14 de junio de 2024

Bernardi, un hacedor de ciudad

16 de abril de 2024
Por Armando Rodríguez Jaramillo
Por Armando Rodríguez Jaramillo
16 de abril de 2024

Nos sorprende la periodista y escritora Isabella Prieto Bernardi con su libro Historias de la Bernardi, [Ediciones El Silencio. 2023] donde narra la vida Antonio Bernardi De Fina, su abuelo, el constructor italiano artífice de la transformación de Armenia en los años treinta del siglo XX. De los veinticuatro capítulos que trae, dos de ellos los dedica al paso de su familia por esta ciudad para dejar entrever, a mi parecer, sentimientos encontrados por la forma como los titula: Armenia. Los años dorados y El desplome. La plaza de mercado de Armenia.

 

Con una narrativa inspiradora y conmovedora, con un relato auténtico y una descripción detallada de las costumbres y tradiciones, Prieto Bernardi relata el trasegar de su abuelo como inmigrante desde Italia hasta Colombia teniendo como telón de fondo las absurdas guerras mundiales y la turbulenta historia pendular de nuestro país que permiten comprender el curso caprichoso de la vida y las valiosas huellas que deja la migración. Al leerlo, me trasladé a las calles de la Armenia del siglo pasado, ese poblado que se transformó en centro de acopio, trilla y exportación de café gracias a la conexión ferroviaria con Manizales y Buenaventura, puerto de donde llegaban, como carga de compensación, insumos que impulsaron la construcción en ferroconcreto donde predominó el bahareque estimulando a su paso una industrialización temprana que no prosperó.

 

En sus páginas se nombra a Vicente Giraldo, industrial de gran reconocimiento que en 1930 invitó a Antonio Bernardi a radicarse en la ciudad, donde creó la firma ABC para trabajar de la mano con el maestro Roberto Henao Buriticá, los arquitectos Lino y Arcesio Jaramillo y el artista colombosuizo Mauricio Ramelli Adriani. A través de ella se hicieron edificaciones que transformaron la ciudad, obras que en su mayoría conocí y admiré de joven por su diseño y majestuosidad. Entre ellas se cuentan la Estación Armenia, varias trilladoras y bodegas en los barrios Berlín y Centenario aledaños a la estación y también las trilladoras Villegas, Espinosa y Colombia, el castillo de Getsemaní construido para Domingo A. Quintero, edificios como el Vigig del empresario Vicente Giraldo donde funcionó el hotel Atlántico, Rentas Departamentales de la Gobernación de Caldas, la farmacia San Jorge y el Banco de Colombia, el Teatro Yanuba dotado de excelente acústica que albergó presentaciones de teatro, conciertos, danzas y ballet, el Pasaje Bolívar que fue el primer pasaje comercial que tuvo la ciudad con estilo europeo, el colegio de la comunidad religiosa de las  Betlemitas con su capilla decorada con frescos del maestro Ramelli, el Orfanato al norte de la población, la Plaza de Mercado y la casaquinta con aire y estilo italiano en inmediaciones del parque Uribe donde vivió la familia Bernardi Ospina, amén de La Rústica, cabaña en madera de estilo alpino en una finca de su propiedad ubicada en Circasia. A esto hay que sumar su aporte en la construcción del acueducto y alcantarillado, y la pavimentación de algunas calles del centro.

 

Lamentablemente quedan pocas de estas edificaciones levantadas entre 1930 y 1938. Por fortuna hoy se resisten a desaparecer la Estación Armenia, que a pesar de ser declarada Monumento Nacional en 1996 está en horroroso estado de abandono ante la desidia de las autoridades municipales, el edificio de Rentas Departamentales de Caldas sede del Instituto de Bellas Artes propiedad de la Universidad del Quindío y la casaquinta de estilo italiano propiedad del investigador e historiador Álvaro Pareja Castro. De las otras, solo quedan registros fotográficos, notas de prensa, artículos y algunas investigaciones sobre patrimonio que dan cuenta de lo que fueron, amén de recuerdos y evocaciones de personas mayores que las vieron en su esplendor, como fue la Plaza de Mercado de Armenia declarada Monumento Nacional en 1994, espectacular construcción sobre cuatro manzanas del centro de la ciudad con diseño art deco inspirado en el Pabellón de Francia que a finales del siglo XIX había participado en la Exposición Universal de Paris, monumento que sumaba 54 años de vida cuando una implosión, que jamás debió ser ordenada, la derribó un 20 de abril de 1999, luego del terremoto que sacudió el alma de los armenios.

 

De ahí que no haya justificación alguna para que las edificaciones que Bernardi De Fina diseñó y edificó utilizando el ferroconcreto, sistema constructivo que por aquellas calendas estaba en pleno auge en Europa y Estados Unidos, fueran menospreciadas hasta el punto de que buena parte de la memoria urbana y el patrimonio arquitectónico representativo de aquella época se perdió. Edificios como la Estación Armenia e Instituto de Bellas Artes, o como lo fueron el Orfanato, Plaza de Mercado, colegio de las Betlemitas, castillo de Getsemaní y teatro Yanuba, constituyeron hitos urbanos reconocibles, fueron referentes para propios y extraños, trasmitieron esencia, moldearon el alma de la ciudad y crearon historia colectiva.  Si esto no fuera relevante para una ciudad, ¿qué importancia tendrían Paris, Madrid o Roma? Las edificaciones que crean ciudad otorgan identidad y singularidad a los lugares e identifican a sus pobladores con el núcleo urbano donde residen, generando procesos de apropiación y orgullo propio.

 

Inexplicablemente en las últimas décadas se dejó de construir ciudad por levantar edificios generando una urbe uniforme con edificaciones y fachadas construidas en serie que dan sensación de igualdad en el paisaje urbano en menoscabo de un deseable patrón identitario que aporte apropiación y recordación ciudadana. Por otro lado, cuando se abandona el patrimonio y se desprecia la memoria urbana se incuban ciudades zombis, sin identidad, por las que se transita, se duerme y se trabaja, pero no se vive a plenitud. Hoy carecemos de centro histórico. Hoy en las zonas comerciales se construyen locales de un piso con vidriera de fachadas sobrias y apagadas. Hoy abundan edificios que parecen cubos de Rubik que sólo cambian de color. Hoy la mayoría de las construcciones no son referentes urbanos ni sus diseños trasmiten mensajes ni se relacionan con la cultura y el paisaje.

 

Para concluir, quiero decir que Antonio Bernardi De Fina, luego de partir en 1977 a su cita con la eternidad, nos habla por intermedio de su nieta desde las páginas de Historias de la Bernardi para invitarnos a reflexionar sobre el valor de preservar, conservar y visibilizar el patrimonio arquitectónico y la memoria urbana de Armenia, y para reivindicar el significado de la belleza estética como antídoto para no construir urbes uniformes que desconfiguran la identidad. Al tiempo que nos llama la atención sobre el olvido oficial y la indiferencia ciudadana en que cayó la ciudad en las últimas décadas.