4 de diciembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Presente

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de noviembre de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de noviembre de 2021

La historia es una sola, pero la manera de contarla son muchas. Incluso cuando se hace por determinados intereses o en defensa de causas señaladas, en las que el sesgo intencional no es posible de disipar. Conocer la historia, es  de la esencia de saber quien es el ser humano, de donde viene, la razón de ser de los hechos actuales y un poco la posibilidad de establecer algunas líneas de comportamiento social hacia el futuro. La historia, incluso, puede ser bien o mal contada. De todos modos no deja de tener el sustento de los hechos reales acaecidos en determinados  tiempos. Lo que trasciende es saberla, pues lo peor de todo es ignorarla, como sucedió en un reciente hecho ocurrido en una Escuela de “formación” de profesionales de Policía, que como dijo Albeiro Valencia Villa en este mismo medio el pasado 22 de noviembre, es crasa ignorancia, porque en el mejor de los casos apenas saben de esas circunstancias  por alguna película de ficción en que los buenos lucen como si fueran los malos y al contrario, lo que no solamente pasa a ser ignorancia total de la historia, sino absoluta carencia de criterio para evaluar  acciones y omisiones que nunca han debido darse.

Lo habitual es que la historia se cuente pasado un tiempo, con el fin de: i) conocer mejor que sucedió, ii) las circunstancias en que ello sucedió, iii) los elementos determinantes o desencadenantes de lo sucedido, iv) los protagonistas, v) las consecuencias de esos hechos. Toda esa información y otra complementaria y necesaria, debe ser sometida al análisis crítico del historiador que elabora los textos, según los grados de independencia y teniendo siempre presente los criterios ideológicos del autor, que jamás pueden ser solapados, pues el lector siempre los pondrá  en evidencia, para su aceptación o rechazo de lo que lee.

La historia siempre será pasado, sin que necesariamente sus protagonistas hallan dejado de existir. Quienes protagonizan hechos que trascienden el contexto histórico, pueden sobrevivir muchos años a ellos y se convierten de alguna manera en parte de su propia historia. Todos tenemos una historia que contar, lo que sucede es que la mayoría de nosotros no hemos vivido momentos, ni hechos que vayan a permanecer en la memoria del colectivo, cuando más en nuestra propia memoria y si acaso en la de algunos de nuestros más cercanos. Los hechos de rutina  son los que llegan a conformar el olvido social, porque  sólo puede denominarse hecho histórico aquel que tiene la capacidad de influir en un colectivo. Solo unos muy pocos seres humanos lo logran y ellos pasan a ser precisamente los protagonistas de la historia.

De esos pocos que trascienden y a quienes en lenguaje común se les conoce como importantes,  es habitual esperar que en alguna oportunidad se sienten a escribir sus memorias. Y muchas de esas obras en que se cuenta la vida de alguien, por cuenta propia o por cuenta de un historiador a través del amplio diálogo con el personaje mismo, se pueden contextualizar muchos hechos de los que van marcando unas pautas sociales. No todos los textos de memorias son iguales. Cada uno de ellos depende en mucho de quien lo escribe y como lo escribe. Y siempre habrá mucho que aprender de esos recuerdos, a los que se accede en la medida de la simpatía  que se tenga por el protagonista, aunque a veces se trate de textos de obligada lectura a través de investigaciones históricas, sobre personajes que no son afines con lo que piensa el lector. Es cuestión de conocer a fondo los hechos y las personas.  Es mucha la historia que se aprende de los textos de memorias.

Es propio de los realmente importantes personajes de la sociedad, que a través de sus memorias  construyan textos que por encima de sus propios recuerdos, del relato de sus vidas mismas, se convierten en textos que van contando realidades vividas por el autor y que dan una visión  desde su punto de reacción frente a  hechos que pueden ser comunes a todos. Cuando el personaje que escribe sus memorias, lo hace en vida, es posible que muchos de sus lectores le sean contemporáneos y es como una especie de revivir lo existido, en diferentes circunstancias, pero con sucesos que se viven  y vivieron en vivo y en directo, para pegarnos de un lenguaje comunicacional.

Para comprender mejor los tiempos que cada quien ha vivido, no hay nada mejor que los textos de memorias, que no son otra cosa que historia actual que se va entendiendo de otra manera, por la visión completa de lo que se tiene ahora como pasado, que al vivirlo en presente, de pronto no se tuvo plena conciencia de su trascendencia.

A sus 81 años de vida, el intelectual colombiano Álvaro Tirado Mejía decidió contar su propia historia, que no es más que la historia de ese mismo número de años. Con sencillez y mucha rigurosidad histórica va contando los hechos en que ha vivido y de algunos de ellos da ciertas explicaciones con las que se logra entender mejor lo que ha sido la segunda mitad del siglo XX en Colombia  y las dos décadas que ya nos hemos gastado del siglo XXI. Con gran acierto, Tirado Mejía denomina su libro “El presente como historia” y nos deja un texto riguroso, como han sido todos sus trabajos e investigaciones sociales, en las que trata de ser muy crítico y poco acomodado a un sistema que si bien es cierto lo ha tenido en varias ocasiones a su servicio, no es el trabajador genuflexo que se arrodilla y cede en sus ideas, solamente por la posible remuneración que pueda haber. Ha sido un gran investigador social que cuenta todo lo que ha vivido y a través de dicho relato nos hace saber – a muchos, recordar- lo que ha sido este país de contrastes, de luchas repetidas, de muchos fracasos y muy pocos éxitos, en el que la desigualdad sigue siendo el elemento primordial .

Por esas metódicas 328 páginas, con edición de la Universidad Nacional, en su colección Debates, van pasando los acontecimientos de nuestra geografía, en los que se van verificando una serie de circunstancias que en el momento en que se desataron muchos llegaron a pensar que era el fin de esta civilización de confrontaciones permanentes. Y con la perspectiva histórica se puede considerar que fueron hechos de trascendencia, pero que ninguno de ellos fue capaz de destruir lo poco que se tiene en esta precaria construcción social. Numerosos de esos relatos han sido vividos por los lectores de hoy. Cuando llegaron casi perdían las ilusiones de seguir adelante. Ahora, cuando se han convertido en pasado, saben que en el peor de los casos se convirtieron en marcas que nos fijaron unos derroteros, pero que seguimos vivos y que de pronto debemos mutar en muchas, muchas ocasiones, para sobrevivir y acomodarse a lo que se busca, sin perecer en el intento.

Tirado Mejía, nacido en Medellín en 1940, formado como abogado, terminó siendo uno de los intelectuales mejor formados, a través de numerosos estudios complementarios, pero en esencia mediante el ejercicio de la lectura que siempre lo ha acompañado. Se dedicó, por encima de  estudios regulares, a vivir las circunstancias sociales de aquellos fenómenos que le interesaron como objeto de consideración y análisis. Profesor universitario desde siempre, también ha ocupado destacados cargos en el gobierno nacional y en la diplomacia, regresando siempre a la esencia de lo que es: un gran conocedor de la realidad social  del país. Eso lo deja saber en este texto que pasa a ser uno de los elementos necesarios cuando de estudiar la historia del siglo XX y lo que va corrido del XXI, ya que termina en la consideración de lo que ha sido la crisis de la pandemia, en la que los desaciertos de su manejo por poco acaban con la economía del país, ante el encanto de los gobernantes con la política del prohibicionismo, con tal de hacer sentir su autoridad, aunque con ello estuvieran destruyendo todo un proceso de desarrollo, que nunca ha alcanzado los niveles necesarios, pero en lo que seguimos empeñados los colombianos con muchas ganas de salir adelante y no dejarnos vencer por el miedo.

Tirado Mejía cuenta su vida, interesante por demás por lo que ha protagonizado, pero a su vez va contextualizando, en cada caso, con lo que ha vivido el país y no pocas ocasiones el mundo. De todos modos no somos ajenos a las influencias, buenas , regulares o malas, que el mundo tiene en el contexto de lo que somos.

Saber de sus orígenes es encontrar una razón que justifica sus siempre vigentes inquietudes intelectuales, con lo que ratifica que el camino de la formación de todos los seres humanos, por encima de todo es la lectura. Dice: 

A quien sí tuve la dicha de conocer y compartir con ella, fue a  mi abuela paterna, Rosa Vélez Mejía, que murió a los noventa y seis años, con plena memoria y capacidad mental. Era una persona dulce, de mirada transparente, de un hablar pausado con una construcción perfecta, en el que perduraba la marca del castellano viejo. En efecto, su familia, era de Envigado y sus alrededores, migró hacia el suroeste a mediados del siglo XIX, y se afincó en una población aún naciente que tomó el nombre de Armenia (“Mantequilla”), apodada así porque según parece la Zona estaba llena de yarumos plateados y sus hojas eran empleadas para envolver los productos lácteos, quesitos y mantequilla. Muchas décadas después, durante la colonización del Quindío, se fundó con el mismo nombre una población que ahora es la pujante capital de ese departamento. Por aquella época se estaba reconstruyendo la Iglesia de la Candelaria de Medellín, y sus padres poseían y explotaban una mina de cal, necesaria para la producción del pegamento de la época antes de la aparición del cemento, el calicanto. En esas soledades vivía la familia a la que, semanalmente, por el correo de las bestias que llevaban los materiales, le llegaban los libros que les enviaban de la biblioteca Zea en Medellín, los cuales leían en familia y en voz alta al caer de la tarde. De allí  la afición, yo diría el vicio de la lectura, que acompaño a mi abuela y a algunas de sus hermanas hasta la muerte. Cuando ya muy vieja la visitábamos, siempre tenía un libro entre sus manos. Al respecto, y como anécdota simpática, recuerdo que su hermana Teresa, que ya de vieja vivía sola en una casa con un gran patio, a la entrada de Envigado, tenía un estante con cientos de libros. Su subsistencia dependía de una pequeña pensión que muchos años antes le había legado uno de sus hermanos, del producto de la venta de un vino dulce que producía en un viñedo instalado en el solar de la casa, del cual presumo se tomaba la mitad, y del alquiler de sus libros. Esta historia la corroboré con el testimonio de personas que en su juventud acudían al préstamo de esa que era una especie de biblioteca pública. La tía Teresa percibía un centavo por día por el préstamo de cada libro. 

 (Páginas 23 y 24).

Al final del libro de sus Memorias, se ocupa de esos hechos que nos han sembrado el miedo general, del que apenas intentamos salir, aunque muy pocos lo consigan. Es el testimonio de un científico social que lo ve de la siguiente manera: 

El desarrollo de la sociedad no es lineal y siempre podrán aparecer nuevos elementos que modifiquen el rumbo. Cuando comencé a elaborar estos recuerdos de una vida, apenas se estaba manifestando un mal que hoy todos sabemos es una terrible epidemia. Toda crisis deja cambios y secuelas. ¿Cuáles serán estos y estas? Ya conocemos los efectos sobre la salud con sus muertos y afectados y parte de las consecuencias económicas, como el desempleo, la quiebra en muchos negocios, el crecimiento de la deuda privada y pública de los particulares y de los estados. También, que con la pandemia se ha acelerado la brecha entre ricos por un lado, y pobres y clases medias, por el otro. Cabe preguntar si ¿el descontento que se nota en el conjunto social y, en especial, entre los damnificados, será amortiguado por las acciones del Estado o dará lugar a la protesta social, en sus diferentes formas incluyendo la violenta? Y, en lo político, ¿se mantendrá el sistema de democracia liberal entre nosotros y en el mundo donde se practica, o por el contrario se está produciendo el caldo de cultivo para que se impongan los gobiernos populistas de izquierda o de derecha, o se establezcan militares o regímenes fascistas? ¿En el campo de lo ético y de la solidaridad, a la postre la humanidad desarrollará respuestas globales y unidas, o en los países y las regiones primará el egoísmo, el  “sálvese quien pueda”? afortunadamente hoy está más presente la preocupación por el futuro de la humanidad, así como sobre los efectos y el manejo del inmenso avance de la ciencia y de la técnica. 

Nuestra generación, con éxito o sin él, con fórmulas y prácticas adecuadas o inadecuadas, luchó por dar respuesta a los problemas que se nos presentaron. Queda a las próximas, como siempre ha sucedido, responder a los nuevos interrogantes. En cuanto a los recuerdos o memorias que componen este libro, no son una justificación ni tampoco un mea culpa. Son un testimonio que espero sea leído con el espíritu del poeta Francois Villon: 

Frères humains qui après nous vivez
N’ayez les coeurs contre nous endurcis. 

(“Hermanos hombres que viváis más tarde,
Con duro corazón no nos juzguéis”.)                         

 (Páginas 327 y 328).

Historia contada como presente, pero con la validez de quien no sólo conoce, sino, también,  ha investigado y ha vivido lo que cuenta. Historia contada de otra muy divertida manera.