quieto y que lo que deba corregirse se debe corregir para mejorar, nunca para dañar o desmejorar. Muchas cosas que funcionaban bien, o por lo menos no tan mal, las trataron de modificar o las modificaron y lograron el resultado de lo que no se debe hacer, cuando no se sabe hacer.
Tantas cosas se han desmejorado por llegar a objetivos imposibles de alcanzar, en la ignorancia de no saberlo hacer. Debe presumirse la buena fé y las mejores intenciones en llegar a metas más positivas, pero es que en lo colectivo lo que prima es el saber, el conocer. Improvisar es de ineptos.
Una vez más se votó por el menos malo y una vez más la desilusión ha llegado de manera patética.
Nos miramos a la cara y decimos que la izquierda no fue solución en Colombia. No estaba preparada para gobernar.
La pregunta es entonces: ¿ Que vamos a elegir en el 2026?
Ya son por lo menos 80 las personas que han manifestado su aspiración a ser candidatos a la Presidencia de la República. Por lo menos tienen la decencia de que son aspirantes a aspirantes a la dirección del ejecutivo. De entre 80 o más -seguro que habrá más-, volveremos a caer en la fórmula de escoger el menos malo y seguir llenándonos de desilusiones.
Tengamos confianza en que surgirá alguien al menos con la preparación necesaria para administrar la complejidad de un Estado en el que las carencias son y serán mucho más altas que las satisfacciones.
Y si la equivocación se repitiera, eso se sumará a la colección de desilusiones políticas de la que está llena la historia de Colombia.
Uno hubiese llegado a pensar que superar ineptitudes como las de Marco Fidel Suárez o Andrés Pastrana Arango, no era posible; más debemos comprobar que este país es capaz de equivocarse y seguir equivocándose por siempre jamás.
El signo y el camino es la desilusión.