Los divinos
El último gamonal y El Divino, dos de las dieciséis novelas de Álvarez Gardeazábal, se desarrollan en lugares cercanos a Tuluá, su pueblo natal. El argumento de ambas es similar: el imperio de los gamonales o caciques movido por la ola de corrupción, explotación social, narcotráfico, ansias de poder y riqueza que ha pervertido la vida colombiana.
En otro artículo me referí al gamonal de Trujillo, personaje siniestro que el novelista puso a recorrer el pueblo con el conocimiento que sobre él poseía. Hoy, el espacio es para el “divino Mauro”, el cacique de Ricaurte, sitio donde es famoso el Santuario del Divino Ecce Homo, imagen religiosa convertida en la protectora del pequeño vecindario y que atrae constantes romerías del Valle del Cauca y otras latitudes.
El refrán “La fe mueve montañas” resulta exacto para este recinto montañoso que no supera los 1.400 habitantes. A lo largo de la novela, el escritor se queja del ventarrón que todas las tardes azota el sosiego del caserío, y el lector termina afectado por la misma ráfaga inclemente. Y se encuentra con el gamonal supremo que, a pesar de su humilde estirpe y su rotundo analfabetismo, todo lo puede. Al igual que el cacique de Trujillo, el de Ricaurte salió de la nada y ahora es el dueño y señor de la población.
No importa que Mauro sea un pecador contra natura: todos le rinden pleitesía, lo quieren y le queman el incienso de la ponderación. El protagonista es un joven bello y atractivo. En otro ámbito del pueblo está El Divino, el santo, el ícono religioso, que tal vez se compadece del usurpador tirano, pero permanece silencioso en su atmósfera de milagros.
Por la época en que nació esta novela (1986) –la que luego fue adaptada como telenovela de Caracol Televisión–, la condición de gay era un tabú, una afrenta, una perversión. La Iglesia condenaba al homosexual como réprobo, y la sociedad lo mantenía oculto en el clóset, de donde lo sacó Álvarez Gardeazábal con esta obra escrita sin pena y con valentía. Él nunca ha escondido su carácter homosexual y confiesa que jamás ha estado en el clóset. El país lo conoce como escritor de vasta audiencia, liberado de prejuicios, y que habla con desparpajo en medio de una sociedad falseada y pusilánime.
Esta aparente ficción es la radiografía perfecta de lo que acontece en todos los pueblos, y retrata la idiosincrasia colombiana en general, constituida en sus altas esferas por los mandones y los explotadores vestidos con piel de oveja. Mauros hay en todas partes y proliferan a la sombra de la religiosidad, como en esta caricaturesca historia de Ricaurte en la que se dan golpes de pecho ante la faz del vecindario y cometen toda clase de atropellos, pillajes y perversiones con el ropaje de la farsa.
Por las calles circulan los actores de la comedia humana, con nombres curiosos que hacen más divertida la maraña social: Lucrecia Ceres, Cesárea Delgado, Patrocolo, Teodolindo, Eurípides, Cicerón, Aquiles, Domitila, Deyanira, Ebelina, Orbeín, Chuma, Régulo… Y no pueden faltar los 39 bobos, víctimas de una enfermedad rara, el síndrome de fragilidad X. Cierro el libro cuando siento el ventarrón infaltable de la tarde y me da por pensar que algún duende sacude esta historia fantasmal.