20 de mayo de 2022
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Exnoviembre

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de noviembre de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de noviembre de 2021

Sin abrir debate sobre el fenómeno del tiempo, que es un abstracto que el ser humano debió someter a mediciones para poder desarrollar muchas de sus ideas, desde siempre los meses del año han sido doce. Se finaliza con diciembre y se comienza con enero. En cada una de esas calendas se han ido formando ciertos símbolos creados por el mismo ser humano, con el fin de dotar la existencia de puntos de referencia y fechas que de alguna manera le permitan llevar a cabo ciertas celebraciones, que de alguna manera le hacen la existencia un poco más llevadera. Independiente de cómo cada quien pueda celebrar, pues se puede hacer con mucho o con poco, lo que trasciende son los niveles emocionales con que cada uno actúe.

Desde niños nos enseñaron que el mes de diciembre era el más alegre, ceñidos en algo a las tradiciones de la iglesia católica, que se apropió de ese mes como el de mayor trascendencia para establecer unos linderos temporales que hablen de nacimientos de los mismos mitos, de tal manera que la posibilidad de materializar con fecha exacta determinados acontecimientos le den a los creyentes, una especie de razones materiales en las que de alguna manera pueden consolidar esos afectos que les sirven de base a aquello en lo que creen y en lo que confían.

Dentro de esos aprendizajes de lo que era diciembre, había unos puntos de referencia que le iban dando como otro color, otras temperaturas al ambiente, de tal manera que era como una especie de proceso de aproximación a puntos ciertos de lo que se debía celebrar. Por eso se esperaba la llegada de la mitad del mes de diciembre para comenzar una serie de preparativos que conducían a las fiestas familiares, en las que se compartían muchos momentos especiales, incluso con personas de la familia con quienes poco o ningún contacto se tenía en el resto del año.

Era común que las familias organizaran paseos a lugares rurales con el fin de conseguir adornos de la misma calidad, sin causar daño a lo que se encontraba. Un pedazo de un árbol caído bien podía ser la base de un bello árbol de navidad que se transformaba de rama seca, en adorno de un largo tiempo, lleno de muchos aditamentos conseguidos en el comercio, con mucho brillante y predominancia del rojo y del verde. El mobiliario de la casa se cambiaba de lugar, para darle paso a ese decorado pedazo de madera, que además se iluminaba con enredaderas de instalaciones de bombillitos de muchos colores y con luces intermitentes a diferentes ritmos de cambio.

En el sonido del ambiente todo cambiaba porque la radio comenzaba a usar sus emblemas musicales identificatorios a partir del 16 de diciembre, en tonos musicales y letras distintas a las del resto del año, destacando la llegada de la navidad. . Las estaciones musicales comenzaban a transmitir música navideña y en determinadas horas los mismos villancicos de toda la vida, que al final todo el mundo se sabía de memoria. Los mismos tutainas de siempre. (Nadie ha podido saber que quiere decir la palabra tutaina).

En casa había cambio de costumbres gastronómicas, pues todos los días había un postre nuevo, tradicional, o de los que la señora de la casa trataba de crear como una fórmula novedosa de usar determinados elementos dulces, especialmente de origen vegetal, sin que ellas se sintieran las inventoras de la nueva cocina, ni mucho menos de auto-graduarse de chefs. Decían que el mes de diciembre era el mes más dulce del año y eso lo convertían en realidad a través de las muchas pruebas de esos manjares que se servían en la mesa a disposición de quien las quisiese probar. Diciembre era dulce, porque había dulce por todos lados.

Siendo Colombia un país mayoritariamente católico, en casi todos los hogares se armaba el denominado pesebre, con una sofisticada representación del mito del nacimiento del creador del universo. La elaboración de ese pesebre era una especie de obra de arte colectiva, en la que participaban todos, especialmente los niños que veían la ocasión de tener un nuevo juego.

Teniendo como referencia temporal el mismo 16 de diciembre, en las casas era frecuente la elaboración de diferentes comidas especiales, en cantidades que permitieran hacerle llegar a los vecinos una muestra de lo elaborado. De retorno llegaba una muestra de la otra familia y en las mesas, hasta las de los más humildes, aparecían cantidades de comestibles, que en no pocas ocasiones provocaban en más de un goloso desastres intestinales, incluso con infecciones estomacales que llevaban a largos tiempos de reposo en el sanitario.

En brigadas de chiquillos se iba por las calles en paseos colectivos, en las primeras horas de la noche, “rezando la novena” de casa en casa, de pronto no por ser niños muy devotos, sino bastante amigos de los dulces y las golosinas que en cada hogar distribuían al final de esa oración extraña y cargada de expresiones casi herméticas, que pronunciadas con lentitud dejan la sensación de que no se sabe su significado, pero se graban en el memoria y se repiten casi de manera mecánica. Las novenas, que se rezaban -¿se rezan?- leyendo un breve libro, manual, con muchas pausas y errores, por lo intrincado del lenguaje y porque se trataba de los primeros ensayos de los niños que aprendían a leer y allí, leyendo en público, hacían sus prácticas de “leer de corrido y dejar esa timidez”. Las equivocaciones generaban risas reprimidas y miradas burlescas de la más clara bondad.

Todas las celebraciones y los cambios en la forma rutinaria de vivir, giraban alrededor de los niños. Era el mes de los niños. Todo lo que se hacía era con el fin de celebrar y permitir celebrar a los niños. Hacerles sentir como los seres más importantes. Y en la medida de la cercanía de la navidad, esta tenía el gran atractivo de que en la noche del 24 de diciembre llegaban muchos regalos de familiares y amigos. Era el mes para hacer sentir felices a los niños y para que la gente disfrutara de unos días diferentes.

Pocas o ningunas celebraciones se hacían con destino o teniendo como objetivo a los adultos. Se trataba era de agradar y hacer gozar a los menores de edad. Luego se entraría en la moda consumista de celebrar el denominado mes de los niños de otras culturas, como es el mes de octubre, que se cierra con esa recolección de golosinas de puerta en puerta –cosa que ahora no se puede hacer ante la inseguridad terrible en que todos vivimos- y con el uso de disfraces, que no son más que otra manera de poner a la gente a entrar en gastos que luego se convierten en consumos completamente inútiles. No había tal mes de los niños. La época de los niños era la navidad y en ella se concentraba todo. Los adultos si hacían reuniones de celebración, lo hacían teniendo como eje de atención a los niños.

El consumo masivo de lo que sea, se fue apoderando poco a poco de la sociedad colombiana. Y ahora desde finales de octubre la radio, la televisión y los demás medios masivos de información, nos quieren hacer creer que llegó navidad, sin que haya llegado diciembre y se saltan al pobre mes de noviembre, que ha pasado a ser un cero a la izquierda, como que ni siquiera le queda la expectativa, aunque ridícula, espxtativa- del reinado de belleza de Cartagena, en el que los regionalismos salían a flote teniendo como mirada a las bellas piernas de las candidatas, muchas de ellas en busca de un marido rico, que algunas encontraron con ejecutivos de alto riesgo que se y tomaban a la ciudad del Caribe donde se realiza el evento, que ya es un certamen lánguido, que escasamente es posible seguir a través de algunas redes sociales, porque los canales de TV ya no tienen interés en ello, ante la presencia de otros muchos eventos de mayor atracción, en cuanto al consumismo se refiere.

Desde finales de octubre ya se habla de navidad, sin serlo, de diciembre sin llegar, de canciones para bailar cuando la gente anda ocupada trabajando, tratando de organizar planes de financiación de tantos gastos en lo que se incurre, sencillamente por estar en fiestas. Luego vendrá la denominada dura curva de enero, que no es más que salir a pagar las deudas contraídas en las emociones desbordadas de la alegría de estar de fiesta.

Noviembre no es diciembre. Noviembre no es navidad. Noviembre no es de celebraciones. Noviembre es un mes de esos laboriosos en que se tratan de hacer cierres para tratar de que los resultados al final del año sean los mejores. A noviembre lo graduaron de diciembre a la brava, solo con el ánimo consumista de quienes venden cosas y de los locutores de radio que encuentran una manera de divertirse por anticipado, haciendo sonar las viejas canciones de siempre, con la mezcla de las nuevas, que son ruidos de pocos días, porque carecen de la calidad artística que les permita permanecer en el tiempo.

A noviembre lo pasaron a uso de buen retiro sin pensionarlo, sin jubilarlo, sin siquiera tirarlo al tarro de la basura. Sencillamente se lo saltaron y le dieron paso al mes siguiente, porque ahora ya tenemos años de once meses, en los que se comienza con enero y se termina con diciembre, pero sin que exista noviembre, porque ahora ya se denomina exnoviembre.