El odio envenena la conciencia
El carácter violento y las expresiones de ira vuelven intratable al individuo convirtiéndolo en un ser agresivo, además insoportable e injusto; la cólera y el enfado son, por él, manifestados en forma continua como la respiración o cualquier expresión vital.
La agresividad insana es la salida típica a toda situación que no concuerde con su opinión o capacidad de interpretación. El veneno y la condena caracterizan su actitud, expresada en reproches y heridas al no encontrar salida oportuna y fácil.
Ideas negativas solo errores producen, falsas posturas nublan la realidad y alejan las posibilidades constructivas, instalan en el regazo oscuro de la conciencia venganzas, sadismo y malicia, haciendo inútil cualquier esfuerzo por dar salida a la presión interna o cambiarle sus efectos.
La ira, la antipatía, los celos y la envidia concluyen en hostilidad y grosería, traumatizan al sujeto, en guerra contra sí mismo ahuyenta la amabilidad y la armonía.
La agresión es el instinto, la violencia la respuesta; la rabia oculta la reacción adecuada, crea conflictos mentales, golpea y maldice a las personas más débiles, sus constantes víctimas.
Dosificación y continencia complementan parámetros de paz y convivencia. No lastima el desacuerdo, la forma de comunicarlo es lo dañino; la aguda ofensa de una expresión hiriente, cual aguja penetrante, en su punta introduce el veneno en lo más hondo.
La comunicación afectuosa cambia el efecto provocador de una discusión, enriquece en la discrepancia, abriendo campo al punto de vista opuesto. El sectarismo fanático es lo peor, mantiene a la defensiva torturadora, sacando el escudo y poniendo el pecho, blanco de todo lo que dicen, olvida la manera de comunicarse ahogado ante el peso de la frustración.
La vitalidad reprimida se transforma en fuerza agresiva de carácter violento, odio y depresión amenazan con la destrucción al llevar implícitos estados de excitabilidad e irritación.
Envidia y desconfianza surgen por la angustia que obstruye su despliegue, llevando a los humanos al ataque por considerar vulnerados sus derechos. Desconociendo la responsabilidad se desconciertan, enredados en la maraña de su propia impaciencia. Sienten impedido su accionar e ignorado su propio desarrollo, considerándose víctimas de imposiciones desconsideradas.
El instinto de supervivencia se atropella con la realidad, la violencia emerge y el sujeto se defiende, obstruyendo el desarrollo personal.
Las limitaciones sociales y la consideración a los demás obligan reacciones constructivas y tolerantes respecto a la vida ajena, requisito básico para justificar la propia. Preocupaciones y malentendidos hacen responder en forma inadecuada, desconociendo principios de convivencia e ignorando las oportunidades para empezar de nuevo que toda experiencia negativa proporciona.
La irascibilidad obstruye la salida a la humildad y al aprendizaje, infla el globo de la soberbia y prepotencia, precipita el caos y la tormenta, represa la respuesta en lagos frágiles al imponer tercamente la opinión en forzadas soluciones.
La relajación y comprensión son inaccesibles en mentes saturadas de rencor, el sentimiento negativo aparece de primero distorsionando cualquier posibilidad de acuerdo.
El enfado ocupa todos los espacios, la vulgaridad y alevosía enfrentan la sana competencia, no admiten comparaciones ni juicios, cierran el paso a la actitud franca en la conversación o el intento de diálogo.
JHGG
Bogotá, 27 de abril de 2022