20 de septiembre de 2021
Directores
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La Perla del Ruiz (XIX)

15 de septiembre de 2021
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
15 de septiembre de 2021
(Serie de cartas dirigidas al experimentado periodista,  Orlando Cadavid,  co-fundador de Colprensa y Eje 21, director de cadenas radiales y maestro de muchos reporteros sobre historia de la prensa por los 100 años de La Patria) 

Orlando:

Pedro Luis Rivas

Es el primer título, entre los varios que ha tenido la ciudad de Manizales para exaltarla y distinguirla. Le cuento que fue idea de Pedro Luis Rivas, al ser el primero en llamarla así en un artículo del tercer número de la revista Albores, dedicado a los fundadores, en abril de 1907. Y de su lucha por ella, dejó testimonio en sus propios periódicos.

El periodista continuó  con su republicanismo, que era la mejor vía para expresar sus ideas con más imparcialidad. Aunque había terminado el interesante  experimento político que unió  a miembros de los dos partidos  durante el período presidencial de Carlos E. Restrepo,  y que en Rivas Salazar significaba sobre todo independencia de ambos, se decidió a fundar con Oscar Arana, muy liberal, pero rebelde, su propia publicación, El Eco, en enero de 1915, para defender las ideas de la Unión Republicana y a la que se vincularon los escritores que  formaron parte de ella. Los costos de su valor y de su carácter, comenzó a asumirlos con energía en éstas páginas.

A las  persecuciones que ya había padecido en su joven carrera, comienzan a sumarse las debidas la responsabilidad  de sus publicaciones y a la franqueza de su carácter y de sus actitudes. Al año siguiente, se celebró en Manizales la instalación de la estatua del sabio Caldas en el parque que todavía lleva su nombre. De la  solemnidad de esa inauguración y de las intervenciones, dio registro  poco tiempo después,  un número del Archivo Historial. Y en ese 1916 circuló una separata oficial con la secuencia de los actos. En El Eco, Pedro Luis Rivas se burló de éstos por su exageración y la concepción  anticuada de la tradición bajo la guardia clerical: “En nuestras universidades y colegios, crece el jaramago de lo antiguo, mas no la planta vivaz del libre examen, el raciocinio y la experimentación”.

¡Quién dijo miedo! La iglesia reaccionó, y el mismo monseñor Gregorio Nacianceno Hoyos,  paisano del mismo Granada de Rivas y su ex profesor de religión, intentó aniquilarlo con el decreto que prohibía leer El Eco. “Por esta frase insignificante que no pasará a las antologías”, comentó irónico el mismo Rivas Salazar, Monseñor,  “del que sin duda fui pésimo discípulo”, sancionó el bisemanario. Pero su director debía saber muy bien, que pregonar hace más de cien años, el libre examen en un medio católico, y promover el positivismo, discutido entonces por los filósofos de la ortodoxia, era  demasiado para un obispo.

El periódico duró un largo lustro en un  medio difícil  para posiciones autónomas, cuando el enfrentamiento de los partidos, su división misma, estaba a la orden del día. Fue una gran campaña de protección de la ciudad, y para  velar, encima de todo, por los intereses de Manizales,  que desde El Eco, Rivas las emprende contra la organización y los privilegios de la compañía eléctrica de los señores Tobón, que suministraba a su modo la poca  e intermitente  luz de la capital de Caldas.

Todos los manizaleños desfilaron en masa en señal de protesta. Manifestaciones públicas diarias, violentos discursos y hasta daños en las propiedades se dieron en esos días. Hace un buen tiempo, hice una investigación sobre estos hechos, en los textos de entonces, porque constituyó, sin duda para mí, el primer paro cívico de que se tenga noticia en la Colombia del siglo XX. Durante muchos años se recordó este acontecimiento que levantó en vilo a los habitantes hasta lograr sus pretensiones.  Rivas Salazar fue sumariado como el promotor de este paro, y por ello fue condenado a cuatro años de prisión. Poco después, el Tribunal Superior, anuló la sentencia.

La defensa de sus convicciones cívicas y políticas, recibía la condena de los jefes tradicionales de los dos partidos, pero reinaba entonces la hegemonía conservadora en el país, y en Caldas, la hegemonía de un grupo de patricios entre los que predominaba el llamado  “gutierrismo”, que desde  la creación del Departamento llevaba prácticamente sus riendas. La constante crítica de Rivas ofendió a un descendiente de la familia que viéndolo salir del Olympia, la emprendió a golpes contra el  periodista, quien reaccionó con un disparo que por fortuna no alcanzó al agresor, pero desató el escándalo dado el apellido, mas las versiones amañadas de acuerdo a las conveniencias, encendieron el choque político en la pequeña ciudad. La tensión llegó a tal punto, que dadas sus dificultades,  Rivas le consultó a su amigo el ex presidente Carlos E. Restrepo, muy acatado  en esta ciudad, el que le contestó: “Obre conforme su conciencia y que se acabe el mundo”.

Viendo los  tropiezos de su amigo, don Francisco Grégory, que lo admiraba, y el hecho de que ya quedaban muy pocos en el “canapé republicano”, como se decía, pues casi todos habían regresado a sus partidos de origen, aprovechó para invitarlo a que compartiera con él un viaje a Europa. Pedro Luis Rivas, le aceptó la propuesta por oportuna, pero en ese 1920 dio por terminada su faena en El Eco y cerró el periódico.

Luis Eduardo Nieto Caballero, fijó el retrato de su honestidad periodística de entonces: “Pedro Luis Rivas  es toda una energía. Cuando cayó la dictadura, cuyos  sistemas odiaba, se sintió maduro para las batallas. Y entre las legiones de los reaccionarios republicanos que la habían combatido, hizo su entrada en la ciudad de Manizales, sin más armas que una pluma honrada y vigorosa. Y fundó sin deslumbramientos, sin capital, pobre, pero gloriosamente, el periódico en que había de luchar por el imperio de sus ideales.  Combativo y tenaz, se atrevió a gritarles verdades de dolor a los caciques,  se enfrentó a cuantos se regocijaban viendo hervir en el crisol de una  torpe oposición sus propios odios, para defender el gobierno blanco de Carlos E. Restrepo.”

Pero su firme vocación, preocupada por el grado a que había llegado la pasión partidista, lo llevó a aprovechar que sus amigos de El Tiempo acababan de cambiar sus equipos, y asociado con sus hermanos Vicente y Roberto, compró su maquinaria, y como ya contamos (XII – XIII), en la compañía del diestro Luis Eduardo Puerta fundó El Diario, con páginas de 70 por 100, información cablegráfica y telegráfica, convirtiéndose en el periódico más moderno de Caldas.

La prevención eclesiástica con  él, y su peso en esta capital, le acarrearon  desde el comienzo su censura. Arreció la vez que Rivas denunció a un sacerdote  que seguía cobrando el sueldo, estando ausente de su grey.  El castigo fue a 20 días de cárcel que se redujo por su buena conducta. Le fue peor cuando se enfrentó al todo poderoso Savonarola del medio, el padre Darío  Márquez, quien desde el púlpito condenó con nombres propios a  respetables personajes, acusándolos de masones. El sacerdote ejercía la dictadura moral más intransigente y retardataria de que da cuenta la historia de Manizales. La defensa de la honra de los probos ciudadanos, de la que el cura le exigió retractarse, le ganó su temible enemistad.

La nobleza y la separación de asuntos, que hoy no se ve, inspiró  a Virsa, que fue el apelativo con el que se conoció  siempre, a escribir una sentida nota necrológica el 21 de octubre de 1921, a raíz de la muerte del padre Hoyos, su querido maestro en las aulas del Colegio de Santo Tomás de Aquino, monseñor Gregorio Nacianceno, primer obispo de Manizales.

La lectura de El Diario era más confiable que la de los periódicos que circulaban, incluida La Patria, nacida con fines de campaña partidista. Encargado de su dirección, Eudoro Galarza Ossa, que venía de Renacimiento como ya contamos (V), lo hizo más tendencioso, provocando la ruptura con Rivas, a lo que se sumó el incendio de 1925, que devoró oficinas,  máquinas, colecciones, consumiéndolo todo. Ante la imposibilidad de reconstruir los talleres, de El Diario no quedaron sino las cenizas, por lo que el desánimo de Rivas, lo empujó de nuevo a hacer un largo viaje  por distintos países. A su regreso, la ciudad, sus gentes, la misma situación política, y sus compañeros,  habían cambiado.

A los  veinte años de ese  trajinar, y de colocar a su Perla del Ruiz por sobre cualquier otra pasión, optó por el silencio editorial, por viajar,  leer y servir hasta la muerte a la ciudad, ciego pero lúcido, el 24 de diciembre de 1977.