Imborrable
Siempre vivió pensando que una vez se le acabara la vida, pasaría a ser un olvido. Por eso no es de extrañar que llevara consigo en el bolsillo interior de su saco, en un pequeño papel, la copia del poema del maestro Jorge Luis Borges “Aquí hoy”, cuyo primer verso está referido a ese destino común que tienen los seres humanos cuando no son capaces de trascender la existencia que han logrado edificar y por tanto su presencia no pasa de más allá de la constancia física de donde se encuentran o se pueden encontrar. Es que no todos los seres humanos trascienden. Sólo aquellos que se ocuparon de construir una obra que de alguna manera influya en lo social, para que ella sea la encargada de la edificación de la memoria con capacidad de permanecer aún en los tiempos de ausencia, que al contrario de los de presencia, se convierten en infinitos y nadie puede determinar su duración. Pensar que se es finito y que una vez se agoten las funciones vitales se llega al olvido, no es ausencia de aprecio por si mismo, es apenas la aceptación de lo que somos. Los que no se convierten en olvido son unos pocos, para ser más concretos: aquellos que pasan a la historia. En esta solamente están o figuran quienes hicieron algo que trascendió, por bueno o por malo. No es la bondad lo que se toma en cuenta para entender esa trascendencia, sino esa influencia cierta que se genera en lo colectivo.
Los poetas escriben sus versos conforme a las emociones y los sentimientos que los embargan en determinados momentos. Incluso aquellos poetas que lucen fríos, cerebrales, inteligentes, como es el caso de Borges, pero de todos modos cuando se sientan en el ejercicio de lo que se denomina inspiración y que más de uno rechaza por lo de improvisado que esa figura puede aparecer, y dejan en palabras lo que están pensando y lo que les genera como emociones, hacen conocer sensaciones que en la medida en que son asimiladas por los lectores, se van convirtiendo en expresiones comunes a todos, hasta pasar a hacer parte de lo colectivo. Los grandes versos, los mejores poemas en todos los idiomas, se convierten en lenguaje universal que permanece a través del paso de los años. Ese poema del maestro argentino es uno de sus más conocidos entre la gente no especializada en su lectura, que a veces presenta ciertos niveles de dificultad por el constante lenguaje onírico a que recurre y que le hace posible sus maravillosas fantasías, al punto de hacerlo uno de los más grandes autores del idioma español en todos los tiempos.
La hoja de papel en que estaba escrito el poema de Borges, un poco ajada, con las huellas de su guardián, fue encontrada en la morgue cuando su único hijo hombre fue hasta allí por segunda vez, ahora no por curiosidad infantil, como cuando lo hizo de la mano de su padre, con la negativa impresión de pedirle que no lo volviera a llevar nunca más, ya en la necesidad de ver personalmente a su progenitor sobre una fría camilla de metal, cubierto el cuerpo con una rústica sábana blanca. El médico legista observa en respetuoso silencio la presencia calmada de ese muchacho alto, desgarbado, de pelo crespo, quien mira el rostro de quien fue su padre, durante muy breve tiempo, regresa la tela blanca para que de nuevo lo cubra y se dispone a salir de ese recinto, ahora si con la decidida voluntad de nunca más visitar un lugar como ese. Al salir, en una silla se encuentra un conjunto de ropa doblada, sin lavar, con las manchas de sangre impregnadas, le dice que esa era la ropa que vestía su padre al momento de ser asesinado y que puede disponer de ella. El muchacho toma la ropa, la contempla, la acaricia, la huele, se la lleva al rostro. Mira en el interior del saco y se encuentra con el papel doblado en que consta la copia del poema borgiano. No era un papel desconocido para él. Ya en vida lo había apreciado e incluso había escuchado la lectura del soneto completo en la voz de su progenitor, quien lo leía con pausa, con gusto, tratando de transmitir todo el sentimiento contenido en el mismo, sin pretensiones de declamador. Guardó el papel, por cariño, por apego, por amor indefinido que siempre tuvo por ese ser humano que lo guió por los caminos de la libertad, solamente con las limitaciones que deben dar la honradez y el respeto. Eran los únicos linderos que le enseñaba.
Una buena cantidad de años después, ese mismo muchacho, quien desde siempre supo que iba a ser en la vida, contando, por demás, con la plena aprobación e incluso y admiración de ese padre amado, se sentó a pensar en que le estaba debiendo a la literatura la historia de un ser excepcional y con el que había comenzando a construir la existencia, lo que venía trabajando mentalmente desde siempre, aunque sin imaginar nunca el final que tuvo la historia y que ahora lo condicionaba a contarla como una tragedia, para cerrar lo que siempre fue la historia de lo que debe ser la convivencia, la vida en familia, el ejercicio profesional, las vocaciones ciertas, la honestidad consigo mismo y con los demás.
Para el año 2005 esa historia que su autor consideró sería el cumplimiento de un deber sentimental, pero que no pasaría de ser una más de sus obras, se convirtió en libro que no tuvo dificultad alguna en la escogencia de su título -lo que siempre genera muchos niveles de dificultad-, pues bastó con recordar la voz de su padre y releer el primer verso del poema de Borges, para saber que esa novela testimonial se llamaría “El olvido que seremos”, que editorial Alfaguara publicó en primera edición en noviembre de 2005, debiendo ordenar cuatro reimpresiones con más de 200.000 ejemplares antes de finalizar ese año calendario. De ahí en adelante esas reediciones han sido incontables, sin tener de presente las que se han hecho en las traducciones a más de 30 idiomas, pues muy a pesar del pobre cálculo de su autor, se convirtió en una de las obras más importantes del idioma español en los primeros calendarios del siglo XXI. Es un libro de muy fácil lectura, que no utiliza el lenguaje efectista de los sentimientos del lector, pero si va contando toda la existencia de una familia antioqueña, que gira alrededor de un padre que luce protector, pero nunca limitante. Ni su autor, Héctor Abad Faciolince, imaginó nunca que esa sería su obra más importante hasta ahora, a los 63 años de edad, a pesar de que sus otros libros revisten calidades ciertas desde el punto de vista literario. Pero “El Olvido que seremos “ se ha convertido en su insignia, no por el propósito de su creador, sino por la acogida de los lectores en todo el mundo.
Cuando una obra literaria logra que el lector sea capaz de representarse a sus protagonistas, es cuando estos adquieren las formas propias de lo que se vuelve eterno. Los de esta novela no son ficticios. Son ciertos. Todos existieron y tuvieron nombres propios y el autor se movió en sus tiempos y en sus espacios, por lo que la realidad es de muy fácil reproducción. No es necesario imaginar a ninguno. Todos tuvieron o tienen cuerpo y emociones y de ellos existen los testimonios gráficos que los dejaron plasmados en recuerdos de familia o institucionales. Si el personaje es ficticio, la construcción de la imagen es completa. Si es real, basta con la simple reproducción. Pero si esos renglones se querían plasmar en imágenes, ahí la dificultad consistía en la consecución de los actores y actrices con las calidades físicas y de interpretación que lograran adecuarse a esa realidad. Ese fue el primer tropiezo que tuvo la idea de llevar a una película “El Olvido que seremos”, bajo la dirección del español Fernando Trueba, con la producción del colombiano Dago García, que se ha convertido en un productor confiable, luego de superar sus filmes de comedia tonta -que las sigue haciendo-, para abordar el cine de verdad, ese que es capaz de contar cosas.
En el mes de junio, cuando se comenzaron si no a superar, por lo menos a administrar, las enormes dificultades que ha causado la pandemia a nivel mundial, sin que Colombia sea la excepción, se estrenó en las salas de cine de las principales cadenas de distribución “El Olvido que seremos”, protagonizada por Javier Camara, por ser la persona que según Héctor Abad Faciolince, más se parece en lo físico y en lo personal a su padre y porque Fernando Trueba hizo muchos castings con actores colombianos, de los que se formó la mejor impresión, dada la gran calidad que ofrece la actuación colombiana, llegando a la conclusión de que era Camara o era Camara. Era cuestión de que el protagonista, español hasta el fondo, aprendieron el acento paisa de un español que se habla a manera de canción constante y que estuviera acompañado de un elenco nacional, en que figuraron Juan Pablo Urrego, Patricia Tamayo, Gustavo Angarita y otros famosos del cine y la televisión del país. El resultado no puede ser mejor. Una película que no deja perder la atención ni un solo momento, a pesar de que quienes sean lectores habituales de diarios o revistas, conocen muy bien los hechos en los que se inspiraron tanto el libro como el filme.
Es una película afectiva, emocional, que en más de uno provoca unas tantas lágrimas – de la misma manera que lo consigue la novela-, que se va desarrollando en diferentes atmósferas, con un guión magistral, supervisado directamente por Abad Faciolince, una excelente fotografía, un exquisito sonido, una ambientación muy adecuada, una banda sonora de gran impacto y de pleno acompañamiento emocional de lo que se va contando, como se va contando y para que se cuenta.
Fernando Trueba, cuyo nombre de nacimiento es Fernando Rodríguez Trueba, es un experimentado cineasta ibérico, nacido en Madrid en 1956, quien tiene en su haber un Premio Oscar a la mejor película en lengua no inglesa en 1993, con “Belle epoque”, es decir con los títulos de ser un gran conductor de cine, que nunca trabaja en temas baladíes y mucho menos se introduce en la simple comercialización de proyecciones de entretenimiento. Lo tiene claro: el cine es diversión, pero debe tener un mensaje que ponga a pesar al espectador, no que vaya a pasar un poco más de dos horas sentado en una sala de cine, en la oscuridad y con los sonidos modernos de la tecnología actual de proyección, y luego se olvide de todo. Desde cuando leyó la novela tuvo la idea de llevarla al cine. No fue fácil. Para un escritor no es simple autorizar que sus obras sean traducidas a imágenes, independiente que sus creaciones no correspondan a la ficción, como en el caso, sino por la distorsión que la idea literaria pueda sufrir.
Después de muchos años se lograron poner de acuerdo autor, director y productor, y con todas las dificultades que se dieron en ese extraño 2020, en que los gobernantes se pensaron loa guardianes de la vida, sin entender que el guardián de cada vida es el mismo que la vive, que debe tener la responsabilidad de vivir conforme a las circunstancias temporales que se vivan, dieron inicio a la producción de la cinta, que desde un comienzo se negaron a distribuir a través de las plataformas tecnológicas, que pensaron llegado el momento de sustituir el placer de ver cine en las salas hechas con ese fin. Y prefirieron esperar, por lo menos en el continente americano, a que se diera la reapertura, así fuera gradual, como ocurre ahora, pero que los verdaderos aficionados al cine la pudiesen apreciar con las condiciones y características con que fue hecha, no con las limitaciones que entrega una pantalla de TV, por grande que esta sea. El ambiente de las salas de cine, para quienes gustamos del denominado séptimo arte, posee un extraño encanto que no nos lo reemplaza nada. Volver a cine como se ha visto desde siempre, es un placer inmenso. La soledad, la oscuridad y los efectos tecnológicos que ahora se ofrecen y si el regreso lo hacemos con el gran gusto de ver una película como la de Trueba, es una experiencia que se guarda en la memoria de los hechos placenteros, en medio de esa creación, construcción y consolidación de miedos que ahora se vive.
La película maneja, fuera de las diferentes situaciones narrativas, todas ellas muy sólidas y consistentes, dos atmósferas visuales contundentes conforme a los espacios y los tiempos del relato, según se trate de relación en que se da cuenta de la vida seria, ordenada, pulcra, honesta, inteligente, conductora social de un médico que desde el mismo momento de su graduación entendió que ser un curador de dolencias es tanto como perder el tiempo y por eso se especializa en salubridad pública y se vinculó como docente durante toda su vida a la Universidad de Antioquia, donde, como lo dijo en el homenaje de reconocimiento que le hicieron cuando lo jubilaron por anticipado, y sin consultárselo, al considerarlo una negativa influencia para las juventudes, por sus ideas y prédicas -que nunca fueron de izquierda, ni de ideología alguna-, en las que hacía énfasis en la higiene en todo sentido, no fue mucho lo que ciertamente enseñó, pero si procuró que en todas sus clases se intentara pensar, que consideraba lo necesario para que cada ser humano llegara a adquirir su propia identidad, lo que se hace con imágenes a pleno color o de cuando se enseñe ese ambiente oscuro, persecutor, dado a la condena social, del Medellín de la segunda mitad del siglo XX, como el caso del asesinato del protagonista, en calles céntricas, a la vista de muchas personas, lo que se hace saber mediante el uso de imágenes en blanco y negro, que profundizan esos ambientes negativos que se quieren transmitir.
Tanto la novela, como la película, dan cuenta de la vida del médico salubrista Héctor Abada Gómez, el primero en hablar de la necesidad de considerar la salud como un problema social de higiene, protección y seguridad, antes que de formulación de costosos medicamentos que buscan el enriquecimiento constante de la criminal industria farmacéutica, sin tomar en cuenta que si los seres humanos se cuidan a ellos mismos con prevenciones de aseo constante, van a tener un nivel de vida mucho más saludable que ingiriendo medicamentos caros, a los que la mayoría de los colombianos ni siquiera tienen acceso. Es ver en la pantalla la vida de un hombre que luchó decentemente con el saber puesto al servicio del ser humano, Ni siquiera fue un luchador o defensor de los derechos humanos, como consideraron quienes lo mandaron a eliminar por portador de ideas de izquierda, que nunca profesó, sino un gran defensor de los derechos básicos de los humanos, como el agua, el jabón, el aseo, la falta de basuras, el buen comportamiento consigo mismo, el cuidado en como se vive, que se come, las relaciones adecuadas con el medio ambiente. La salud mental a través de la convivencia pacífica, el respeto, la tolerancia entre los seres sociales, pues de la mente sana, aparece el clima social sano. Lo mataron dizque por revolucionario, pues entendieron que defender la salud de todos con el cuidado de cada quien, era ser comunista. Nunca se supo quien dispuso de su vida. Hubo y hay las famosas investigaciones exhaustivas, cuyos resultados jamás serán conocidos, seguramente por lo profundas que son, tanto, que no se les ve el fondo, o sea el resultado.
Héctor Abad Gómez, de los hombres admirables que ha dado este país, nunca podrá ser objeto del olvido al que siempre creyó estar cometido, como en el poema de Borges, porque fue un visionario en salud pública, lo que ahora se practica por decreto -lavarse las manos y usar jabón y agua en abundancia- en defensa de la vida. Lo supo ver y al trabajar en el extranjero llegó con la idea de una campaña masiva de vacunación contra la polio, que impulsó y en silencio, privadamente, la probó primero que todo en su pequeño hijo, en la seguridad de que no se trataba de un mal, sino de una necesidad. Su vida es, precisamente, para no olvidar.