Del toronjil y del caldo de ojo
Anthony Zambrano, medalla de plata en la carrera de 400 metros en los juegos olímpicos de Tokio, natural de Maicao, municipio del departamento de La Guajira, en Colombia, ha sido alimentado a punta de caldo de ojo de res. Según le escuché a su señora madre, Anthony, a diferencia de la mayoría de los mortales, no solo le cogió el gusto a la sustancia de ojo, sino que exige que se lo elaboren en sancocho, con la carne que logran rescatar de la pieza facial de las vacas, o sea de la osamenta de sus cabezas, además de los ojos enteros, que nadan con ostentación en el reconfortante caldo. Para que tenga tal categoría gastronómica, la de sancocho, le tienen que agregar plátano maduro y mazorca, según la receta revelada por doña Miladis Zambrano de la Cruz, la envidiada y querendona progenitora del medallista mundial.
En sus comienzos fue así. Y con dos ojos. Pero cuando madre e hijo se trasladaron a Barranquilla para subsistir y Anthony a realizarse como deportista, éste ya no se contentaba con la fórmula inicial, sino que doña Miladis tenía que agregarle dos costillas y en vez de dos ojos, ¡ocho!, ya que solo así nuestra gloria nacional se siente satisfecho. Doña Miladis le atribuye gran parte del desarrollo físico de su niño, al caldo de ojo. Y su salud a toda prueba. Y sus éxitos, a los que agrega, como católica consumada, su devoción hacia el Señor de los Milagros, a quien alumbra con una veladora desde las cuatro de la mañana, corra o no corra Zambrano. No supe si es al Señor de los Milagros de Buga o de otra parte cualquiera. Pero el hecho es que como que el asunto funciona. Recomendable coctel: Señor de los Milagros, más caldo o sancocho de ojo. Digo yo.
Doña Miladis expresa que se vuelve un manojo de nervios, que eleva las pulsaciones y la tensión arterial hasta indicadores de peligro, cuando Anthony compite. Tanto es así que el plateado en Tokio le ha pedido a Doña Miladis que se abstenga de ponerse frente al televisor a presenciar sus actuaciones. Pero Doña Miladis, tiene la fórmula para mitigar el nerviosismo. Se sienta a ver las zancadas triunfadoras con un pocillo hasta el tope con infusión de toronjil. Y aguanta las emociones y nunca le ha pasado nada.
Serena, calmada, después de gritar y gritar en apoyo de su muchacho, se le ve y se le oye frente los periodistas. Alguna vez Humberto de la Calle sugirió que ante el estado de crispación de la política y de la situación colombiana, al agua de los acueductos debería agregársele valeriana, para apaciguar los diablos interiores. Nadie le prestó atención. Pues bien. Yo propongo que le jalemos al toronjil. A ver si somos capaces de serenarnos y hacer un alto en la carrera en que nos hemos empeñado los colombianos para llegar al fracaso como nación y como Estado. Más toronjil y menos Petro y Uribe, puede ser la fórmula salvadora.
Ni Miladis Zambrano, ni Anthony, deben haber oído mencionar a un tal señor Marcel Proust, escritor francés él, nacido en París en 1871 y fallecido allí mismo a los 51 años de edad, autor de la monumental obra, «En busca del Tiempo perdido». Ni falta que les hace, ni les hará. El caso es que el señor Proust le dedica tiempo y espacio a los olores y a los sabores. Y sostiene que un sabor o un olor, nos puede producir un trance en la memoria que nos lleva con una vividez suprema a recordar pasajes, situaciones, sentimientos, del pasado ya ido.
Pues doña Miladi, le cuento que al verla y escucharla regresé a mi infancia, a mi hogar, en mi pueblo, en Anserma Caldas, cuando padecí viruela, tosferina y sarampión, «como todo niño que se respete» (Gilberto Alzate Avendaño) y en mi convalecencia mi madre me levantó a punta de caldo de ojo. Pero con el ojo aparte, picadito el ojo y adobado con «hogao», una especie de revoltillo de cebolla larga, tomate chonto y una cucharadita de manteca, más una pizca de sal y de comino.
Y en estos momentos, oigo sonar las campanas de la iglesia, a las seis de la tarde, hora de comida en las aldeas, y veo el mantel tendido en la mesa, y el humo del caldo y lo saboreo con placer infinito y paladeo el picadillo de ojo, y veo casi presente la imagen de Carolina, mi madre que ya no está desde hace largos años, y derramo una lágrima. Pero dejemos más bien aquí. Perdonen la tristeza. Voy por mi pocillo de agua de toronjil.