Saramago, la guerra sucia y el voto en blanco
Aunque fue publicado en este mismo medio, me permito repetir la siguiente nota para demostrar como nuestra realidad supera la ficción, como en el Macondo de Gabriel García Márquez.
Cuando el fantasma de una abstención sin antecedentes amenazaba no solo la estabilidad del régimen sino también la del todo el sistema democrático, por la ausencia de participación ciudadana en las urnas, súbitamente miles de electores, sin acuerdo previo, abandonaron la tranquilidad de sus hogares y se dirigieron en masa a los colegios electorales a ejercer su derecho político, “como ríos que no conocen otro camino que no sea el mar”. Cuando el escrutinio terminó, pasada la media noche, la abstención era muy poca, escasos los votos nulos pero más del setenta por ciento de los votos válidos estaban en blanco.
Esta novela de José Saramago, el premio Nobel portugués de 1998, titulada “Ensayo sobre la Lucidez” retrata lo ocurrido en una capital anónima cuando toda la gente decide espontáneamente votar en blanco. Y prosigue su relato contando como el primer ministro, al darse cuenta de la situación, anuncia que la elección se repetiría al domingo siguiente, como lo preveían las leyes, no sin antes advertir que el lamentable episodio ocurrido, cuyas causas serían investigadas y los culpables sancionados ejemplarmente, se superaría porque el Gobierno confiaba en que la población de la capital sabría ejercer el deber cívico con la dignidad y el decoro demostrados en el pasado.
Al comienzo del nuevo escrutinio las autoridades se dieron cuenta de la avalancha que se veía venir. “Era el preludio del terremoto político que no tardaría en producirse”, dice el novelista. Horas más tarde la televisión, por boca del primer ministro, dio a conocer los siguientes resultados: partido de la derecha, ocho por ciento; partido del medio, ocho por ciento; partido de la izquierda, uno por ciento; abstenciones, cero; votos nulos cero; VOTOS EN BLANCO, OCHENTA Y TRES POR CIENTO!
Como reacción a estos resultados, el gobierno declaró en estado de sitio a la capital, suspendió los derechos civiles de sus ciudadanos y retiró de ella el gobierno y todas las instituciones del Estado, abandonándola a su suerte para castigarla y evitar que la epidemia del terrorismo contaminara al resto de la población; al mismo tiempo alistó medidas para conjurar los efectos futuros, entre las cuales se contemplaba una reforma a la ley electoral que distribuía los votos en blanco para sumarlos a los partidos con votos expresos por candidatos, en proporción a su volumen o, en subsidio, equiparar los votos blancos a los nulos y a los no marcados.
Por fortuna no estamos en Dinamarca sino en Cundinamarca y los votos en blanco solo tuvieron consecuencias en las elecciones del Parlamento Andino, debido al consenso logrado sobre su inutilidad, o en las elecciones para las alcaldías de Bello en Antioquia y de Susa, Cundinamarca, pero sin consecuencias en la segunda vuelta presidencial.
No obstante, podrán ser definitivos para producir un terremoto político en la primera vuelta de las elecciones presidenciales y una revolución pacífica, si las mediciones electorales mantienen las tendencias conocidas, y de otra parte, persiste la guerra sucia desatada en el teatro de la campaña presidencial, que curiosamente ha logrado desvirtuar, después de casi dos siglos de vigencia, el apotegma del general Prusiano Karl Von Clausewitz, según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios para invertir el postulado en demostración fehaciente de que en Colombia la política es la continuación de la guerra por todos los medios, tanto lícitos como ilíc