13 de abril de 2024

A veces lo que se dice no es lo que se entiende

21 de febrero de 2024
Por Armando Rodríguez Jaramillo
Por Armando Rodríguez Jaramillo
21 de febrero de 2024

En el libro Los límites de la interpretación, Umberto Eco [1932 – 2016] trae una interesante referencia de la oposición que existe entre el enfoque generativo cuando se escribe un texto frente al enfoque interpretativo que hace el lector, y señala que una puede ser la intención del autor de un determinado texto (intentio auctoris), y otra diferente la interpretación que se le da al texto y que se denomina la intención del lector (intentio lectoris).

Este debate lleva a preguntar si es necesario buscar en el texto lo que el autor querría decir, o si este se debe abordar independientemente de la intención del autor, es decir, basados en la interpretación del lector con referencia a su propia exégesis, y también con arreglo a sus pulsaciones, emociones y experiencias. O sea que un escrito puede tener variadas opiniones sobre el propósito del autor, pues cada cual lo interpreta en función de sus vivencias e intereses lo que refleja «las indudables posibilidades que tiene un texto de suscitar infinitas e indefinidas interpretaciones». Así que, una poesía, una novela, un ensayo, un informe o una carta, y hasta la Sagrada Biblia, pueden tener tantas interpretaciones como lectores, por lo que el texto podría circular por una deriva interpretativa ilimitada

Pero también la comunicación oral está sujeta a esta deriva interpretativa. La frase del siquiatra y sicoanalista francés Jacques Lacan [1901 – 1981]: «Usted podrá saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó», podría entenderse de la siguiente forma: «entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que quieres entender y lo que entiendes existen nueve posibilidades de no entenderse[1]», o de pensar cosas diferentes.

Estas consideraciones sobre la conversaciones escritas y habladas indican la dificultad para ponernos de acuerdo entre lo que se dice y lo que se interpreta, en particular en un mundo saturado de información que circula en múltiples formatos vía internet y redes sociales. De ahí que deberíamos adoptar nuevas formas de conversar para dialogar y compartir información, y si es del caso, llegar a acuerdos. Es darnos la oportunidad de hablar y escuchar, pero, sobre todo, de entender. Es apreciar la realidad con otra lente y poner en valor lo qué piensan los demás. Es, tal vez, afianzar ideas y replantear conceptos.

Deberíamos preocuparnos por rescatar la buena práctica de la conversación. Pero no esa que se expresa en redes sociales o en aplicaciones de mensajería mediante frases escasamente pensadas o audios y videos intrascendentes. El propósito es mejorar la capacidad de conversación y entendimiento para que, ya sea de forma escrita o verbal, se transmita lo que se quiere expresar

Irene Vallejo [1979], la escritora del monumental libro El infinito en un junto, publicó el pasado 17 de febrero en el diario El Tiempo el artículo Diálogos selváticoshttps://acortar.link/MPEVos – del cual tomo algunos apartes que me parecen pertinentes para concluir:

«Los neurólogos sostienen que el lenguaje agresivo nos impide comprender, ya que nuestra atención se centra en esquivar golpes. Por el contrario, cuando las ideas se expresan con emoción, suavidad y empatía, abrimos un caudal de confianza que fortalece el sentido de las palabras. Nos conviene hablar bien y atender mejor, sin tratar de escudriñar en el prójimo el rostro de nuestras convicciones.

Hablar con los demás exige atención y contención. Si nos sentimos agresivos o malhumorados, es preferible alejarnos del terreno de juego para no esparcir por el universo nuestras miserias y debilidades. […] En nuestro presente nervioso, que amplifica los discursos más fieros y selváticos, las redes sociales y el debate público corren el peligro de convertirse en gruñideros. Todos perdemos el rumbo si la agresividad imperante expulsa a quienes podrían aportar ideas valiosas, y solo los más encrespados permanecen».