14 de junio de 2024

Entre juicios y críticas sin valor

30 de abril de 2024
Por Armando Rodríguez Jaramillo
Por Armando Rodríguez Jaramillo
30 de abril de 2024

En su artículo Enjambre de opiniones [El País de Madrid, 01-09-2023], la escritora Irene Vallejo Moreu [Zaragoza, España, 1979] cita una fábula de Esopo que ilustra cómo las personas tienen más opiniones y juicios que contemplaciones: «Dos labradores, padre e hijo, se dirigían a un mercado con un burro para que cargase las compras al regreso. Tirando del animal por las riendas, echaron a andar. “Vaya par”, comentaron dos desconocidos, “ellos que tienen caballería van a pie. Qué mal repartido está el mundo”. Al oírlo, el padre ordenó al chiquillo que subiera a lomos del borrico. “Lo que hay que ver”, opinaron entonces unos campesinos que seguían la misma ruta, “el joven va cómodo mientras al padre le falta el aliento. No sé cómo lo consiente”. Entonces el labrador, avergonzado, hizo bajar al hijo para auparse él. “Parece mentira que haga trabajar así al pobre niño”, escuchó a un grupo de viajeros. Ofendido, montó al pequeño en la grupa, detrás de él. “Ahora ya no podrán decir nada”, pensó triunfante. Se equivocaba. Una voz taladró sus oídos: “Fíjate, no pararán hasta que el burro reviente”».

 

La RAE define la palabra fábula como un «breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados», marco apropiado para señalar que las fábulas de este personaje griego, que se ubica cerca al año 600 antes de la era común y del que no se tiene certeza que haya existido, se convirtieron en citas preceptivas para la humanidad. Esopo nos habla desde la antigua Grecia para decir que nos despojemos de ese prurito de andar dando opiniones, lanzando juicios y esgrimiendo críticas sobre los demás sin conocimiento ni contemplación alguna.

 

No sé si por estar instalados en el pedestal del ego o acomodados en el zócalo de la ambición muchos inician sus conversaciones con el pronombre personal en singular «yo» y no con el pronombre personal en plural «nosotros». Y es que no pocos, que se sienten poseedores de la razón, tienden a considerarse más atractivos e inteligentes que el promedio y con licencia para hacer juicios sobre las personas ya sea por su apariencia, color de piel, ideas, creencias, proveniencia, edad, nivel social, riqueza y muchas otras características. De ahí que expresen veredictos y emitan juicios con apariencia de verdad con el fin de rotular a otros como en la fábula de Esopo.

 

Por lo general, en la vida real y en la digital asignamos etiquetas a los que piensan diferente y nos llevan la contraria acumulando más veredictos que verdades y negándonos a escuchar sus argumentos, forma de ser que produce tensión entre amigos, familiares y compañeros de trabajo con los que deberíamos esforzarnos para comprender la otredad. En todo caso, parece que el objetivo no fuera el buscar puntos de encuentro, sino trazar líneas entre ganadores y perdedores e imponer posiciones. Qué equivocados estamos al participar en este juego y olvidar que somos personas frágiles y valiosas, movidas por deseos, sentimientos y esperanzas.

 

Desafortunadamente, todo parece indicar que, hagas lo que hagas, siempre tendrás cerca a alguien dispuesto a juzgar y criticar para causar fracturas y disensos. Poco importa que hayas construido una catedral o una biblioteca, ya que serás juzgado si se llegara a estropear una imagen o caer un anaquel.

 

Finalmente quiero cerrar con el último párrafo del artículo Enjambre de opiniones por considerarlo un remate apropiado: «Nos ayudará, cuando los lazos se enmarañan, dejar de ver mala fe en la opinión ajena, evitar el juicio sumarísimo, aprender a confiar en la honestidad de los distintos. Y ante las torpezas y tropiezos, el dedo acusador casi nunca es la mejor medicina. Más sabio que discutir será divertirse juntos con la variedad de caracteres y actitudes. Cultivar un cierto sentido de improvisación y experimentación infantil. Si a “juzgar” le quitas tan solo una letra, podrás jugar.»