Juan Rulfo: escritor de misterio
«Vivimos en una tierra en que todo se da, gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez. Estamos condenados a eso.» Esta frase, en mi concepto, define mejor el ambiente de Pedro Páramo, la breve novela de Rulfo, de apenas cien páginas, que le abrió las puertas de la fama. Hijo de una familia rica que perdió sus bienes en la Revolución, quedó marcado por el estigma de la violencia vivida en su niñez. Estos sucesos definirían el clima de sus textos, tanto en su única novela como en su libro de cuentos El llano en llamas.
Sin haber cumplido los quince años, se trasladó a Ciudad de México, donde vivió el resto de su vida. Puesto al cuidado de su tío, experimentó el desamparo de una juventud carente de halagos. En esa época comenzó a leer novelas de manera solitaria en el bosque de Chapultepec. «Convivía con la soledad, hablaba con ella, pasaba las noches con mi angustia y mi conciencia», confesó, mostrando su temperamento taciturno.
Las impresiones de su niñez cobraron fuerza, y en 1954, cuando tenía 36 años, las volcó en un cuaderno escolar, logrando reunir, en el transcurso de cuatro meses, trescientas páginas de lo que sería Pedro Páramo, las cuales luego redujo a la mitad al eliminar divagaciones y dejar un relato escueto, dominado por una atmósfera onírica y fantástica, sobre un pueblo muerto donde se entrecruzan las voces y los ecos de seres que no se sabe si son reales o fantasmagóricos.
Ese es el encanto de la obra: la aldea muerta cobra vida mediante el manejo profundo del idioma. Rulfo construye, a partir de las vivencias de sus primeros años, las realidades de un sueño, de una intuición aguda. Él mismo confesó que un genio oculto, el duende de la inspiración, manejaba su mano para volcar en las páginas del cuaderno el torrente de ideas que acumulaba en su mente.
La soledad, el tedio y la angustia del hombre que lucha con sus demonios componen el universo rulfiano. Es desconcertante y admirable cómo alguien logra alcanzar la inmortalidad con solo cien páginas de un libro que, inicialmente, pasó desapercibido e incluso provocó rechazos. Su primera edición, lanzada en marzo de 1955, fue de mil ejemplares; la mitad tardó cuatro años en venderse, y la otra mitad fue regalada por el autor a quienes se cruzaban en su camino.
Hoy, Pedro Páramo está traducido a todos los idiomas del mundo. Rulfo, quien nació para reírse de la humanidad –a pesar de su seriedad externa–, demostró que con una sola obra, de la sorprendente brevedad de su novela, se puede llegar a ser uno de los grandes narradores universales. Su misterio reside en su simplicidad.
Cuando le preguntaban por otra novela, anunciada pero nunca escrita, respondía que todo lo que tenía que decir ya estaba en Pedro Páramo. A sus entrevistadores les decía que el nuevo libro estaba en marcha, luego manifestaba que había destruido los originales, y a otros les aseguraba que solo se publicaría después de su muerte.
Hombre solitario, alejado de la popularidad, esquivo al elogio y cauto con las palabras, se llevó a la tumba el secreto de su prodigiosa existencia. Vivía ensimismado en su mundo fantasmal –mágico, al fin y al cabo– de Comala, el pueblo universal del miedo y la amargura, enmarcado en la Revolución mexicana.
Su muerte, a los 67 años, fue sorpresiva. Pocos sabían que estaba enfermo. La noticia, mantenida en reserva por él como parte de su espíritu bromista, conmovió al mundo. Solo sus más allegados conocían sus dolencias.
Así murió uno de los grandes maestros de la literatura. Autor de una sola novela. Maestro del lenguaje lacónico. Con su ejemplo, castigó a los escritores prolijos y, otro misterio, parece que no dejó discípulos.