21 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Ganadora

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
13 de agosto de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
13 de agosto de 2021

A alguien, en un arranque de ingenio, se le ocurrió decir alguna vez que después del primero todos son perdedores. Y muchos fueron quienes tomaron la frase como una especie de dogma que siguieron usando en sus débiles argumentaciones, especialmente cuando de informar se trata. Lenguaje que es muy usado en las comunicaciones deportivas, en las que, por demás, las ligerezas abundan, como que se trata de alcanzar vocablos de exageración, para bien o para mal, según las malquerencias que se tengan por aquellos hechos sobre los cuales se ocupan los reportes. Y de ahí surge la torpe costumbre de descalificar a quienes obtienen puestos secundarios en las competencias deportivas, en las que no se valora la participación, que de por si implica un gran esfuerzo y una preparación que debe estar acorde con el propósito fijado que siempre debe hacerse, incluso para aquellos que llegan en las últimas posiciones, que carecen del menor estímulo para cumplir hasta el final, cuando el olvido es el pago de eso que tanto trabajo ha demandado.

Afortunadamente surgen grandes figuras en el deporte que son capaces de cambiar ese lenguaje, con lo que hacen, con lo que logran y con lo que dicen, dentro de una moderación, una ponderación y una evaluación mucho más cercana a lo que ha sido el resultado frente al proceso de preparación, de  superación de obstáculos y de logros a conocimiento pleno de lo que se puede conseguir en cada caso.

De quienes siempre han sido ganadores, pareciera ser que solamente podemos esperar que sigan siéndolo. Se pide y exige, como si se tratara de hechos que deben ser el resultado automático de una voluntad de quienes se quieren enorgullecer con el esfuerzo de otros. De un ganador solamente se espera que siga siéndolo. De los perdedores nunca se ocupa nadIE, porque al fin y al cabo hacen parte del anonimato de esa masa que debe competir para que haya un ganador. Si no hay competidores, no podrán haber ganadores. De tal manera que de entrada debe entenderse que en una competencia no pueden ser todos ganadores. Habrán unos que ganen y otros que pierden y quienes pierden son los que hacen más grandes a los que ganan, porque oponen la resistencia adecuada para enaltecer a quienes ocupan el primer lugar.

En el caso del deporte no es fácil competir. Y no lo es porque demanda de unos largos procesos de preparación en los que el sacrificio, la entrega y la decisión de conseguir unas metas previamente señaladas  es de todos los días, en la conciencia de que todo ese proceso se va a ver culminar en los torneos que en muchos  casos apenas duran unos minutos, en los que todo lo que se ha trabajado lleva a ser ganador o perdedor. Si a esa decisión de hacerlo, con todos los esfuerzos que ello demanda, se agrega que haya la necesidad de superar obstáculos que el propio cuerpo humano puede ofrecer, como es el caso de las graves lesiones que sufren con frecuencia quienes se dedican a la actividad muscular. Las graves lesiones  casi que hacen parte del mundo natural de los deportes. Mucho más cuando se trata de disciplinas en las que los riesgos son más altos, conforme a los peligros que se deben afrontar. Para un deportista es fundamental en el momento del diagnóstico de las secuelas de sus lesiones. Los deportistas están atentos  a lo que los conocedores del tema les anuncian como resultados de los exámenes en sus órganos lesionados. Los nervios los asaltan. Ellos mismos saben de las dolencias y casi que llegan a calcular las incapacidades que se les pueden venir encima. Son confiados y optimistas y tratan siempre de esperar lo mejor. Pero de todos modos dejan que sean los especialistas los que hagan los señalamientos.

Llega el abismo mental cuando en un diagnóstico escuchan que su vida competitiva ha llegado a su final, pues las  lesiones son de tal naturaleza, que no son superables y deben darle  prioridad a seguir llevando una vida sin competencias, pero con buena salud, claro está con las limitaciones que de los daños puedan surgir. Y más de uno ha escuchado la manifestación mèdica de que su carrera deportiva ha culminado. Y viene ese propósito de superarlo, de seguir haciendo lo que constituye su vida entera y con la ayuda de los modernos métodos y sistemas de recuperación a que ha llegado la ciencia médica, en no pocas ocasiones logran vencer esas tesis de no regreso y lo hacen aunque sea para seguir en el gasto de adrenalina que significa entrar a competir para tratar de ser el mejor.

De pronto lo que más les gusta a los deportistas es competir, antes que ganar, pero todos saben que sus sueños están en ese mundo de los que llegan primero. Dentro de si mismos, sin que lo lleguen a manifestar, el solo hecho de tomar la meta de partida, arrancar e involucrarse en la competencia, ya es su plena satisfacción. Saben que no se han quedado en casa. Que están allí y que todos los que compiten van por lo mismo, por ganar. Ellos, los desahuciados también. Pierden y no convierten eso en drama -que si lo es para quienes informan, como que hablar es tan sencillo-, sino en el alcance de lo que ciertamente se han prometido así mismos: seguir compitiendo, seguir entrenando, seguir luchando por unos ideales y seguir gastando grandes cantidades de adrenalina.

Una de esas que llegan después del primero,  enseñó en este año de 2021, cuando se realizaron los Juegos Olímpicos del 2020, en esos razonamientos medio surrealistas que la pandemia ha generado,  o esos lenguajes del mundo de la tecnología cuando no son pocos los que aducen no haber cumplido con una comunicación oportuna, porque “se quedaron sin minutos”, en la seguridad de que a todos nos han enseñado que siempre habrá tiempo para todo y que aunque vaya pasando a cada segundo, el tiempo siempre va a estar ahí, desmontando el decir de que después del primero, todos son perdedores. Ella no fue la primera, aunque siempre ha estado acostumbrada a serlo. Fue la segunda y le enseñó al mundo, con orgullo, con mucha alegría esa medalla plateada, que apretó con sus dientes, enseñando una de sus más lindas sonrisas, que por demás la han caracterizado. Era la segunda. Era la de plata. Pero en su interior era la de oro, porque le había ganado a la vida. Venía de haber oído el diagnóstico nueve meses atrás de que difícilmente volvería a competir, como consecuencia de una grave lesión de rodilla que demandó una delicada intervención quirúrgica.

Cuando la intervinieron, los profesionales le informaron al recuperarse de los efectos de la anestesia general, que todo había salido muy bien y que en adelante podría llegar a tener algunos leves problemas de movilidad inferior, pero que de todos modos con unas buenas sesiones de terapia, volvería a caminar.

Fue cuando le surgió su primera meta vital: volver a caminar normal, sin limitaciones. Lo iba a lograr, así se debiera someter a las más drásticas terapias. Volver a caminar con normalidad  era su propósito desde el momento en que fue llevada a una cama de hospital en sección de recuperación y lo más pronto que pudo comenzó a trabajar en sus piernas con ese fin: caminar normalmente. Lo fue logrando rápidamente. Ya estaba contenta, pero no satisfecha.

Si ya caminaba, si las rodillas no le dolían, volvería a montar en bicicleta e intentaría volver a las velocidades y los obstáculos del BMX. Iba a volver a correr. Así no fuera para competir. Lo consiguió en uy breve tiempo. Participó  en competencias locales y regionales y supo que le quedaba poder en sus piernas y su cuerpo. No ganaba, pero tampoco era la última. Cuando en febrero de 2021 el Comité Olímpico Internacional, con el respaldo del Colombiano, fijó las marcas mínimas para clasificar a ser parte de la delegación que por Colombia iría a las Olimpíadas de Tokio, se encontró con una nueva meta. Lograría esos tiempos e iría a Tokio, a hacer lo suyo, a demostrar que seguía siendo buena en lo suyo, pero antes que nada, a demostrarse así misma que había vuelto a la vida, porque su vida es sobre una bicicleta de BMX. Y lo logró. Y fue llamada a ser parte de esa delegación.

De una vez los ligeros críticos -y sabios- del deporte, cuestionaron su llamado, por lo reciente de sus lesiones, por los procedimientos médicos padecidos y por la edad, como que en octubre 10 cumplirá 30 años y se considera que se trata de un deporte especialmente diseñado para menores de edad, por su estatura y por su peso. Muchos hablaron de que ella se apoderaba de un cupò de competencia que debió adjudicarse a jóvenes promesa, que no consiguieron las marcas que ella misma si se impuso. Ya lleva tantos años involucrada  en esas  lides de competencias y cuestionamientos inadecuados de quienes no saben nada, a ciencia cierta, de lo que hablan, que poca o ninguna importancia le dio a esas críticas. Simplemente se dedicó a lo suyo: entrenar, prepararse, estudiar muy bien la pista sobre la que estarían todos, sus trazados, sus cervas, sus desniveles, sus saltos en el aire etc. Y fue a los Olímpicos en la seguridad de que ya era una ganadora de la vida, que había vencido los pronósticos médicos y con la voluntad decidida a seguir siendo la mejor del mundo.

Mariana Pajón Londoño, de lejos la mejor deportista que ha dado Colombia en todos los tiempos, fue a Tokio a demostrarle a todos y especialmente así misma que seguía siendo una ganadora. En su mente estaban las limitaciones  de salud que se le podían interponer en cualquier momento. Desde las rondas de clasificación, antes que nada, se propuso demostrarse así misma que estaba en forma y que iba a luchar hasta el último momento. En los tres heats de calificación estuvo en los dos primeros puestos, alternando el primero con el segundo. Llegó con suficiencia a la final  y entonces si muchos volvieron a confiar en ella y no fueron pocos, los que, por la diferencia horaria continental, debieron madrugar a ponerse al frente de una pantalla de televisión y emocionarse en ese accionar raudo casi de vértigo, de esa pequeña mujer con camiseta azul que daba la batalla en la parte delantera y a quien apenas le faltaron cinco metros más de recorrido para haber repetido ese primer puesto que siempre ha ocupado. Fue segunda. Fue medalla de plata. Muchos pensaron que era derrotada. Cuando vieron su rostro, al lado de las dos europeas calificadas en el primero y tercer puesto, con esa enorme sonrisa de satisfacción  y con sus bellos ojos más iluminados que nunca, entendieron que  no solamente el primero es el ganador, sino el segundo cuando viene del abismo de la derrota de unos graves daños corporales sufridos en un accidente de competencia. Son muchos, pero muchos, primeros puestos de Mariana en todos los torneos habidos y por haber en el mundo, pero ella misma lo dijo, que esa plata era su más grande trofeo porque significaba su vuelta a la vida. Y fue enfática en decir que se sentía ganadora, plena ganadora, siendo segunda. Era la medalla más soñada en su lecho de enferma, de recuperación, de vuelta a caminar con normalidad, de vuelta a competir, de vuelta a ganar, de vuelta a clasificar, de vuelta al podio, en donde la tenía sin cuidado la posición, pues la batalla que quería ganar en esas competencias a donde van los mejores del mundo, estaba más que ganada.

No se trata simplemente de formular frases  efectistas que hacen carrera y parece que se convirtieran en teoría. Se trata es de hacer las cosas y con ellas demostrar que formas de ganar hay muchas y que cada una de ellas se construye con unos esfuerzos determinados que deben  partir del pleno conocimiento de lo que se es, de lo que se hace, de lo que se procura. Fue segunda, pero en su mente, en su ánimo, y en el de todos los colombianos, finalmente, fue primera y además se instaló en las emociones de todos los habitantes de este territorio en el mayor orgullo deportivo, a la vez que pasó a ser la figura más grande del BMX a nivel de América Latina. No es poca cosa.

Mariana Pajón Londoño ha dado la gran lección de lo que son los valores esenciales del deporte. No siempre se es el primero, pero muchas veces cuando se es segundo, también se gana, porque hay muchas circunstancias a las que se les gana y se siente plena, de nuevo, la vida. Con ese segundo lugar  regresó al podio del que nunca se ha bajado y del que jamás se bajará porque su vida es ganar con base en la consagración a lo que siempre ha amado.

Nacida en Medellín  el 10 de octubre de 1991, en el hogar formado por el automovilista Carlos Mario Pajón y la equitadora Claudia Londoño, quien siempre se ha desempeñado como docente, con su hermano Miguel, siempre fue formada en la práctica de los deportes, que sus progenitores les inculcaron desde siempre, al punto de que ambos montaron en bicicleta a los tres años y de una vez se dedicaron al BMX, en el que ambos comenzaron a dar muestras de calidad.

Cuando Mariana tenía cuatro años, supo de la realización de una competencia para niños en BMX y fue y se inscribió. Luego le conto a su madre que iba a competir y quería que la acompañara. Por supuesto que conto con el respaldo de ella y de su padre. Sus cortas piernas  le dieron la respuesta que le darían por siempre y el arrojo en las curvas y en los vuelos que emprenden cuando los ciclistas salen de las cimas de las curvas de la pista, mostraron la potencia que había en ella. Su hermano Miguel  estaba más avanzado en el deporte, dada su mayor edad y ella lo acompañaba siempre en los entrenamientos y en los aplausos y los gritos de ánimo en las competencias. Su primer ídolo en el deporte fue su hermano. A él le aprendió mucho. Con él entrenaba. Con él intercambiaba ideas. Con él aprendió todos los secretos de la bicicleta, de las curvas, de las subidas, de las bajadas, de los vuelos sobre dos ruedas delgadas. Hasta cuando Miguel, quien también fue un gran ganador de muchas competencias, sufrió un grave accidente que lo marginó  completamente de las pruebas, con lo que sus padres sintieron el temor de que la niña fuese a tomar la decisión de abandonar  el deporte por los riesgos propios de la práctica deportiva. Pero no fue así.

Nunca le pasó por la mente que se iba a retirar. No concebía la vida sino sobre una bicicleta. En el colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Rionegro, cerca de Medellín, donde cursó sus estudios, le concedían los permisos necesarios para llegar a ser una competidora de alta categoría. Su hermano, en el retiro de las competencias, siguió siendo el hincha de la niña de la casa y cuando tenía 11 años quiso competir con los niños de 12, a quienes derrotó ampliamente y más de uno lloró de rabia de haber sido vencido por una mujer. La llamaron de una vez, por admiración y un poco de amargura, “la hormiga atómica”, dada su corta estatura. Hoy con casi 30 años sigue siendo una mujer bajita, hermosa y sonriente. Es, como dicen las señoras, “una come años”, que nunca ha perdido esa cara de alegría y de  poder expresivo.

Casi que a las carreras, en los entrenamientos en competencias mundiales, conoció al francés Vicent Paluard, llegando a ser muy buenos amigos, como para que el galo llegara a conocer a Colombia y no solamente se enamorara de esa bella paisa, sino de su tierra, hasta concluir en matrimonio feliz, que es hoy día, e incluso adquirir la nacionalidad colombiana, al punto de haber hecho parte de la delegación de competencias de Colombia, al haber ejecutado las marcas mínimas para ser seleccionado, aunque ya en las competencias, no logró la clasificación a las semifinales, por lo que ya tomò la decisión de retirarse de la competencia activa.. Su esposa, su tesoro, a quien cuidó  tiernamente en las largas madrugadas de su recuperación, cargándola cuando fuera necesario, aún no ha tomado la decisión de decir adiós al BMX, pero si anuncia que va a incursionar en carreras de pista, que son comunes al entrenamiento de esta modalidad para ganar mayor velocidad.

Mariana Pajón Londoño enseñó al mundo como se es la mejor, aún llegando de segunda. Se trata es de ganarle a la vida.