7 de junio de 2026

Soñador

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de julio de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de julio de 2021

Eran 40 pasajeros. Un vuelo chárter ocupado por los integrantes de la excursión, encabezados por quien les había vendido los tiquetes y los paquetes de alojamiento y alimentación en la Isla de San Andrés. Todos habían hecho la compra del paseo a crédito y no debieron ir a ninguna agencia de viajes, ni lujosas oficinas para ser atendidos con café y refrescos mientras tomaban la decisión de la compra. A todos ellos los había contactado el vendedor en los buses de servicio urbano, o en las calles. Ese hombre de mediana estatura, tez trigueña, de fácil palabra, gestos amables al entrar en contacto con las personas, un gran argumentador de porqué ir a conocer el mar, saltando de una vez la berrera de todos sus interlocutores quienes de inmediato le ponían de presente que ellos no tenían con que pagar un gasto de esa naturaleza. Y ahí venía el primer ataque de fondo en la venta: no se trataba de un gasto, se trataba era de que invirtieran algo en ellos mismos, que sacaran un poco de lo que se ganaban trabajando y se dieran el gusto que muchos, con dinero, se daban, con la diferencia de que lo harían  de manera económica, sin lujos, sin costos innecesarios, pero teniendo el gran placer de introducir sus pies en el mar de siete colores.

Venía, entonces el contrataque de la defensa de los posibles compradores cuando le pedían detalles de como era montar en avión, pues nunca lo habían hecho y le tenían cierto temor a subirse a un aparato tan pesado que no creían posible que se pudiera sostener en el aire por tanto tiempo y llevando pasajeros y carga en su interior. Se armaba de los mejores argumentos posibles sobre el placer de volar, de la seguridad del avión, de lo corto del viaje, de las comodidades que las aerolíneas ofrecían a sus viajeros, del gusto de poder compartir durante varias horas   con los compañeros de sillas,  de saber que al final del camino estaría la preciosa vista del mar, brillando con el esplendor del sol e invitando a sentarse en sus playas a degustar de los más bellos paisajes. Esto lo argumentaba tan bien, que los clientes quedaban en la convicción de que ese señor, de nombre inconfundible hasta ese momento, era un viajero muy frecuente en las rutas del mundo. El resumen de todo era que viajar en avión era un placer inigualable, algo que iban a recordar toda la vida. Y eso era una llamada mentira piadosa, como siempre las denominó, pues lo cierto es que a sus 30 años de vida nunca había montado en avión. Quería hacerlo, quería conocer el mar, pero no tenía ni empleo, ni dinero para ello. Se tenía que imaginar la forma de poder hacerlo sin que debiera entrar en los gastos que ello representaba.

Se dio a la tarea de averiguar como viajar sin tener con qué. En una agencia de viajes, una vendedora atenta le explicó que si no tenía dinero para viajar ese no era ningún problema, pues había muchos planes de financiación, que ellos mismos le podían ayudar a gestionar con el sistema bancario. Cuando comenzaron a diligenciar el formulario para el trámite de ese crédito de consumo, en las primeras preguntas se frustró la idea, pues al interrogarlo por el nombre de la empresa donde trabajaba, la respuesta de ser un desempleado más, puso freno inmediato a la atención de la empleada. De la manera más cordial, evitando ofenderlo en todo momento, con mucho afecto e invitándolo a que no renunciara a sus sueños, que cuando tuviera un trabajo estable, regresara y que en menos de diez minutos tendría aprobado su crédito. Era necesaria su estabilidad laboral, como garantía del crédito. Le ofrecieron un pocillo más de café  y mientras lo consumía la vendedora le dijo que una manera de conseguir como viajar era que se pusiera a vender tiquetes de avión, que por cada siete tiquetes que vendiera le regalaban uno en la aerolínea, o sea que era cuestión de conseguir siete amigos, tomarle sus datos y llevarlos a la agencia y ellos le harían el resto de la tarea, a la vez que le conseguían su tiquete gratis para viajar.

Con su enorme e innata intuición empresarial, se fue a casa, pensando mucho en la idea de vender tiquetes y ganarse uno por cada siete, lo que le facilitaría viajar en avión, cosa que nunca había hecho y no se quería morir sin hacerlo. Era uno de sus sueños. Desde muy joven los sueños constituyeron una especie de impronta de su existencia, al punto de que siendo menor de edad se hizo bombero voluntario de su pueblo natal, Caicedonia, en el norte del Valle del Cauca, y por su consagración al servicio, a los 18 años ya era Sargento de Bomberos, el tercero al mando. Del mismo modo se integró a la Junta Municipal de Deportes, en la que lo designaron secretario general. Y no dejó pasar la oportunidad cuando lo invitaron a ser miembro del Club de Leones, una entidad sin ánimo de lucro, de amigos cercanos, con decisiones constantes de servir a los demás. Su vocación vital era servir.

Pensó mucho en esa oportunidad de ganarse el tiquete vendiendo tiquetes. Comenzó a hacer el inventario imaginario de amigos y conocidos a quienes seria capaz de venderles un tiquete a San Andrés, sabiendo que la única garantía que debían tener  era ser empleados de nómina. O sea que no necesitaba venderle a personas con gran poder adquisitivo sino a sus vecinos de barrio. Ya estaba hecho el plan. Conocería San Andrés y no tendría que pagar el tiquete. Estaba contento, pero de un momento a otro se le vino a la cabeza lo del alojamiento y la alimentación en la Isla y el globo se desinfló. Podía conseguir lo uno o lo otro. El asunto demandaba de más análisis y con un lápiz y un viejo cuaderno de notas se puso a tratar de desentrañar lo que era una agencia de viajes, como se montaba, de que obtenían sus ganancias. Seguro que ellos con las ventas se ganaban todo. Ahí tenía un sueño más: su negocio sería el turismo, tendría su propia agencia de viajes.

Cuestión de poner manos a la obra. Se puso a estudiar cuanto folleto turístico caía a sus manos, iba a las agencias de viajes  a indagar por planes, vuelos y costos y de salida le echaba mano a una o dos viejas revistas de turismo, de las que colocan en las salas de espera, que en su casa se leía juiciosamente desde la primera hasta la última página. En una de esas visitas fue hasta la agencia local de la aerolínea SAM, en el centro de Cali, estuvo averiguando cosas y a la salida se llevó una revista gruesa sobre la empresa, en la que había una reseña sumamente amplia de lo que era la Isla de San Andrés, destino especializado de esa empresa. Nunca había leído  una revista tan minuciosamente como lo hizo en esa ocasión. Al final de su aprendizaje -no la leyó, se la aprendió- , se consideró en capacidad de hablar con la mayor propiedad de los encantos, de las ventajas, de los placeres, de los precios, de las comidas, de las calles, del comercio libre de impuestos de esa Isla.  Como si hubiera estado allí.

Pensó que si el negocio de las agencias de viajes era vender tiquetes y por cada siete tiquetes les daban uno, a las aerolíneas lo que les importaba era que vendieran sus vuelos. Regresó a SAM. Y se cercioro de la veracidad de su intuición. Le confirmaron que efectivamente cualquier persona  podía acreditar ante ellos la venta de siete tiquetes y le regalaban uno. SAM estaba empeñada en convertir a San Andrés en el gran polo turístico de los colombianos, para lo cual había ideado un plan que se llamó 25×25, que permitía viajar desde el pago de la cuota inicial y el pasajero contaba con 25 semanas para amortizar el costo total del viaje, que era no solamente  el tiquete aéreo, sino también el paquete turístico de alojamiento y alimentación, todo incluido. Y en la agencia le informaron que  lo que daba la empresa era un tiquete y un paquete por cada siete ventas. La conversación en SAM, fue de confianza mutua. El lucía muy bien presentado, siempre de saco y corbata, con sus ademanes de caballero y su conversación agradable en la que no se cruzaban en momento alguno expresiones descalificantes absolutamente para nada, pues la visión que tenía de todo era  siempre desde lo positivo.

No saltó delante de la ejecutiva de SAM que lo atendió, por prudencia, pero cuando salió a caminar sobre la Calle de los Hombres (calle 12), no caminaba, sino que daba saltitos, ya estaba seguro que iba a conocer a San Andrés, se iba a proponer vender no solo esos siete paquetes, sino ojalá 28, lo que le daría derecho a cuatro para su utilidad, los que ubicaría entre sus mismos clientes, pues lo que necesitaba era dinero, obtenido de la manera que sus padres le enseñaron desde siempre: trabajando, mijo, trabajando.  Hizo cuentas mentalmente de cuantos amigos podrían comprarle el producto, pero no pasaban de cinco o seis. Necesitaba más. Había que idear otra manera de vender. Descartó la idea de pedir permiso en las empresas para  promover su viaje, no lo dejarían entrar y además cada una de ellas debían  tener ya a su servicio una determinada agencia de viajes. Necesitaba seguir soñando, imaginando, teniendo ideas y ocurrencias. Ya está, lo definió mientras caminaba hacia la Plaza de Cayzedo:  se iría andando las calles, se subiría a los buses urbanos, conversaría con la gente, ya sabía que la garantía de un crédito de bajo monto es el trabajo.

Y se subió a los buses urbanos y comenzó a echar su cuento. Y a cada pasajero le entregaba un volante con sus datos, el teléfono de su casa y el horario en que lo atendería. Sería su propia secretaria, era cuestión de programar horarios.  Y en la calle  se igualaba con personas que fueran caminando, a quienes no  les detectara afán y les iba contando su sueño conjunto de que fueran a conocer San Andrés a crédito. Fueron cientos de personas con las que tuvo diálogo. Al final logró que 40 de esas personas tomaran la decisión y eran los 40 que ahora ocupaban ese avión de SAM, en la pista del Aeropuerto Palmaseca -aún no se llamaba Alfonso Bonilla Aragón, su gran promotor, listo para despegar.

Cuando la aeronave comenzó a tomar impulso para despegar, todos los pasajeros se agarraron con fuerza de los descansabrazos de las sillas, sintieron un enorme vacío en el estómago y muchos de ellos se llevaron la mano derecha a la cara para realizar varios signos de la bendición de los católicos. El susto era mayor. El soñador también sintió lo mismo. Nunca había viajado en avión, conocía todos los rincones de Colombia, pero viajando por tierra. Cuando el avión tomó la altura de crucero, todos se tranquilizaron, se sintieron como en la sala de su casa y se pusieron a charlar entre todos, hasta que una señora  propuso que cantaran, como en cualquier paseo de olla. De ahí nació lo que se llamó en San Andrés el Turismo de Olla, que no era nada distinto a visitantes sin poder económico, pero que de todos modos representó el gran despegue de la economía del archipiélago.

Ese soñador que fue capaz de subirlos a todos en ese avión y que con ellos hizo también su primer vuelo, se llamaba Belisario Marín Montes, a quien se lo llevó la pandemia el pasado 26 de junio, convertido en un símbolo de lo que es el emprendimiento cuando se tiene mucha imaginación, ganas de hacer las cosas bien, espíritu de servicio y ánimo de construir cosas grandes. Nunca le pidió nada a nadie. Nunca reclamó porque lo estuvieran desconociendo. Nunca  se rebeló en contra de su estatus. Siempre fue orgullosamente humilde y dentro de esa humildad  hizo empresa, dándole trabajo en forma directa a  más de cien personas en sus establecimientos de comercio. Sus experiencias están contados en dos libros, hechos de anécdotas: “Así triunfé: con sentido común” y “Un sueño para la paz”, en la que siempre confió como producto del esfuerzo de los humanos para vivir mejor.

Belisario Marín Montes salió de su natal Caicedonia a la edad de 30 años, cuando la palanca política que le ayudó con recomendaciones, a trabajar durante 9 años en el Ministerio de Agricultura, en la Presidencia de Carlos Lleras Restrepo y el Ministerio de Mario Suárez Melo, en donde se desempeñó como promotor campesino, en condición de lo que conoció todo el territorio nacional, viajando por carreteras, caminos, trochas y ríos y llenándose la memoria de paisajes, de aves, de colores, de cantos, de comidas, de gentes. Y desde esos recorridos de funcionario público, en lo que se sentía cómodo, pensó que había mucho por hacer, pero que mientras tuviera la estabilidad de un salario, no iba a correr riesgos en aventuras, pues eso no era lo que le habían enseñado en casa. Y el cargo se acabó. Y en Caicedonia no tenía nada más que hacer. Era necesario que se fuera a una ciudad, donde buscar horizontes. Siempre pensó que mientras no tuviera una estabilidad económica propia, no tendría un hogar constituido con una mujer que lo amara y a quien amar. Se casó ya bien maduro y no tuvo hijos, pero sus sobrinos, a quienes quiso como tales, fueron su apoyo, su mano derecha y con ellos  construyó esa empresa de soñadores que se llama Promotora de Turismo de Santiago de Cali, cuyas primeras oficinas fueron en un edificio en el marco de la Plaza de Cayzedo, donde comenzó su sueño, en un segundo piso, con unos ventanales inmensos, llenos de avisos de viajes y excursiones, incluyendo los precios para hacer más atractiva la visita a la agencia.

No se crea que fue fácil la creación de la agencia. Con algunas pocas y de pronto muchas, mentiras piadosas, logró que la Corporación Nacional de Turismo le diera una licencia provisional de agente de viajes, con lo que legalizó  su calidad de vendedor de paquetes turísticos, habiendo comenzando con los seis que le dieron como retribución a la venta de 40 con quienes hizo su primer viaje en avión en el año de 1979. Y obtuvo esa licencia y con su austeridad en el gasto, su economía de costos reducida, sus cuentas elementales, fue forjando un capital que tuvo el gran impulso, cuando el 19 de diciembre de ese mismo año el América, el equipo de sus emociones de siempre, quedó campeón del torneo profesional de fútbol colombiano por primera vez. Su alegría fue inmensa, pero de una vez comenzó a imaginar que hacer con esa desbordante satisfacción y habló con Pepino Sangiovanni, Presidente del conjunto y con su Director Técnico, el médico Gabriel Ochoa Uribe, para que lo autorizaran a organizar una pre-temporada, a comienzos  de 1980 en la Isla de San Andrés. Obtenida la autorización consiguió con SAM, que le regalaran 20 tiquetes para el equipo. Vendió muchos cupos para hinchas acompañantes y ahí estaba su utilidad. Pero había que ir más allá y se ideó la forma de organizar un partido de exhibición del América contra la Selección de San Andrés, en el estadio local, con entrada a $300 y con ese recaudo financió el alojamiento y los alimentos y bebidas de la plantilla profesional.  Ese fue el gran despegue de la agencia. Llenó un avión y le dio la inmensa alegría a los hinchas de la Isla, a la vez que un premio de celebración a los campeones.

De ahí en adelante todo se hizo más fácil. Lo conocían. Fue creciendo vendiéndole turismo a quienes sólo podían pagar a crédito. Y la empresa se hizo grande, con empleados todos de la familia, inicialmente, hasta cuando el tamaño fue de tal naturaleza, que  en la inauguración  de su agencia en el sur de la ciudad,  hubo necesidad de cerrar una calle arteria, pues asistieron dos mil personas, todos ellos clientes de la agencia, que luego de comprar una vez, seguían comprando y terminaban siendo amigos de Belisario.

Llevó miles de colombianos a Mundiales de Fútbol. Llevó cualquier cantidad de gente de la tercera edad a conocer Tierra Santa. No escatimó para organizar excursiones infantiles al mundo de fantasía que a ellos les encanta. Fue el hacedor de realidad de muchos sueños de viaje. Sin necesidad de ser ricos. En la Pandemia, ante la imposibilidad de llevar turista a otros lados, se dedicó a traer turistas al Valle del Cauca. Llegó a ser un verdadero experto en cuestiones turísticas y no sólo vendía, sino que se convirtió en el productor de sus propios paquetes, contando con varios hoteles de su propiedad en lugares turísticos. Todas las excursiones  que organizó y vendió las acompañó personalmente. Conocía el mundo entero y en muchas partes de este lo conocían por su gorra blanca de marinero, que adoptó como un emblema personal hace muchos años. Muchos se burlaron de sus ideas, de sus locuras, de su parla abundante, pero todos terminaron respetándolo como un gran empresario, que cuando se vio sin empleo no se dedicó a lamentarse o a romperle los bienes a los otros, sino a idear construcciones  en su favor y de los demás. Fue solidario con muchas causas, pues el bombero voluntario nunca desapareció de su mente, ni el miembro del Club de Leones. Tenía su propio programa de Televisión en Telepacífico, los domingos,  con bellos videos ilustrativos de los lugares a donde llevaba a sus clientes.

Estando ambos  en la Junta Directiva seccional de ANATO, la asociación nacional de agencias de viajes y turismo, al término de una reunión ordinaria, nos interrogó si disponíamos de transporte para llegar a la oficina, ante la negativa, nos dijo que se ofrecía a llevarnos. Al llegar al parqueadero había un .lujoso auto nuevo, de color azul oscuro. Nos subimos, él como conductor. Al arrancar le dijimos

  • Hola Belisario, debes hacer polarizar los vidrios del carro, por seguridad.
  • Como se le ocurre, mijito, la primera vez que tengo carro nuevo y me voy a esconder. No, mi plata la he conseguido trabajando y no tengo motivo para esconderme. A mi me quiere todo el mundo.

Cuando ha dejado el mundo en esta Pandemia, se pudo comprobar que efectivamente son millones las personas que viajaron con él y lo siguen queriendo como el gran soñador que hizo posibles muchos sueños ajenos.