Amores
El amor no es un deber, ni propio, ni ajeno. El amor es la oportunidad afectiva que cada ser humano se da en el momento preciso y cuando se convierta en una necesidad elemental que de alguna manera le ayuda a llevar la vida o sencillamente a ser como quiere ser. El amor como deber no pasa de ser una arbitrariedad. Y esto se puede decir en los tiempos actuales, cuando el ser ha ganado en autonomía y ejercicio de su libertad en todos los sentidos. La voluntad individual prima en los actos de cada quien. Muy especialmente en aquellas circunstancias de creación y consolidación de los afectos que solamente se someten a esas condiciones emocionales de que está dotado cada uno. Hablar de esto hoy día es tan sencillo como que hace parte de una forma social de común ocurrencia. Pero cuando se echa la mirada atrás en el tiempo, las cosas no lucen de la misma manera, porque hasta bien entrado el siglo XX los padres se pensaban, y estaban convencidos, que el ejercicio de la voluntad de sus hijos les correspondía y por tanto hasta que ellos hicieran su vida independiente, tomaban las decisiones según sus pensamientos, creencias, afectos, necesidades y conveniencias. Las personas no se enamoraban con la autonomía que se hace hoy día. Los jóvenes eran llevados por ese camino del afecto, conforme a lo que sus progenitores dispusieran. No formaban familia según su querer, sino el de quienes mandaban sobre ellos, entendido el verbo mandar en el más estricto sentido. Las personas no se casaban por el enamoramiento que generaba la falta constante de esa otra persona al lado, sino que apenas se limitaban a acatar lo que dispusieran para su futuro. Era el deber. El amor podría -o no podría- llegar más adelante, pero se cumplía con la regla social acatando lo que se había predeterminado para ellos y el silencio era la respuesta más respetuosa a esas imposiciones.
Ella fue al convento de clausura porque así lo determinó su madre, una viuda con títulos nobiliarios, de esos que subsisten en algunos países del mundo, con ciertos tintes de ridiculez en medio del ejercicio de la igualdad social, quien pensó que la mejor manera de servir al mundo era entregando a su hija al servicio de las creencias. Fueron varios años en medio del encierro de rezos y cánticos hacia un mismo objetivo, en los que una mujer joven, muy bella, no encontraba posibilidades ciertas de ser ella misma. La sumisión se rompió y la madre debió aceptar la frustración de no poder tener una hija monja y contra su voluntad admitió que ella volviera a estar entre los humanos, siempre y cuando se mantuviera en el ambiente de nobleza y alcurnia que debía corresponderle, por lo que no dudó en llevarla a la vida solitaria y aburrida de una isla en medio del mar, para residir en una hermosa mansión, castillo de abolengos, con servidumbre para atenderla, sin tener contacto con el resto de la sociedad. Mientras la condujo a esa forma aislada de vida, hizo los tratos necesarios con gente de su misma categoría para comprometer a la bella joven en matrimonio con un rico italiano. Este no conocía a la joven. Aceptó la propuesta, que debió de tener algún contenido sustancial de orden económico, con la condición de que solamente daría la respuesta afirmativa definitiva, una vez viera un retrato de esa prometida tan lejana, como que vivía en las costas de la Bretaña francesa.
La mujer acepta la condición, pero en su afán de manipulación de la voluntad de la muchacha, le hace saber que la ha comprometido en matrimonio y que una vez se cumplan algunas condiciones, que no le explicó, se fijará la fecha de la pomposa ceremonia. Conocedora del fuerte temperamento de la prometida, no le hizo conocer lo de la elaboración del retrato, como parte del trato. Ese retrato, para entonces, siglo XVIII, sólo era posible mediante el trabajo de un pintor. Y estaba la dificultad enorme que Heloise no podría saber que la estaban pintando para cumplir la condición. Por tanto se trataba de conseguir a un gran retratista con la enorme capacidad de hacer ese retrato sin que ella debiera posar. Se trataba de una obra realista y en este estilo, antes que nada, hay que copiar lo que se ve. El artista debe tener al frente aquello que debe llevar al lienzo.
Es contratado un maestro de pintura, quien es llevado a través del mar hasta el castillo de residencia, haciéndole saber que va a conocer a la joven, que podrá hablar con ella e irla conociendo poco a poco hasta grabarse en su memoria toda la fisonomía, los gestos, la mirada, el temperamento de la joven para irlo llevando al óleo. Cuando el plazo que le dan al pintor para elaborar el encargo, la contratante observa el proyecto final. Se trata de un retrato en que su hija se parece a lo que es, pero no es. No logra la fuerza de su carácter, no tiene los gestos propios, es identificable, pero no corresponde a la realidad de lo que es, y se trata de que el prometido conozca, como si fuese en persona, a la novia. Ese retrato se parecía, pero no era exactamente lo que la joven proyectaba como imagen. La progenitora no lo duda ni un momento y decidió que el pintor a quien le había hecho la encomienda, no era la persona indicada. Le pagó todos los honorarios pactados y lo despidió sin fórmula alguna de corrección o arreglo. Sencillamente no le servía.
Debe buscar nuevamente a alguien con capacidad de hacerlo. Contrata una joven maestra de arte, tan joven como su hija, de quien conoce muestras y considera que es la persona indicada. La contrata para la elaboración de un retrato. La lleva a la isla en medio de un mar picado y con unos barqueros que tratan de cumplir con las exigencias de tiempo a que se han comprometido con la exigente condesa. En medio del viaje, caen al mar algunos materiales de trabajo de la pintora. Mira a sus barqueros y ninguno de ellos le presta ayuda, por lo que se tira al agua, nada y rescata sus cosas. Empapada regresa a la barca y el viaje culmina cuando llegan a una tierra bella, encantadora, casi como el paraíso de los que sueñan con ese concepto que alguien en la ficción se imaginó como el sitio ideal para vivir.
Cuando logra secar sus ropas y ponerse nuevamente presentable, entra en diálogo con la contratante, quien de entrada le advierte lo que acaba de suceder con el pintor anterior, quien no fue capaz de satisfacer la solicitud en los términos dichos. La pintora pide que se le precisen esos términos y es cuando se entera que se trata de elaborar un retrato, pero sin que la retratada pose en momento alguno. La va a conocer, va a saber de ella, hablará con ella, pero no va como pintora, por lo que los tiempos con que contará para realizar su obra, serán aquellos que le queden libres de ir con la joven de un lado para otro, especialmente a la orilla del mar, donde las contemplaciones constituyen el mayor placer de los residentes del lugar. La observará, sabrá de ella lo que esta le vaya contando y con base en eso hará el cuadro.
Al conocerse se juntan dos bellezas femeninas que de una vez se convierten en admiración de quien las observa. Dos tipos de belleza muy diferentes, pero cual de las dos es más linda. Comienza al trabajo de acompañamiento, que para la artista en un inicio es algo aburrido porque ella, que es pintora de escuela, con estudios profundos de anatomía, dibujo, fisonomía, expresión corporal y todo aquello que debe saber un retratista, tiene interés en ser creadora de arte, no dama de compañía de nadie. En la medida de los diálogos, hermosos y profundos, va conociendo a su objeto de pintura y comienza a trabajar con la ayuda de la mucama que atiende las labores de servicio de la joven, en lo que corresponde con la escogencia del vestido que habrá de lucir la retratada, dejando para el final el bosquejo y elaboración de los rasgos humanos de la bella novia, quien de entrada le hace saber que su madre la ha comprometido en matrimonio, pero que ella no se quiere casar, con alguien a quien no conoce y de quien, por supuesto, no está enamorada. Simple y llanamente no se quiere casar. Mariann, la pintora, guarda el secreto de lo que ciertamente ha llegado a hacer y permite que Heloise piense, al comienzo, que se trata de una compañía que su madre le ha asignado para sobrellevar la soledad de la isla.
Los constantes paseos por la playa y el intercambio de palabras que van conduciendo a la generación de afectos entre ellas, van permitiendo que las dos mujeres se acepten y se necesiten mutuamente. Sin estridencias, sin escenas atrevidas, sin planteamientos agresivos en como llegar al amor. Sin que ninguna de las dos se lo proponga, sus ojos se encuentran, sus rostros se acercan y el beso llega como una necesidad que la una tiene de la otra, en un momento en que se percibe que la historia ha cambiado de rumbo y que esas dos vidas no volverán a ser las mismas. Las constantes ausencias de la madre para ir en sus asuntos de rica y mantener el contacto con sus pares, hace que esa soledad se convierta en el gran aliado de dos mujeres que se llegan a amar profundamente y en medio de la necesaria sinceridad de quien ama al otro, se sabe todo el asunto, por lo que Heloise, motu proprio, un día decide que va a posar para Mariann y de esa manera facilitarle su trabajo. El cuadro queda perfecto. La obra apenas carece de unos últimos pincelazos de exigencias de luz y de caracterización del personaje, por lo que llega lo que las dos temen: la despedida, en medio del secreto de su amor, del que apenas ellas dos saben, como que para ese momento era criminal que algo así pudiese llegar a suceder. Hace tan poco tiempo la homosexualidad dejó de ser perseguida, condenada, vilipendiada. Casi tres siglos atrás, en ese ambiente de nobles que se pensaban impolutos, bien fácil es de imaginar que hubiese podido ocurrir. Lo menos era el suplicio de la hoguera, para al menos salvar sus almas. El retrato habla. Es perfecto. La pintora es regresada a tierra y atrás queda esa historia que apenas se inicia con las disposiciones de la mujer que determina lo que ha de ser el futuro de su hija.
Durante dos horas, en el placer que genera el cine en las salas hechas para eso, con todos los efectos que permiten esa ambientación que hace sentir lo que se muestra en las imágenes como real, va transcurriendo la película “Retrato de una mujer en llamas”, ganadora del premio al mejor guión en el Festival de Cannes y que al intentar calificar no cabe adjetivación diferente a decir que se trata de una obra maestra, pero en especial una obra de arte. Si alguna vez, a alguien se le ocurrió calificar el cine como el séptimo arte, se debe poner de presente que esta filmación corresponde a una obra de arte gráfico.
Lo primero que impresiona es el sonido ambiental, de un realismo casi atropellador. Todo se percibe. Es posible cerrar los ojos, dejar de ver que sucede en la escena y se sabe con la apreciación de sonidos y ruidos que es lo que está pasando al frente. Exquisito sonido. Un trabajo delicado, minucioso, pulcro. Y además con una banda sonora que es casi un lenguaje adicional a lo que sucede en el desarrollo de los hechos. Una música que no puede estar mejor acompasada con lo que se quiere contar. Y con una canción central de identificación de la película absolutamente sensacional. Para quienes gustan de la música, con intervenciones corales, casi que podría decirse que vale la pena ir al cine para escuchar esa canción.
La fotografía es sensacional. Unos enfoques extraordinarios, aprovechando al máximo el paisaje de los lugares donde fue filmada en el año 2019, antes de que llegaran todas las restricciones sanitarias imperantes para la época en que el miedo se hizo universal. Hay escenas que parecen grandes cuadros realistas -como el propósito de la artista-, que el espectador se quisiera quedar mirando por siempre. Unas tomas de miradas, de rostros femeninos, de expresiones corporales de una naturalidad que transmite hasta el ultimo de los sentimientos. Una obra de arte hecha con el amor de quien se compromete a que su creación tenga la capacidad de transmitir todo lo que lleva por dentro quien dirige.
La película dirigida por la francesa Celinne Sciamma es una de las grandes sorpresas que las salas de cine en su reapertura al público, con las limitaciones que se conocen, le ha dado a quienes tenemos ese gusto irredento de ir a verla en el ambiente para el que se ha trabajado en esta expresión cultural de tantos años. De pronto no es una cinta como para verla con la misma calidad en plataformas, en las que aún no la ofrecen, porque perdería todo el encanto que es posible captar en medio de la calidad de las imágenes que se dan en la gran pantalla.
Cellinne Sciamma, nacida en Pontoise, Francia, el 12 de noviembre de 1978, es una cinematografista formada en grandes escuelas europeas, en las que pudo hacer todo el recorrido de quien no llega a la dirección de largometrajes como cuestión accidental, sino como culminación de un camino que ha ido construyendo poco a poco, en lo que es válido y necesario ese recorrido por los corto metrajes, en los que los cineastas dan rienda suelta a su creatividad. Esta es su cuarta película, en obra que se ha destacado por el perfeccionismo en lo que hace y la sutileza del lenguaje cinematográfico, capaz de decirlo todo sin ofender absolutamente a nadie.
Ella, también, es la directora de los siguientes filmes:
2007: Naissance des pieuvres
2011: Tomboy
2014: Bande de filles
2020: Retrato de una mujer en llamas.
A lo que debe sumarse su destacado cortometraje, premiado en varios festivales, Pauline, de 2009.
Sciamma no oculta su preferencia por las películas que se ocupan de temas femeninos desde el respeto y la puesta en escena de las condiciones de género, como que se sabe públicamente de su condición de homosexual. Para esta cinta cuenta con el respaldo extraordinario de dos grandes actrices: Noemi Merlant, quien encarna a Mariann, la pintora y Adele Haenel, quien le da vida a la hermosa novia comprometida con ausencia de su voluntad. Y es que Sciamma conoce muy bien el tema de tendencia de género, como que esta ultima ha trabajado con ella en varios filmes y fue su pareja sentimental entre los años 2014 y 2018.
La temática de la cinta no es fácil de tratar. Se presta mucho a la simple caricatura, a la vulgaridad, a la grosería, a la falta de respeto con el público, pero cuando se hace con la maestría de artista verdadera, como lo es la francesa, el espectador sale al final de la obra, con el gusto de haber presenciado un bello romance en medio de los más exquisitos gustos por el arte, que es la razón de ser de lo que los seres humanos crean a diario. Una película inolvidable que genera el gusto de estar dos horas ante una pantalla viviendo sentimientos que se llegan a compartir. Una obra de arte en medio de un fabuloso concierto musical. Un gran gusto para los sentidos.