7 de junio de 2026

Tristes

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
22 de julio de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
22 de julio de 2021

Explicaciones se han intentado muchas y lo han hecho verdaderos expertos en la materia, pues de alguna manera es necesario encontrar una causalidad para que los colombianos sepan como son, con una etnografía plagada de defectos, en la que las ideas, el diálogo, la negociación aparecen tan esquivos, pues casi todo tendemos a arreglarlo mediante el uso de medios violentos, en los que antes que tratar de contradecir los argumentos ajenos, lo que se pretende es desaparecer a ese que piensa o actúa  de manera distinta. Todas las explicaciones se han quedado cortas. Se ha dicho mucho, pero se ha logrado poco. No se mejora. No se cambia. Se sigue siendo los mismos, empeñados  en hacer las cosas son ausencia de racionalidad,  como si se desconociese la característica fundamental de los seres humanos -que lo distinguen de los demás seres vivos de la naturaleza- , que no es nada distinto que la posesión de razón y voluntad. El ser humano no obra sin intenciones. Siempre las tiene. Buenas o malas, pero las tiene.

El ser humano se mueve en tres esferas vitales: las creencias, con capacidad de llenar muchos vacíos que por ausencia de conocimiento puede tener frente a la realidad, en lo que apenas es necesario aceptar lo que se plantea como dogma o creencia, con lo que se edifica la moral, que termina siendo la moral que predica el credo que se llegare a acoger. En segundo lugar las emociones, que son propias de la formación fisiológica del ser, conforme a lo que la psicología clínica moderna ha logrado establecer científicamente,  ubicándolas en una míni-glándula denominada Amigdala, ubicada en la parte posterior de la Hipófesis y que controla todas las reacciones emocionales, que de alguna manera son aprendidas en el proceso de formación individual, como lo son también las creencias. Dificilmente puede encontrarse un colombiano que haya tenido el privilegio de no ser influenciado -¿manipulado?- con creencias religiosas desde niño. Se sigue percibiendo padres y familiares de bebés que los inician en las creencias cuando ni siquiera hablan, cuando no piensan, cuando no poseen capacidad de escogencia. Las creencias son de aceptación o no de la persona, por lo tanto se debe ser consciente en el momento de adquirirlas. Pero en nuestro medio, los niños terminan rezando cualquier cosa, sin entenderla, sin saber porque lo hacen y sin que se les haya consultado si lo aceptan o no, que parece ser lo más grave. La gente sigue una creencia porque se la inculcaron desde niño, de manera inconsulta y por tanto irrespetuosa de lo que es la dignidad humana, que es el eje conductor de la norma social. Y en tercer lugar la esfera de la razón, que se supone se tiene con la adquisición del conocimiento científico. En el proceso de formación de los menores, los llevan por la vía de las creencias emocionales, en una influencia  meramente afectiva. En el proceso de conocimiento se supone que corresponde a quienes tienen acceso a la educación superior.

Eso es lo que se deduce  que sucede. Pero la experiencia amplia en el campo de la docencia universitaria nos ha enseñado que eso no es cierto. Y es común, frecuente  y aprobado mayoritariamente, que el médico al intervenir quirurgicamente confíe más en sus creencias que en sus conocimientos; que el estudiante universitario confíe más en los rezos a los santos de su devoción, que en la dedicación a preparar una materia para una evaluación; que el ingeniero confíe más en la ayuda divina para que el puente que construye no se le caiuga, que en los cáculos que debió aprender a hacer en nsu instrucción especializada, y podría seguirse con todas las profesiones.

Tenemos en el recuerdo la conversación sostenida con un grupo de estudiantes de la Facultad de Derecho que nos comentó, de manera informal y como simple tema de intercambio verbal en el compartir de un café, que una asignatura de mucha trascendencia en su formación, programada en un semestre superior, se les hubiera convertido en un juego. Dijeron que no estaban aprendiendo nada y  ellos eran conscientes, pero el docente les calificaba con muy buenas notas a todos, en la medida en que llegaran puntuales a clase y tuvieran efectiva participación  en el rezo del Rosario, cosa que hacían todos de pie,  con que comenzaban todas sus sesiones académicas (?) y en las que se gastaban 45 minutos -una hora académica- y que el conocimiento que tenía (o almenos el que era capaz de transmitir) era ninguno, pues se la pasaba  haciendo alusiones a ayudas de orden religioso, en las que confiaba plenamente cuando de fallar se trataba, en sus sentencias como Magistrado de un Tribunal de Distrito Judicial. Dios era su inspiración y su conocimiento. Un hecho sucedido con estudiantes próximos a recibirse como abogados.

Se pretende por muchos que ahora que el conocimiento científico ha logrado los más altos niveles  en la historia cde la humanidad, el ser humano debe ser más racional que creyente emocional. Es una ilusión de los racionalistas, de quienes confían en lo que es posible demostrar y en la medida en que logran saber el origen de lo que sucede, poseen las explicaciones necesarias para dejar de aferrarse a los mitos. La realidad nos muestra otra cosa. Cada vez se hace más frecuente  que los periodistas, en todos los medios, se dediquen a repartir bendiciones, como si se tratara de oficiantes religiosos y demasiadas personas se dedican a esa misma tarea en los saludos, en las llamadas telefónicas, en el cruce de mensajes electrònicos, como si todos los interlocutores  correspondieran a sus propias creencias. Andar bendiciendo a diestra y siniestra se ha vuelto tan común que muchos son los que se extrañan cuando no se las imparten y unos pocos, muy pocos, nos genera molestia que se asuman esas posiciones que nadie ha pedido y que carecen de contenido de lo que debe ser el hombre de hoy.

La constante curiosidad bibliográfica nos permitió tener en las manos un libro del profesor Mauricio García Villegas, a quien debemos confesar no haber leído antes. El librero nos dijo que era interesante, que podìa abrirlo, leer las primeras páginas, la presentación y saber un poco de que se trataba. La obra se titula “El país de las emociones tristes”. Nos impactó la presentación del tema. Nos atarajo que se tratara de una tesis en la que se quiere explicar un poco del porqué los colombianos somos así. Nos fuimos metiendo poco a poco en el pensamiento de este doctor en Ciencias Políticas, abogado, doctor Honoris Causa en ciencias sociales, profesor del IEPRI de la Universidad Nacional, docente invitado de varias universidades del mundo, investigador de Dejusticia, nacido en Manizales en 1959 y descendiente de una familia de tradición profundamente conservadora en Caldas, llena de sacerdotes y monjas, en la que el único libre pensador fue su padre, sin haberlo dejado saber de sus ascendientes antes de ser un hombre independiente y autónomo. Tuvo la fortuna, el profesor García Villegas, de recibir la plena influencia de su padre y formarse en escuelas de pensamiento en las que la racionalidad, la existencia de la prueba, la acreditación  de las afirmaciones, la convicción de lo que se sabe y conoce, se convirtieran  en la guía de su desempeño. Desde que comenzamos a leerlo la sorpresa fue grande. En la medida en que devoramos  el texto, fue  aún mayor, porque vimos que en nuestro medio no solamente se distribuyen gratuitamente bendiciones al por mayor, sino que hay verdaderos pensadores  en quienes el país tiene un gran capital.

Leer la obra del profesor García Villegas no es simple. Hay que estar preparado  en muchos conocimientos previos, pero, por encima de todo, hay que despojarse de todos los prejuicios  que se han herederado de esa formación y educación de creyentes emocionales  en que nos hemos movido desde siempre. Nos asalta el temor de que una obra que debería ser de conocimiento masivo y obligado, apenas constituya la lectura de unos pocos que quieren entender el país en sus dimensiones ciertas, para que algún día se logren superar esos graves obstáculos formativos, en los que se cae en los defectos que presentamos como sociedad. Ojalá, al menos, en todas las Universidades colombianas se leyera como parte del proceso educativo, porque en la medida en que sigamos formando profesionales que confían más en la fé que en el saber, no vamos a pasar de ese colectivo  de llorones que lamentan todo lo que les sucede en la vida, como si las soluciones no se hubiesen dado en la naturaleza misma del ser humano, como racional.

No es fácil ocuparse desde un simple comentario bibliográfico de esta obra del profesor García Villegas, un científico social  que puede presentar en cualquier parte del mundo Colombia, por lo que  se cursa más bien una invitación a leerlo, haciendo algunas muy pocas citas, de las 310 páginas, de la edición de Ariel, cuya primera impresión se puso en circulación en diciembre del año anterior.

La obra, antes que nada, es una gran invitación a pensar, antes que a sentir o creer. Y por eso cuando da cuenta de lo que fue su proceso formativo en esos planteles a los que lo llevó su tradicional familia manizaleña, relata que:

“Dice José María Escrivá de Balaguer, el fundador de esa agrupación, en una de las sentencias de su libro Camino. “Si no quieres que el cuerpo te traicione, dale un poco menos de lo justo”, agrega. Para nosotros, jóvenes fantasiosos y gobernados por las hormonas, semejante ascetismo era inalcanzable y por eso el infierno era la espada de Damócles que se cernía sobre nuestras cabezas. Todo, o casi todo, en el Opus Dei estaba destinado a destruir el amor y la sensibilidad, lo cual alimentaba las frustraciones y espoliaba los vicios. Con semejante desprecio por el cuerpo y por sí mismo, era difícil entender el mandato del amor al prójimo. Paul Valéry, el poeta, lo dice muy bien: “Si el yo es detestable, amar al prójimo como a sí mismo resulta una ironía atroz”. (páginas  15-16).

Para tratar de entender  como son los colombianos y el porqué de sus reacciones, acciones y omisiones, es necesario el análisis del contexto continental, en lo que el profesor García Villegas anota:

“En Iberoamerica intentaron resolver el déficit de regulación social y cultura con un superávit de regulación jurídica. Esta estrategia es por lo general ineficaz y lo que hace es ahondar la brecha entre el mundo real de los comportamientos y el mundo imperativo de las normas.

Entre el deterioro del ideal y el deterioro de la vida práctica el español escoge lo segundo. Que el mundo se derrumbe, no así sus principios. Mantener los ideales intactos, escritos, promulgados y sermoneados, sin importar que en la práctica todo eso se negocie y se adapte.

Puedo resumir lo dicho de esta manera: mientras la modernidad, con el comercio, la ciencia y el laicismo, hacía su curso irreversible en el resto de Europa, España de la primera mitad del siglo XVII seguía anclada a remanentes de su Edad Media y de alguna manera lo continuó siendo hasta finales del siglo XIX; Pío Baroja decía que Europa terminaba en los Pirineos. A fuerza de vivir con otros pueblos a los que siempre consideró extranjeros e inferiores (aunque eran más cultos, trabajaban más y tenían una tradición más rica), el español cimentó su identidad en la contemplación alucinada de sí mismo, de su dios y de su historia. De allí, y del miedo a perder su identidad, extrajo un  torrente de imaginación sobre su condición material, circundada por las imágenes del cielo, el purgatorio y el infierno, todo lo cual plasmó en innumerables y sofisticadas obras de arte, sobre todo de teatro, de pintura y poesía. En ese ensimismamiento había muchas emociones tristes que alimentaron su consabido individualismo indómito, su desconfianza frente a los demás y frente a la autoridad, su actitud esquizofrénica entre el deber ser y el ser, su envidia ancestral y su torpeza para los asuntos prácticos (como no fuesen aquellos de la guerra) empezando por la industria y la producción de riqueza (en lo cual siempre vio oficios de menor valor) y terminando con una cierta incapacidad para diseñar instituciones ( no sólo normas grandilocuentes), con poder para permear la sociedad, predecir sus amenazas y evitar tragedias colectivas (guerras civiles, privatización de la violencia, corrupción etc.” (páginas  133-134)

El profesor García Villegas, con no poco optimismo, da como del pasado esa formación en el miedo y el temor a los castigos divinos, sin que se atreva, seguramente por el mundo académico en que se mueve, a pensar que se trata de un fenómeno que no ha sido superado, cuando profesionales, en niveles de doctorado, siguen siendo creyentes emocionales, sin que pareciera cierto que el conocimiento científico sea el que oriente sus quehaceres, cuando pone de presente que:

“Las personas de mi edad alcanzamos a conocer aquel mundo donde la religión estaba en todas partes. En mi colegio, como ya dije, Dios estaba en todas partes y el pecado y el diablo también  lo estaban. Si san Agustín dijo aquello de que “es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido”, en mi colegio nos inculcaban no solo la idea de que es bueno haber sufrido, sino también que era bueno sufrir. De ello resultaba una educación sentimental malsana que atrofiaba los placeres del cuerpo, empezando por el deseo sexual; así truncaba nuestro espíritu y nuestra imaginación. La sensibilidad de la piel era vista con desconfianza porque se suponía que detrás de ella estaba el diablo haciendo las suyas. Nuestros educadores eran maliciosos, siempre al asecho de los pecadores. Cuando estaba en último año de bachillerato, creé un periódico estudiantil que publicaba con gran esfuerzo, escribiendo y seleccionando artículos que luego hacía imprimir en una tipografía del centro de la ciudad donde todavía funcionaban linotipos, unas máquinas extraordinarias que imprimían  las letras a partir de moldes de plomo. Para financiar la publicación conseguía avisos publicitarios de los negocios de los padres de mis compañeros. En una ocasión publique un aviso de una floristería, con el nombre de sus dos propietarias en la parte de arriba del aviso y con la invitación, en la parte central, para que el público se acercara a comprar sus arreglos florales. Cuando el vicerrector del colegio vio el periódico, que debía pasar por sus manos antes de ser distribuido, censuro el aviso diciendo que podía ser leído como la propaganda de una casa de citas, con mujeres ofreciendo sus servicios. Desde luego, ni a mí  ni a las madres de mis compañeros y propietarias del establecimiento se nos había ocurrido semejante caso, pero ninguna explicación valió y el periódico debió ser reimpreso”. (páginas  139-140)

En Colombia desde siempre han primado las emociones, pero especialmente las emociones que Spinoza califica como tristes, lo que le da el título al libro, y las ideas ni siquiera se llegan a discutir, como si nos diera miedo pensar. Esto lo entiende muy bien este sorprendente -al menos para nosotros- autor caldense que ha publicado una obra que, a quien se preste a ello, le entrega muchas claves de comprensión de nuestra etnografía.  Se entinde cuando se lee:

“Con la capacidad estatal conculcada por el clientelismo y con el apoyo político hipotecado por los revolucionarios (que no querían una reforma sino una revolución), el proyecto terminó muriendo en los archivos de la Nación. A falta de revolución, la alianza entre un Estado fortalecido en su capacidad técnica y unos movimientos sociales pragmáticos puede producir cambios significativos; pero esa alianza es difícil, dada la desconfianza recíproca, para no hablar de los odios entre el liberalismo progresista y la izquierda. El mismo patrón se repite en muchos otros ámbitos de la vida nacional: las buenas ideas, como dije al inicio (y retomare más tarde), terminan estropeadas por las malas emociones”. (pñaginas  158-159)

Es tan fácil especular cuando se habla de explicaciones sociales, pero en el caso de la obra del doctor Mauricio García Villegas eso no sucede. Es una formulación que quiere explicar la forma de ser de los colombianos y lo hace con suficiencia. Es una de las obras de mayor aporte a los estudios sociales modernos de nuestro país. Leerla no es solamente una sorpresa, podría decirse que es un deber si se quiere entender ese galimatías que hemos llegado a ser los colombianos. Una tesis seria y bien fundada, con un amplio conocimiento del tema y una investigación digna del mayor respeto.