A veces lo que se dice no es lo que se entiende
En el libro Los límites de la interpretación, Umberto Eco [1932 – 2016] trae una interesante referencia de la oposición que existe entre el enfoque generativo cuando se escribe un texto frente al enfoque interpretativo que hace el lector, y señala que una puede ser la intención del autor de un determinado texto (intentio auctoris), y otra diferente la interpretación que se le da al texto y que se denomina la intención del lector (intentio lectoris).
Este debate lleva a preguntar si es necesario buscar en el texto lo que el autor querría decir, o si este se debe abordar independientemente de la intención del autor, es decir, basados en la interpretación del lector con referencia a su propia exégesis, y también con arreglo a sus pulsaciones, emociones y experiencias. O sea que un escrito puede tener variadas opiniones sobre el propósito del autor, pues cada cual lo interpreta en función de sus vivencias e intereses lo que refleja «las indudables posibilidades que tiene un texto de suscitar infinitas e indefinidas interpretaciones». Así que, una poesía, una novela, un ensayo, un informe o una carta, y hasta la Sagrada Biblia, pueden tener tantas interpretaciones como lectores, por lo que el texto podría circular por una deriva interpretativa ilimitada
Pero también la comunicación oral está sujeta a esta deriva interpretativa. La frase del siquiatra y sicoanalista francés Jacques Lacan [1901 – 1981]: «Usted podrá saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó», podría entenderse de la siguiente forma: «entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender, lo que quieres entender y lo que entiendes existen nueve posibilidades de no entenderse[1]», o de pensar cosas diferentes.
Estas consideraciones sobre la conversaciones escritas y habladas indican la dificultad para ponernos de acuerdo entre lo que se dice y lo que se interpreta, en particular en un mundo saturado de información que circula en múltiples formatos vía internet y redes sociales. De ahí que deberíamos adoptar nuevas formas de conversar para dialogar y compartir información, y si es del caso, llegar a acuerdos. Es darnos la oportunidad de hablar y escuchar, pero, sobre todo, de entender. Es apreciar la realidad con otra lente y poner en valor lo qué piensan los demás. Es, tal vez, afianzar ideas y replantear conceptos.
Deberíamos preocuparnos por rescatar la buena práctica de la conversación. Pero no esa que se expresa en redes sociales o en aplicaciones de mensajería mediante frases escasamente pensadas o audios y videos intrascendentes. El propósito es mejorar la capacidad de conversación y entendimiento para que, ya sea de forma escrita o verbal, se transmita lo que se quiere expresar
Irene Vallejo [1979], la escritora del monumental libro El infinito en un junto, publicó el pasado 17 de febrero en el diario El Tiempo el artículo Diálogos selváticos –https://acortar.link/MPEVos – del cual tomo algunos apartes que me parecen pertinentes para concluir:
«Los neurólogos sostienen que el lenguaje agresivo nos impide comprender, ya que nuestra atención se centra en esquivar golpes. Por el contrario, cuando las ideas se expresan con emoción, suavidad y empatía, abrimos un caudal de confianza que fortalece el sentido de las palabras. Nos conviene hablar bien y atender mejor, sin tratar de escudriñar en el prójimo el rostro de nuestras convicciones.
Hablar con los demás exige atención y contención. Si nos sentimos agresivos o malhumorados, es preferible alejarnos del terreno de juego para no esparcir por el universo nuestras miserias y debilidades. […] En nuestro presente nervioso, que amplifica los discursos más fieros y selváticos, las redes sociales y el debate público corren el peligro de convertirse en gruñideros. Todos perdemos el rumbo si la agresividad imperante expulsa a quienes podrían aportar ideas valiosas, y solo los más encrespados permanecen».