7 de junio de 2026

Despedida

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
25 de junio de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
25 de junio de 2021

“Todas las despedidas son inútiles / y a veces hasta tristes”, cantó en uno de sus poemas el gran José Eustasio Rivera, en lo que, como a todos los poetas, que desde las emociones sientan premoniciones, no dejaba de tener razón. Despedirse no es fácil y muchos más si se trata de despedirse así mismo. Las despedidas solamente las pueden contar los que se quedan, quienes no viajan, y los que sobreviven, cuando no son ellos los difuntos. Pero siempre habrá un proceso de despedida, que en el caso de la muerte no es un propósito que nadie se haga de manerra consciente y propositiva, sino que se va dando con el paso de los días y en casos de dolencias mortales, con el avance de las dolencias y las consecuencias negativas que ello trae consigo.

Cuando se trata de despedidas íntimas, solamente pueden ser relatadas por quienes han estado protagonizando la misma. Contar esa despedida, sólo era posible en la voz de quien la hubiera vivido de primera mano. El circulo era bien cerrado, apenas reducido a cuatro voces, que al final se debe limitar a tres, porque el protagonista mayor ya no tiene voz, ni capaciodd de contar, aunque siempre fue el gran contador  de tantas cosas que han hecho más grande la literatura universal. A las tres debe restarse una más, pues  estaba emocionalmente incapacidada para hacerlo, como que no tenía ni la disposición, ni la voluntad, ni mucho menos el deseo de hacerlo, porque ella siempre fue la responsable de mantener la radical división entre lo que era la vida pública de la familia y la privada, en la que no cabía nadie, absolutamente nadie extraño. Quedaban dos voces, cualesquiera de ellas capacitadas y decidiendo en el momento oportuno hacerlo para darlo a conocer, no por ellos mismos, sino porque es una historia que se le debia al mundo entero. Todos tenemos, teníamos y vamos a tener interés  en saber que ocurría en esos días de silencio absoluto, que pasaba en las horas finales, cuando él ya no era él, sino la dependencia de la ciencia, de las atenciones y de todo lo demás.

Fueron años de silencio total, en que el mundo siguió pegado a su voz a través de sus libros, pero en los que poco o nada se sabía de su existencia, como si se hubiera anticipado de manera misteriosa su muerte. Esa vigilante eterna de su vida privada, supo manejar la situación de una figura mundial, para que la gente no conociera de los detalles de incapacidad de quien había sido el más capaz al contar tantas historias. Y mucho menos para dejar saber que el gran memorioso, aquel que contó todo desde las memorias de sus abuelos y de lo que sucedía en ese espacio fantasioso que es el Caribe mismo. Quien siempre recurrió a su memoria, ahora estaba perdiendo la suya. Pero solamente lo sabían los cercanos, los miembros de ese pequeño clan  que tenían derecho a su intimidad, a su vida privada, pues lo público, lo de saberse, lo de obligadamente conocer estaba en su obra, magnifica y que en su ausencia sigue ganando la inmortalidad de los más grandes en la histotria del hombre.

Los dos hijos, a la muerte del padre hablaron sobre la posibilidad de dar cuenta en sus propias palabras de lo sucedido en esos casi diez años de deterioro de esa extraordinaria memoria, de lo que fue consciente y en medio de su gran sentido del humor no dejó de burlarse, pero en su interior profundamente  preocupado, pues de ella siempre se ufanó y la tuvo como la herramienta esencial de su trabajo  como contador de historias que se aferraban a la realidad, pero en la que la ficción creó figuras inmortales que se han vuelto parte de la realidad del mundo, en esa especie de mito especial en que se convierten los personajes de la literatura, que de tanto hablar de ellos, la gente llega a la convicción de que existieron y de que son capaces de identificarlos en donde quiera que los vean.  Juran que los conocen, porque alguna vez, un pintor o muchos pintores, basados en las descripciones literarias, han sido capaces de traducirlos en figuras humanas a las que les dan unos rasgos distintivos y es como que efectivamente hubiesen existido y terminan dandole el significado de históricos, sin serlo.

Rodrigo y Gonzalo pensaron en contar esos renglones ocultos de lo que fueron los últimos años de su padre, pero se detuvieron de inmediato al saber que en presencia de su madre no se podría hacer, porque esa autoridad impuesta desde siempre no se iba a doblegar y tomaría la voluntad de contar esas historias, como una simple oportunidad mercantil, de la que tenían que estar lo más lejos posible, porque de nada carecían y de ahí en delante de nada iban a carecer por los siglos de los siglos de los muchos siglos que se detallaron en esa historias. Mientras ella estuviera viva esa historia no se iba a contar. Seguiría guardada en sus memorias, puliendo detalles y contando lo que debe contarse sin ánimo de escandalizar, de asustar y mucho menos de cobrar notoriedad, que tampoco la necesitaban porque cada uno de ellos ha sabido labrar su destino con las herramientas vitales que les dieron y en honor a unos nombres que deben conservar en sus apellidos como el gran patrimonio de lo que son.

Era una historia que la estaban debiendo. Y estaban en el deber de contarla. Y al pensar en hacerlo se les apareció de cuerpo entero el fantasma de ese monstruo de la narración, que no les iba a perdonar el menor error en como se cuentan las cosas que se dan en la vida y que se deben transmitir a los otros con la suficiencia como para que el mundo quede completo. Los dos pensaron que el compromiso de contarlo no podía ser mayor. Ambos, por separado, imaginaron a su padre, situado en la parte posterior a ellos mismos, vigilando lo que podían ir escribiendo con gestos de aprobación o repropbación. Narrar como él había narrado, un imposible. Intentarlo de esa manera, nunca jamás-. Sólo los genios, que no nacen todos los días, ni mucho menos se dan silvestres, pueden escribir como lo hizo él, el gran tótem de la literatura colombiana y uno de los grandes grandes de la literatura universal de todos los tiempos. Sólo  la historia tendrá capaciodad de dimensionarlo y clasificarlo  en el lugar determinado que le corresponda en el tiempo y en el espacio. Falta mucho para ello. Y no iban a ser sus hijos quienes pudiesen desdibujar esa construcción  de trascendencia que con el paso de los años va creciendo de manera inmensa.

Después de hablarlo muchas veces, nunca discutirlo, decidieron que fuera el hijo mayor, Rodrigo, quien asumiera  esa resposanbilidad  de contar lo que todo el mundo estaba esperando que alguien contara, porque había quedado una especie de vacío en la vida  de la más grande figura de todos los tiempos que ha dado este país de las cosas negativas y de fama macabra en tantas latitudes, por las muchas cosas que a los estúpidos de todos los tiempos se les han ocurrido. Sería Rodrigo quien lo hiciera, de masnera sobria, sin lastimar la memoria de ninguno de los dos padres, pero sin faltar a la veracidad de lo que había sucedido en estos últimos tiempos ,en que la vida seguía aunque en ausencia de la memoria que todo lo nutrió. Ya no estaba el Cocodrilo Sagrado, la Madre Santa, la Jefa Máxima, como indistintamente llamó Gabriel García Márquez  a su esposa, amor de siempre, Mercedes Barcha, quien lo conoció cuando él tenía 17 años y ella 9 en Sucre, Sucre, siendo la hija del boticario del pueblo. Fue un amor desde siempre y hasta siempre. Ella supo ocupar el espacio que tenía en la vida de un genio y fue la férrea protectora de su vida privada, para que la tuviera, porque la fama llegó y lo hizo de manera arrolladora y amenazó con llevarse a toda la familia por delante. Mercedes siempre tuvo conciencia de que ella lo que tenía era una familia, y que de esa familia hacía parte un genio, pero que en casa era su esposo y el padre de sus hijos y ella esa familia la protegería, la mantendría unida y seguiría llevando una vida en la que no metieran las narices los amigos de andar indagando cosas ajenas a la creatividad que hace a los artistas famosos. Supo dividir tajantemente esos dos mundos y fue su gran éxito. Con eso se ganó el respeto del genio y del mundo entero.

En un bello libro, en edición de lujo, con tapas duras, Random House, en mayo de 2021 puso en circulación el libro “Gabo y Mercedes: una despedida”, en la que su hijo mayor Rodrigo García Barcha, nos hace saber en un delicado lenguaje, el más respetuoso de todos, lo que fueron los últimos años  y días de su padre, inicialmente y de su madre, quien dejó la vida seis años despuès de que el Nobel de Literatura de 1982, dejara la existencia de los goces mundanos para pasar a la eternidad de los genios creadores que nunca podrán ser olvidados por sus obras.

García Barcha, en 32 capítulos, en 104 páginas,  todos muy cortos  y de fácil lectura, con un suplemento gráfico de bellas fotos de 18 páginas,  da un repaso de lo que fue esa agonía de la memoria de su padre y la fprtaleza de siempre de su madre, que asistió al proceso de partida de su amor de siempre, con el estoicismo de quien ha vivido plenamente y no se aferra a mitos de ninguna naturaleza, pues en la medida de la presencia de enfermedades mortales no tiene sentido que alguien pretenda aferrarse a oraciones y milagros que no son posibles, que nunca lo han sido. Asumir la realidad cuando se ha cumplido con una vida llena de trabajo, de constancia, de paciencia,. De disciplina y de gloria, es tan sencillo como haber vivido.

El libro va contando poco a poco,  con mucho de angustia, pero sin dramatismo, ni lágrimas, ni lamentos, la pérdida de memoria de su padre, ante ese miserable monstruo  que es el alzeimer que lo fue invadiendo  con la lentitud de lo que se va borrando en el tiempo. Y cuenta como el genio leyó sus propios libros, desconociendo completamente lo que ellos decian, a pesar de haber sido el objeto de su creación. Y se dice bien cuando se habla de haber leído, no releído, su propia obra, pues se trataba de algo completamente nuevo para su conocimiento. Los leía, le parecía que contaba cosas interesantes  y que su autor escribía bien. Al día siguiente volvía a leer el mismo libro, con idéntico asombro ante lo que descubría. Una desmemoria hasta consigo mismo. La desmemoria de la memoria propia.  Y García Barcha lo cuenta con tanta naturalidad que no genera tristeza, sino la satisfacción de poder conocer como fueron esos días finales del mayor escritor en habla hispana de los ultimos siglos.

Es un relato en el que se van desgranando los dìas, las semanas, los meses, los años con el referente de cuanto le puede quedar de vida al hombre inmortal, que ya lo será al instante en que el cuerpo le deje de funcionar. Dejará esta vida  de tiempos limitados, para pasar a la           que no tiene tiempos, porque será  la misma humanidad con su lectura, la que se encargará de mantenerlo en la memoria de todos.

Es un pasar de los días con la angustiosa medida asumida por quien da cuenta de esta bella historia de vida:

“En el vuelo al día siguiente, por un instante no estoy seguro de si estoy viajando a o desde Ciudad de México, tal ha sido el aturdimiento de los últimos días. Una vez en el aeropuerto, mientras camino entre inmigración y retiro de equipaje, le marco a mi hermano.

-Le quedan menos de veinticuatro horas –dice.

Mierda. ¿Cómo pasamos de <<Le quedan solo meses>>, a << Mas bien unas cuantas semanas>>, a <<veinticuatro horas>>? Después de incontables conversaciones con enfermeras, cirujanos, oncólogos, especialistas de pulmón, jefe de residentes y gerontólogos, que evitaron la especulación rigurosamente, la audacia de esta nueva predicción es implacable. El cardiólogo de mi padre se ha esforzado a cada paso por explicar la diferencia entre lo posible y lo probable. Ahora estamos en lo definitivo. La autoridad con la que pueden afirmar que su vida terminara en un día parece increíble, pero por lo visto no tiene mucha matemática. Los riñones están fallando, el potasio en la sangre va en aumento, esto detendrá el corazón. Es el mismo final de cientos de millones de individuos que le precedieron. La vida, con lo antigua que es y por más que se haya vivido, sigue siendo misericordiosamente impredecible. La muerte, cuando ronda así de cerca, rara vez decepciona.

Camino hacia la cinta del equipaje mientras las lágrimas me ruedan por la cara, sintiéndome tan cohibido como una chica de secundaria que midiera un metro noventa centímetros y pesara 109 kilos”. (página 40).

Y ese tiempo se va yendo. Y el final está cada vez más cerca. Para el genio el tiempo ha terminado hace rato, cuando su memoria lo abandonó del todo, porque siempre vivió de ella y siempre la tuvo como la herramienta esencial en la producción de su obra. La figura física, mantenida con respiración mediante el uso de medios mecánicos, en su propia habitación acondicionada como estancia hospitalaria  en su bella casa de la Calle del Fuego, en amplios espacios  que eran de la misma vitalidad de la pareja y de los hijos, en cuya sala principal la presencia permanente de su gran amigo el pintor Alejandro Oibregón, jamás estuvo ausente, porque en lo más alto de la pared principal estaba el autoretrato terminado a tiros, con el que el autor lo había dejado tuerto, a lo Blás de Leso, con el fin de zanjar una dispuesta entre sus hijos que se pelearon por la propiedad de la imagen. En esa misma sala, cuando ya faltaba poco y estaba ausente de los demás, hizo más de una siesta, arropado con una gruesa ruana blanca colombiana, en la placidez de quien abandona la vida, pero en la seguridad de haberla dejado construída en sus libros, que son los que lo mantienen vivo en la memoria de todos, cuando ya han pasado más de siete años desde ese 21 de abril de 2014, cuando el cerebro dejó de funcionar  y abandonó una presencia física que ya no era presencia. El 21 de marzo de 2020 se cerró el ciclo de esa familia formalmente constituída el 21 de marzo de 1958 (¿coincidencia garmarquiana? Es l fecha de muerte de Mercedes en el 2020), cuando elegantemente traejados, contrajeron matrimonio  en Barranquilla.

Nunca le gustó la muerte, por la razón esencial de que no podría relatar la suya. Se lamentó siempre de no ser el narrador de su fallecimiento y de su funeral. No supo que su velación fue el imponente Palacio de Bellas Artes de Ciucdad de México, donde desfilaron miles de personas llevando consigo y arrojando sobre el féretro muchas flores amarillas, su color preferido de siempre y el que se patentiza en tantas de sus obras. El no pudo narrar su muerte, pero si supo de como se narraba la muerte de manera poética y bella:

Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el diamante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no verían florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse.

EL GENERAL EN SU LABERINTO ( citado en el libro en la página 38)

Claro que la narró, porque sus personajes también eran mortales, como su amado coronel Aureliano Buendía, que en la tarde en que le contó a Mercedes, a la hora de la siesta, que siempre hicieron Juntos,  que le acababa de dar muerte en el relato de “Cien años de soledad”, se quedaron en silencio, mirándose, sin una sola palabra, con una profunda tristeza y se quedaron dormidos.