Avernos inflacionarios
¡Transcurría 1899 en la convulsa Colombia! El Banco Nacional contaba con pocas reservas en sus arcas.
En ese tiempo, el presidente conservador Manuel Antonio Sanclemente y su vicepresidente José Manuel Marroquín tenían en la mira una campaña militar para ahogar un levantamiento liberal, calificado como “La Rebelión”.
Pero, con las bóvedas del Banco Nacional casi vacías, ¿cómo financiar su proyecto bélico? La solución se presentó de inmediato.
Los colaboradores del presidente Sanclemente recordaron un truco usado cinco años atrás durante la presidencia de Rafael Núñez que, quizás, serviría para financiar el gasto público que demandaría la empresa bélica planeada: una emisión excesiva de papel moneda.
Por ello, luego de la promulgación del Decreto No. 517, Sanclemente y Marroquín encendieron las máquinas imprentas a lo largo de Colombia, ¡chuf chuf chuf!, y generaron el combustible monetario para impulsar la contienda.
De repente, llovieron billetes por doquier. Eran tantas las denominaciones que circularon durante aquellos años que los diseñadores tuvieron que echar mano de una gran variedad de ilustraciones.
Algunos billetes incluían criaturas mitológicas como sirenas o arpías. Otros, seres del reino animal como caballos o cóndores. Y unos pocos contenían escenas improbables con políticos nacionales en medio de eventos antiquísimos como el funeral de Atahualpa —el emperador inca—.
Si los billetes eran emitidos por el Gobierno conservador, el portador podría tener algo por seguro. En el reverso de cualquiera de ellos, con una vistosa tinta roja, encontraría la siguiente aclaración: “Este billete circula provisionalmente como billete del Banco Nacional, de acuerdo con el Decreto No. 517 del 30 de octubre de 1899”.
Aunque se desconoce la cifra exacta del valor total que circuló en esas emisiones, el investigador académico Ignacio Alberto Henao Jaramillo estima en mil millones de pesos el valor de intercambio que tuvieron los portadores de los billetes impresos en esos tiempos de violencia.
Después de varios años en los que corrieron ríos de sangre y de papel, la Guerra de los Mil Días concluyó. Afortunadamente, el 21 de noviembre de 1902 se firmó el Tratado de Wisconsin, con el cual se dio fin a ese cruento enfrentamiento entre los rebeldes liberales y el Gobierno conservador.
Los historiadores nunca han establecido con certeza el número de víctimas mortales que provocó ese conflicto. Algunos sostienen que treinta mil, otros ochenta mil y unos pocos cien mil.
Posteriormente, luego de las muertes y las fatigas que dejó esa guerra, las consecuencias de poner a toda marcha la máquina imprenta estallaron en las narices de todos los colombianos.
Durante la presidencia de José Manuel Marroquín (1900-1904), Colombia libró una batalla sin tregua contra la que quizá ha sido —hasta el momento— la hiperinflación más alta registrada en el país. Al igual que con las víctimas mortales de la guerra, los economistas difieren sobre la tasa de inflación: unos señalan trescientos y otros diez mil por ciento.
Aunque sí hay cifras concretas y escalofriantes, como lo narró Juliana —un personaje ficticio de un ensayo sobre la Guerra de los Mil Días—: una ración de comida de tres centavos pasó a costar doce pesos, un incremento de casi el cuatro mil por ciento.
Lo cierto es que, cuatro años después de la firma del Tratado de Wisconsin, en las calles las gentes batallaban contra una inflación desbordada. Por supuesto, la carestía y la brutal caída de los ingresos fueron la chispa que encendió una hoguera de criminalidad.
En San Gil (Santander), en 1906, el periódico La Voz de Galán resumió en un párrafo los horrores que vinieron después de la guerra: “las expropiaciones y los saqueos se convirtieron en la norma de un estado de desorden general y anarquía”.
En medio de un caos sin parangón, en aquellos años, con frecuencia, riñas fatales se desataban por los asuntos más insignificantes.
Una historia que ilustra lo anterior reposa en un expediente judicial en Bucaramanga. En 1905, los amigos Pedro Amaya e Isidro González hicieron una sociedad para la siembra de algunas matas de yuca. Pronto, Pedro denunció que Isidro le había hurtado una parte de la cosecha que le correspondía.
En el tribunal, la discusión se acaloró: Isidro empuñó su pistola y le disparó a Pedro, quien murió dos semanas después a raíz de una grave infección fruto de la herida recibida.
De esa manera, en pocos años, la hiperinflación llevó a la gente a un tenebroso infierno donde abundaban hambrientos y desempleados, ladronzuelos y malhechores.
Más allá de las calamidades propias de cualquier guerra, el desbordado incremento en los precios registrado durante los primeros años del siglo XX en Colombia, derivó en un alto costo social como consecuencia de las torpezas en materia de política monetaria.
Así, al amparo o al margen de la ley, tanto conservadores como liberales se sirvieron de desenfrenadas emisiones de papel moneda para financiar sus operaciones militares, tanto así que, en un escrito referido a aquella época, se usó la metáfora “hasta el cielo estaba empapelado”.