14 de junio de 2024

Necesitamos visionarios de futuros y hacedores presentes

15 de febrero de 2024
Por Armando Rodríguez Jaramillo
Por Armando Rodríguez Jaramillo
15 de febrero de 2024

La mayoría vivimos en ciudades donde interactuamos en función de trabajo, estudio, trámites, comercio, esparcimiento, deporte o tan sólo paseando como peatones. Sin embargo, pocos se preguntan qué es eso llamado ciudad, ese espacio vital donde transcurre buena parte de nuestras vidas.

El diccionario de la RAE define ciudad como el «Conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento [administración municipal], cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas», y también como un nombre femenino para indicar «lo urbano, en oposición a lo rural», acepciones, además de generales, obvias. Por su parte Wikipedia la define como «un espacio urbano con alta densidad de población, en la que predomina el comercio, la industria y los servicios. Se diferencia de otras entidades urbanas por diversos criterios, entre los que se incluyen población, densidad poblacional o estatuto legal», definición tan general como las anteriores. Sin embargo, prefiero las descripciones que tienen alma, como esta otra que trae la mencionada enciclopedia virtual: «La ciudad es una realidad física, tangible. Pero también es, inequívocamente, una construcción social: es el proyecto de una sociedad, de un lugar y un momento determinado, con su ideología, su cultura, su ética y sus valores, sus relaciones sociales en interdependencia con una economía siempre compleja».

De ahí que, al estar dotada de historia, contenido e identidad, Armenia es mucho más que un conjunto de edificios y calles. Su pasado nos dice que una fue la ciudad antes del terremoto de 1999 caracterizada por su espíritu cívico, por su cultura, ética y valores ciudadanos, y por su forma de entender la política y administrar lo público; y otra diferente es la metrópoli de los últimos 25 años con su desorden urbano y el desbarajuste social, económico y político que la aqueja. Es decir, nos encontramos ante una gran desorganización que arrastra tras de sí una crisis sin precedentes.

Creo que navegamos por aguas desconocidas sin que seamos conscientes de esta grave situación. Cuando el hombre y la sociedad se hallan ante contextos alarmantes y sin precedentes, tienden a buscar en las experiencias del pasado algo útil que los ayude a salir del aprieto. Pero como el enredo actual no tiene antecedentes, enfrentamos a un enorme desafío sin propuestas ni soluciones claras. Tal vez, en parte, esto sucedió por dedicar muchos esfuerzos a realizar lo obvio e innecesario, lo que no era fundamental, mientras algunos con capacidad de decisión ignoraron el interés público y se concentraron en los beneficios particulares. Entonces la ciudad acumuló obras inconclusas, barrios marginales, tráfico insufrible, andenes ocupados, construcciones descontroladas, inseguridad rampante, desigualdades evidentes y todas las demás cosas que la convirtieron en una urbe caótica pese a que sólo tiene algo más de 300.000 habitantes.

Al transitar por sus calles, avenidas, aceras, parques y espacios públicos se nota desorden, caos y anarquía, se observa angustia ciudadana ante la dejadez general, se percibe déficit de autoridad y se siente indiferencia cívica. Por acá y acullá, en restaurantes y cafés, en mentideros y corrillos, en parques y espacios públicos, en reuniones laborales y sociales, y también en los hogares, hay hartazgos ciudadanos ante una situación que dejo de ser coyuntural para tornarse estructural. Entonces muchos se preguntan: ¿Qué hacer? ¿Qué camino se supone debemos coger? ¿Qué nos pasó como sociedad? ¿Cuándo perdimos el rumbo? ¿Cuánto más durará este desorden? ¿Seguirá siendo Armenia nuestro hogar?

Pero en medio de este desespero no se ven soluciones pues se actúa más sobre los síntomas que sobre las causas de los problemas. La frase de Albert Einstein [1879 – 1955]: «Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo», invita a buscar soluciones de fondo que conduzcan a un nuevo contrato cívico que fortalezca esta sociedad, sería una especie de New Deal [nuevo acuerdo] para Armenia como lo hizo Roosevelt con EE. UU cuando la Gran Depresión en los años treinta del siglo pasado.

A cada generación le corresponde templar la voluntad y afilar la imaginación ante las dificultades y problemas que debe enfrentar. Es evidente que este caos de ciudad ha generado incertidumbre, pero también es cierto que en el pasado demostramos que somos un pueblo resiliente con capacidad de sobreponernos a las adversidades y salir adelante. ¡Basta ya de inmovilismos cívicos! La verdadera inteligencia colectiva radica en hacer causa común, sembrar esperanza y crear confianza ciudadana, pero también en impulsar nuevos liderazgos que nos lleven a pensar en una nueva ciudad con oportunidades para todos.

Hoy, más que nunca, necesitamos visionarios de futuros y hacedores presentes.

Armando Rodríguez Jaramillo