21 de septiembre de 2021
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Caballero y X 504

12 de septiembre de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
12 de septiembre de 2021

A Antonio Caballero lo vI y lo traté un par de veces. Una en Manizales y otra en Bogotá. Pero muy de paso, en grupos pequeños, de periodistas o taurinos. Y ratifiqué el concepto que tenía de que era un tipo huraño, antipático, frío con quienes no fueran reconocidas figuras. Contrastaba su primera impresión, siempre de blazer, sin corbata, con la que producía Alfredo Molano Bravo, tan santafereño como Caballero, cálido, expresivo, de bluyines y tenis, serio, pero a la vez divertido. Nos convocó en ambas ocasiones la defensa de la fiesta taurina que los tres exponíamos en nuestras columnas, destacadas y difundidas las de ellos, y de circulación entre amigos y familia la nuestra, casi como una hoja parroquial. Decían sus cercanos que Caballero era tímido, pero que en la intimidad era buena papa, hasta tierno. Y no era el gruñón antipático, gran crítico de lo que ha pasado en Colombia en los últimos doscientos años, que manejaba una reiterativa cantaleta sobre que esto tiene que cambiar, que lo volvía hasta cansón.

Claro que lo que despertaba en mí era una recóndita envidia. Me ardía que un tipo con esa cara, y tan lejano en la cercanía, disfrutara tanto de la vida, fuera tan viajado – había residido en París, Roma, Londres, Grecia- tuviera columna y caricatura en Semana, viviera rodeado de bellas mujeres, fuera descendiente de expresidentes, hubiera escrito una novela bien comentada, hijo de escritor, de Eduardo Caballero Calderón, sobrino de Lucas Caballero- Klim-, hermano de ese figurón del arte, Luis Caballero, cronista taurino y se tutiaba con los toreros más artistas, quienes lo paseaban por su cuenta por todo España para que Caballero los viera torear y luego escribiera sobre ellos. Rafael de Paula, José Mari Manzanares César Rincón, Joselito, Enrique Ponce, El Cordobés, José Tomás y El Juli, fueron silueteados por la pluma de Caballero, a quien, supongo, en agradecimiento le colmaban sus bodegas de riojanos y quesos y jamones.

Pero Caballero no era que hubiera sido un buscón de todo esto. No. Fue selectivo y quienes recibían sus elogios o sus críticas, consideraban que algo de importante se traslucía en ellos, porque, eso sí, Caballero no regalaba elogios como tampoco ahorraba epítetos contra los atravesados e inmorales. Duele su muerte. Mi admiración por lo que hizo y lo que escribió. Y por la defensa de las corridas de toros, como reivindicación de los derechos de las minorías y como bandera del anti prohibicionismo.

Desde que apareció X504 como poeta nadaísta, sus versos me causaron un interrogante inicial: «eso» que escribía y con lo que ganaba premios en concursos, ¿era poesía? Y cada vez que leía sus libros me incomodaba que sí lo fuera, que tal vez lo que no era poesía era aquello de «Teresa en cuya frente el cielo empieza como el aroma en la sien de la flor» (Carranza) o » ¿Que es poesía? dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? Y tú me lo preguntas. Poesía… eres tú» (Bécquer). Pero resulta que, a mi modo de ver, lo de X504 es poesía. y esto último también. Todo es poesía y nada es poesía, pudiera decir muy campante Jaime Jaramillo Escobar, muerto en Medellín en olor de fama y reconocimiento, de los que tanto huyó.

A Jaramillo Escobar lo conocí y lo traté una sola vez, en Medellín En una sala de velación, donde habían expuesto las cenizas de quien en vida fue mi primo, Mario Francisco Restrepo Londoño, con obra teatral y poética propia, amigo de los nadaístas iniciales e integrante del taller de Literatura dirigido por Jaramillo Escobar en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Al entrar al recinto fúnebre y dirigirme a saludar lo que quedaba de mi primo, encontré de pie, en actitud contrita, a un señor de boina, ya mayor- esto fue hace cuatro años- a quien identifiqué de una. Era el poeta X504. No podía ser otro, porque su rostro de conductor de carro fúnebre, como lo describió un poeta amigo suyo era irrepetible. Paréntesis. Uno con los poetas no sabe a qué atenerse. No sabe si son amigos o enemigos de uno. Me acerqué y le dije «Buenos días Maestro» y me miró como quien dice «que pereza este individuo que me saluda diciéndome dizque Maestro». Me le identifiqué en seguida como pariente del difunto y nos sentamos a conversar de lo más bueno, durante un par de horas, sobre todo lo divino y humano, después de las consabidas alabanzas al muerto. Quedamos en volvernos a ver y hasta el sol de hoy.

Me pareció X504 de una sencillez apabullante. Su lenguaje era elementalísimo. No se las tiraba de erudito ni de nada. Eso sí. Si uno le conversaba de Tomás Carrasquilla, él lo dibujaba en cuatro frases. Lo mismo de ese señor Vallejo que se salvó por su Virgen de los Sicarios. O de Vargas Llosa. Y otros y otros de la literatura y del pensamiento universal.  A los poetas los despachaba con monosílabos. Me dijo, como lo dijo en público, que no le gustaban los poetas ni la poesía. Pero que leía mucha poesía. Que ese era su oficio principal. Porque vivía feliz en la Biblioteca, sede de su taller. Para Jaime Jaramillo Escobar, como para Borges, el cielo o el paraíso deberían ser una gran biblioteca. En eso fue feliz. Mas no voy a hacer de biógrafo de Jaime Jaramillo Escobar, que al final de sus días dejó su seudónimo de matrícula de avioneta o de taxi, pero que no era tal. Era una artimaña su plaqueta, para tratar de permanecer anónimo y huir de la gloria, de la posteridad, que las tiene bien merecidas. Biógrafos suyos, justos y medidos, Óscar Domínguez y Harold Alvarado Tenorio. En Google los encuentran.

Yo, en su muerte, quiero terminar diciendo que cómo no va a ser poeta, cualquier artificio que sea la poesía, quien haya sido capaz de escribir para inmortalizar a la negra de sus sueños: «Sigamos: mi negra se emperejila, se emperespeja, se aliña, / con alhucema y albahaca, con cidrón y toronjil, / con lavanda, con canela, con loción y con anís. /Mi negra tiene un meneo que no cabe por la calle, /mueve el tacón y la punta del zapato/derrama tanta fragancia que no caben en el aire…/ Mi negra tierne ojos blancos, dientes blancos, calzones blancos, / calzones en diminutivo, calzoncitos, prendas íntimas…/ Yo no sé qué tienen de íntimas si las anda mostrando por todos lados. / Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda, / no como las blancas que, aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto. Mi negra no tiene conceptos, ella nació y se crió desnuda, y por lo tanto no se puede vestir completamente porque mientras más se viste más desnuda queda…/Mi negra camina en versos de cuatro o cinco tonadas, / su habla es un canto largo, con las palabras cortadas, / mi negra es dulce por fuera. Por dentro yo no sé nada. /Por dentro mi negra tiene alguna cosa guardada. / (Fragmentos de Alheña y Azúmbar).