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De tiempo atrás su negocio comenzó una etapa de declive que en un comienzo no le llamó mucho la atención. Pero eso se fue agudizando. Desde hace muchos años ha vivido de vender periódicos, revistas y folletos de crucigramas y juegos de palabras, primero en la calle, voceando de un lado para el otro, y luego en un lugar determinado, cuando un diario local la dotó de una pequeña caseta de metal de colores azul y blanco, en la cual guardar los elementos que pueden ser conservados o guardarle al cliente el diario de hoy para que lo lea mañana. Sus necesidades económicas siempre han sido pocas y para sostener a su madre y mantenerse ella, viviendo en casa propia, en un buen barrio de Cali, donde reside desde hace tanto tiempo que ya no tiene memoria de ello. Allí compró cuando el sector era barato. Hoy no lo podría hacer, porque se ha convertido en una zona con mucho movimiento comercial, con construcciones sino de lujo, por lo menos de buen tamaño y materiales de calidad, por lo que su estratificación se mueve entre 3, 4 y 5. Ella no está muy satisfecha con eso, porque “uno que va a ser estrato 4, si apenas gana para comer y pagar esos servicios públicos domiciliarios que son para ricos”. No tiene para donde irse y no le interesa, porque todo le queda cerca, especialmente el lugar de su trabajo y ella ahora es sola, “desde que se me murió la única persona por la cual he luchado, pero los años y las enfermedades se la llevaron hace unos pocos años. Me hace mucha falta, pero hay que seguir viviendo”.
Durante un buen tiempo fue obrera de una empresa, hasta cuando llegó un jefe de personal que tenía entendido que si no gritaba y ordenaba de la peor manera no lo iban a obedecer. Ella lo detectó desde un comienzo, pero en la medida en que las tareas que le correspondían las hacía de la mejor manera, no se metía con su trabajo. Con todos los obreros ese jefe arbitrario era exageradamente severo. En alguna ocasión, ella presenció cuando una compañera fue maltratada de palabra, incluso con expresiones soeces, por alguna falta en lo que esa persona hacía. Se ofendió mucho. A la hora de la salida la esperó y se fue conversando con ella hasta el paradero del bus. Le decía que no se dejara tratar así, que aunque fuera una obrera merecía pleno respeto como cualquier ser humano. Le insinuó que la próxima vez que ese jefe le levantara la voz, le contestara y que no le permitiera más ese tipo de tratamiento. La compañera le dijo que no era capaz de responderle de mala manera al jefe porque no podía poner en riesgo su trabajo y su salario, pues prácticamente de su ingreso dependía el hogar. Le dijo que ella sabía que estaba casada y que su esposo trabajaba. La otra le informó que era cierto lo de estar casada y que su marido trabajara, pero que ganaba menos que ella y además le encantaba el licor y todos los fines de semana se emborrachaba y se gastaba más de la mitad de lo que se ganaba en vagancia. Le dijo que no le permitiera eso, que lo pusiera en su sitio, o que lo dejara, que se separara, pero que ella trabajando duro y él tomándose la plata, no era justo. La compañera le dijo que no se atrevía a separarse porque el único defecto que tenía su esposo era eso del trago, pero que era un hombre muy tierno, de muy buenas maneras, que la trataba muy bien, tanto a ella, como a sus dos pequeños hijos. Le dijo que primero que todo, por encima estaba la responsabilidad de los deberes que asumía un hombre o una mujer cuando se casan. Le pareció que estaba perdiendo el tiempo con consejos a su compañera, pues su nivel de resignación llegaba a unos límites para ella desconocidos. Esos eran problemas de ella, al fin y al cabo el jefe de personal no se había metido con ella y que ojalá nunca lo fuera a hacer porque no le iría muy bien.
Un lunes en la mañana, al levantarse antes de las cuatro de la mañana, para dejar hecho el almuerzo, al saludar a su madre esta se quejó de que tenía fiebre y no se sentía muy bien. Rápidamente se vistieron las dos, llamaron un taxi y se fueron a urgencias de su servicio médico. Allí le aplicaron un antihistamínico inyectable y le controlaron la temperatura. Le recetaron unos medicamentos sencillos y le pidieron que guardara reposo completo. Ese día, por estar atendiendo a su madre, llegó, por primera vez, tarde, media hora, a su trabajo. Se puso su uniforme, marcó la tarjeta en el reloj y se puso a laborar. Luego de la hora del almuerzo, cuando habían hecho la revisión de las tarjetas de ingreso de todo el personal, el jefe de gestión humana la mandó a llamar a su oficina y le llamó la atención, de la peor manera, como si se tratara de una criminal. Ella se quedó mirándolo y le dijo:
- ¿Usted que se ha creído imbécil, que se puede aprovechar de todo el mundo, por la necesidad que tenemos de trabajar.? Conmigo se equivoca, pedazo de güevón.
- Lo que acaba de decir es muy grave y constituye grave ofensa a un superior y le va a costar muy caro.
- Me importa un soberano pepino lo que me vaya a costar. Me tiene sin cuidado, yo de un pedazo de tonto como usted no me dejo humillar, ni faltar al respeto. Es la primera vez que llego tarde al trabajo en más de diez años que llevo aquí. Nunca he tenido inconveniente con nadie. Llegué tarde porque tuve una calamidad doméstica y fue que mi mamá amaneció enferma y tuve que llevarla a urgencias.
- – ¿Y porque no me dijo eso antes?
- Porque usted en lugar de pedir una explicación, comenzó a maltratarme y conmigo se equivoca de punta a punta, pues no soy mujer que se deje de nadie, ni de usted, por más jefe de personal que sea.
- Tráigame la fórmula medica de su madre y el registro de la hora en que la llevó a urgencias y con eso queda explicada su falta de hoy.
- No le voy a traer nada. Me importa un culo lo que piense y quiero que usted y esta empresa se vayan para la mierda, porque ya mismo me quito el uniforme y me voy a mi casa, no trabajo más en un lugar donde una persona como usted creen que son reyes y dueños de los obreros. Se equivoca conmigo, usted no es más que un pobre idiota. No me voy a dejar morir de hambre. Haga con mi puesto lo que le de la gana, que yo me largo ahora mismo.
Desde entonces decidió hacer algo en forma independiente. No volvería a trabajar al servicio de nadie. Al día siguiente la llamó la gerente de la empresa y le dijo que excusara al jefe de personal, que él era una persona dura porque había mucha gente irresponsable que necesitaban que los dirigieran con mano firme, pero que no tenía queja de ella. Que se tomara tres días de descanso y regresara al trabajo. Era una muy buena obrera. Ella le agradeció y le ratificó que no volvería a trabajar, ni en esa empresa, ni en ninguna otra. Que iba a mirar que se ponía a hacer de manera independiente, que definitivamente no le gustaba que nadie la mandara, que le dieran órdenes, y menos cuando se las daban de la peor manera, como el jefe de personal de esa empresa. La gerente le dijo que le presentaba excusas, que regresara y ella se comprometía a que ese jefe de personal se iba de la empresa. No aceptó y nuevamente le agradeció. La jefe le reiteró su gratitud por los servicios prestados y le dijo que las puertas de la empresa quedaban abiertas para cuando ella quisiera regresar. Que le deseaba muy buena suerte y que ojalá alguna vez volviera.
Con los dineros de su liquidación, en la que reconocieron indemnización por despido injusto, compró la casa donde vive hoy y se puso a vender ropa, la que compraba en Medellín. Le vendía a sus amigos, quienes en la medida en que fueron ganando su confianza, le pidieron crédito y poco a poco se fueron atrasando en el pago de las pequeñas cuotas quincenales con las que amortizaban la deuda. Llegó un momento en que hizo cuentas y supo que todo el inventario estaba vendido, pero que apenas el 20% se lo había pagado de contado, que el resto era crédito, cuya amortización cada vez se movía menos, hasta que entendió que se había quebrado en su pequeña iniciativa empresarial. Algo le quedaba de capital y entonces dio el giro hacia la venta de periódicos impresos, revistas y afines. Iba vendiendo por las calles del norte de Cali, era una de las mejores vendedoras de diarios impresos, hasta cuando le propusieron que se estableciera en un punto fijo, para que allí, sin estar yendo de un lado para otro, atendiera las ventas de los periódicos. Y efectivamente le montaron una pequeña caseta metálica en el separador vial de la avenida sexta norte con calle 47, donde está hace muchos años. No le volvió a trabajar a nadie y se convirtió en un exitoso puesto de venta de impresos. Pero de un tiempo para acá comenzó a ver que las ventas iban disminuyendo. Cada vez se vendían menos los diarios impresos. Ella se lo explicó por el alza de los precios, que dejaron de ser tan bajos como siempre lo habían sido, pues las publicaciones aducían altos costos y aumentos del papel periódico, surtido especialmente de las papeleras del Canadá. Pero esa curva descendente en las ventas fue creciendo y creciendo. Ella misma tomó la decisión de pedir menores cantidades cada día. Más cuando los llamados diarios populares y sensacionalistas, la prensa amarilla que han llamado, comenzaron a desaparecer, en una especie de cascada imparable.
A pesar de pedir menores cantidades, ni siquiera éstas se vendían. Cada vez crecían las devoluciones que debía hacer al día siguiente. En alguna ocasión al ver un noticiero de televisión, entendió un poco más de esa caída en la venta de periódicos impresos y era que todos los diarios que sobreviven se habían ido a las ediciones digitales, donde se decía lo mismo y se vendían las suscripciones más baratas y con consulta inmediata en cualquier momento del día. En esa ocasión entendió que la tecnología atentaba directamente contra su negocio.
Y este cambió de tal manera que llegó el momento en que ya no era ella la que determinaba la cantidad de periódicos a distribuir, sino que los mismos medios le establecieron las cantidades que le podían entregar y pasó casi que al diez por ciento de lo que vendía antes. Así era el nuevo negocio y ella se fue acomodando a la nueva realidad.
Hace unos pocos años se murió su madre, por quien ha luchado toda su vida. “Se murió de vieja y de enferma, pero puedo decir con orgullo que nunca le faltó nada, porque yo entregué mi vida a su cuidado. Como fui hija única, era yo la que tenía que responder por ella y respondí, porque ella también me supo dar su vida. Me ha dolido mucho su ausencia y no hay días en que no la recuerde, con cariño, con alegría y de vez en cuando con tristeza cuando se me vienen las lágrimas al ver la soledad tan terrible que me acompaña. Pero eso es la vida”.
Todos los días se levanta a las tres de la mañana. Camina las tres cuadras que hay entre su casa y su puesto de ventas de impresos. Se coloca un saco que la cubra del frío de las madrugadas y llega a su sitio, donde prende la luz de la caseta para indicar a los distribuidores que ya se encuentra disponible. Recibe la cantidad de diarios que cada publicación le asigna como cupo y sin moverse de su lugar, le vende a quienes pasan, especialmente en vehículos automotores, que la llaman desde las ventanillas. A la una de la tarde da por finalizada su jornada y de paso para su cas arrima a un pequeño restaurante, donde consume un modesto almuerzo. Regresa a casa y atiende el aseso y la organización del hogar, donde vive sola, con lo que necesita, sin lujos y sin ambiciones mayores. Se acuesta antes de las siete de la noche, cuando el cansancio la vence.
Desde marzo de 2020 Julieta conoció de nuevas limitaciones a su negocio, que se convirtieron en las de toda la economía, cuando se reconoció a nivel mundial lo de la pandemia del covid 19, que encerró a todo el mundo en sus casas, con lo que se hizo imposible el ejercicio de aquella actividad de la que ha vivido durante tantos años. Ya no se trataba de que la gente compra poco periódico, sino que había el deber legal de quedarse en casa y no poder trabajar, ni siquiera para la subsistencia de personas como ella, que viven del diario. Poco a poco pudo volver a trabajar, para venderle a la poca gente que circulaba, con muchas restricciones y precauciones. La crisis de la pandemia le pegó un golpe casi mortal al negocio de Julieta.
En tiempos difíciles ha vivido de sus pequeños ahorros y tiene un manejo excelente de su economía familiar, por lo que puede decir que no ha aguantado hambre. No tiene familiares cercanos, ni lejanos. Algunos pocos amigos. No es persona de mucha sociabilidad. Pone de presente que nunca se casó por dos razones: porque tenía que cuidar a su madre y porque no le gusta que nadie la joda.
Con la pandemia pensó que ya había llegado al límite de lo peor que le podía pasar. Pero con el paro nacional que se inició el 28 de abril de 2021, conoció un nuevo elemento atentatorio contra su derecho al trabajo, cuando las calles del barrio donde vive fueron bloqueadas de tal manera que nadie podía circular, ni siquiera a pie, como hace ella todos los días en las madrugadas. Cerraron la vida de los vecinos. Un día hizo uso de su carácter y se fue a hablar con quienes estaban cerrando el paso a la gente y les pidió que la dejaran pasar, que iba a trabajar y que si no trabajaba se iba a morir de hambre. Uno de los líderes del lugar le dijo:
- Señora, no puede pasar, estamos en paro nacional y todos tenemos que parar. Si queremos que las cosas cambien, tenemos que parar todos, por eso le pedimos que se vaya para su casa y colabore con nosotros, en lugar de estar pidiendo paso.
- ¿Y que es colaborar con usted?
- Si puede nos trae comidas y bebidas y se queda tranquila en su casa. Hay que colaborar con el paro.
- ¿Y como por que debo colaborar con el paro?
- Señora, porque lo que estamos haciendo es en defensa de todos y por tanto en defensa suya.
- ¿Y ustedes llaman defenderme, no dejarme pasar y no dejarme trabajar?
- Si señora. Esto que hacemos es en defensa suya…
- Yo no necesito que ningún hijueputa me defienda, yo me defiendo sola. Eso no es defensa, es agredir a los más pobres que nos vamos a morir de hambre todos.
A los pocos días abrieron el paso en ese sector y Julieta pudo volver a trabajar. Mira con mucho resentimiento lo que le ha sucedido y dice que cuando una persona depende de si misma para sobrevivir, es suficiente con que la dejen trabajar en paz. Piensa que con. Dificultades como la pandemia, el paro, los bloqueos y el internet la gente va a perder la costumbre de leer diarios impresos y ella se quedará sin saber que hacer cuando los años se le vinieron encima y no ha cotizado lo suficiente como para reclamar una pensión mínima. Como si no tuviera futuro.