23 de junio de 2026

Raúl Alameda Ospina, un  maestro de tiempo completo

6 de septiembre de 2020
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
6 de septiembre de 2020

 

 

Raúl Alameda Ospina (1925 – 2011) fue secretario perpetuo de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, institución de la que también fue fundador. En 2005 concedió esta entrevista sobre su vida y obra, publicada inicialmente en la Revista “Desarrollo Indoamericano” y luego reproducida en mi libro “Huellas en la Academia” (Amazon, 2018).

Pariente de los Ospina

Alameda es un apellido español. De Asturias, por más señas. Y fue allí de donde partió su abuelo Alcides, quien vivió un tiempo en Venezuela y luego en Colombia, como próspero comerciante. Fue asesinado en un viaje a Maracaibo, hacia comienzos del siglo XIX.

Su otro abuelo, en cambio, era Ospina, proveniente de Guasca (Cundinamarca), de donde también fue oriundo el ex Presidente Mariano Ospina Rodríguez, pariente suyo muy cercano. Pero, a diferencia de “los Ospina”, no era conservador sino liberal, sabrá Dios por qué. Como tal estuvo a punto de ser fusilado en la Guerra de los Mil Días, nada menos.

Y mientras su padre escribía en periódicos, su madre era una prestigiosa poetisa bogotana, cuyos versos aparecían en el periódico El Tiempo y la revista Cromos, acaso porque el ambiente familiar se prestaba para desarrollar una intensa actividad intelectual, donde solía hablarse de historia, literatura y mitología griega.

Su abuela materna, Belén Sandoval, también amaba las bellas letras y en especial a él, su nieto preferido, Raúl Alameda Ospina, Secretario Perpetuo de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas.

Espíritu bolivariano

En el centenario de la muerte de El Libertador, Raúl, que para entonces tenía apenas un lustro encima, recitó en la Quinta de Bolívar un poema de su madre.

“La luz de tus ojos se enciende y se apaga”, decía aquel poema.

Lo sedujeron, pues, los versos. Y lo sedujo, también desde temprana edad, el espíritu bolivariano, libertario, que aprendió a admirar en la biografía de Simón Latino, célebre seudónimo de Carlos H. Pareja.

Cursó el kínder en un colegio de monjas; pasó al emblemático Colegio San Bartolomé, de donde saltó al Camilo Torres, ente oficial creado por el presidente Eduardo Santos, y terminó su bachillerato en el Instituto de La Salle. Era bastante inquieto y algo conflictivo, admite.

Pero, ya desde antes de entrar a la Universidad Nacional para cursar estudios de Economía en la primera facultad de su género en el país, se había inclinado hacia el socialismo, quizás por aquel comunismo primitivo que durante su adolescencia admiró en el centro espiritista de su madre y Wenceslao Pizano Valenzuela (abuelo de los Samper Pizano), al que asistían, entre otras personalidades, Jorge Eliécer Gaitán, Luis López de Mesa y Enrique Santos Montejo, Calibán.

Tenía, en fin, una honda sensibilidad patriótica, social, que lo acercó incluso al Partido Comunista, uno de cuyos miembros le prestó algún libro de cierto escritor venezolano sobre el marxismo, que lo conmovió tanto como las lecturas iniciales de El Capital.

En tales circunstancias, no es de extrañar que en la Nacional, vinculado al Instituto de Ciencias Económicas fundado por Antonio García Nossa (“socialista integral”, según dice), Raúl Alameda participara en movimientos estudiantiles como Acción Popular Universitaria, grupo acusado por Joaquín Estrada Monsalve, “en forma absurda”, de ser culpable del asesinato de Gaitán.

Tenía sueños revolucionarios, al parecer.

Vida de docente

Estudió Economía “por afán de conocimiento y prepararme para la lucha social -decía-, no porque fuera una profesión”. Y aunque militó en el Partido Comunista, en 1949 fue expulsado de sus filas por las críticas que hacía al burocratismo, la falta de democracia, las contradicciones ideológicas y el interés por asuntos electorales.

Era demócrata en sentido estricto, mejor dicho. No otra cosa podía esperarse de quien tenía entre sus maestros a Carlos Lleras Restrepo, Guillermo Hernández Rodríguez, Antonio García, Luis Eduardo Nieto Arteta, Germán Botero de los Ríos, Alfredo Vásquez Carrizosa, Abdón Espinosa Valderrama y Diego Montaña Cuéllar.

“Escribía algunas cosas”, recordaba. Como algún ensayo sobre el contenido económico de las luchas de independencia, u otro sobre reforma agraria, publicados en la única revista especializada de la época, dirigida por Plinio Mendoza Neira.

Varios de sus condiscípulos fueron docentes de la facultad cuando concluyeron estudios: Nicasio Perdomo (quien luego se vinculó a la Cepal), José Consuegra Higgins y Jorge Child. Él, por su parte, reemplazó a Gerardo Molina en la cátedra de Economía Industrial, en la Universidad de América, iniciando así su larga carrera como profesor universitario.

Estuvo en las universidades del Valle y Cartagena, la Tadeo y la misma Universidad Nacional, sobre todo al frente de cursos sobre historia económica de Colombia, América Latina e internacional, igual que sobre reforma agraria y planeación.

Desarrolló precisamente una metodología de la planeación subsectorial agrícola, bastante útil en las distintas universidades, que aplicó a cabalidad cuando entró a trabajar en el Ministerio de Agricultura, como jefe de estudios regionales y asesor económico del ministro, y en Planeación Nacional, donde estuvo encargado de los temas agropecuarios en el Plan Cuatrienal del presidente Guillermo León Valencia.

“He sido profesor de tiempo completo”, decía con orgullo. Sólo dejaría de serlo en sus últimos años, cuando una miopía maligna lo dejó ciego. “Mi vida ha estado dedicada a la docencia”, precisaba.

Crisis neoliberal

En su opinión, la docencia había cambiado bastante.

Antes -decía con nostalgia- se daba orientación económica en materias relacionadas con el desarrollo nacional, con nuestra realidad social, y la correspondiente protección a la industria local, base del proceso de modernización agrícola y la creciente urbanización. Ahora, en cambio, se imponían las llamadas políticas neoliberales, el culto al mercado, al libre comercio, dando mayor importancia al comercio exterior que a la producción doméstica.

De ahí vienen -sentenciaba- la ruina del sector agrícola, la desindustrialización, el alto desempleo, el bajo crecimiento económico, el aumento del déficit fiscal y en la balanza de pagos, el deterioro en la calidad de vida…, todo ello en medio del conflicto armado y el narcotráfico.

“Esta crisis, obra principalmente de la apertura económica, lleva más de veinte años”, sostenía, observando que los problemas del país eran de vieja data, acentuados sin embargo por la adopción del nuevo modelo de desarrollo.

¿Era acaso un dinosaurio -me atreví a interrogarle-, como alguien diría? Lo negaba. Respaldado en su conocimiento de la historia económica, explicaba que la disputa entre proteccionismo y librecambio venía de tiempo atrás, habiéndose demostrado -aseguraba- que la protección garantiza el desarrollo.

Rechazaba, por tanto, la globalización y los acuerdos comerciales como el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, no sin reclamar “grandes correctivos”.

¿En qué se va a ocupar la gente -se preguntó- si no protegemos ni estimulamos nuestra vocación agrícola?

Para él, más que mirar hacia fuera deberíamos concentrarnos en el mercado interno, con una población cercana a cincuenta millones de habitantes y aún bajos niveles de consumo, aprovechando enormes recursos todavía sin explotar.

“Es falso que nos podamos insertar en el mercado externo. El mercado interno, donde importamos demasiado, es enorme. Por ello hay que aumentar la demanda interna, incluso con emisión primaria, cuando el sistema financiero, que emite a través del multiplicador monetario, lo hace para especular”, concluía como si estuviera dictando de nuevo un curso universitario.

Por el mundo de la Academia

En 1973, Raúl Alameda Ospina era delegado de la Sociedad Colombiana de Economistas (donde también fue directivo) ante la Comisión de Vocabulario Técnico de la Academia Colombiana de la Lengua, cargo al que accedió por su vasto estudio sobre aspectos económicos de la obra de Copérnico.

Ahí se le ocurrió la idea de crear la Academia de Ciencias Económicas, de la que no dudaba en expresar sin rodeos y con entusiasmo notorio: “Soy su gestor”. Lo era, en verdad. Al lado, por ejemplo, de Isidro Parra-Peña y Guillermo Silva, con quienes compartía méritos. Pero, él fue quien elaboró los estatutos de la entidad, cuya fundación se protocolizó en 1984.

Tan pronto nació la Academia, lo nombraron su Secretario Perpetuo, según propuesta de Jorge Méndez Munévar a pesar de que tal posición no figuraba siquiera en los estatutos.

Desde entonces, se entregó de lleno a ejercer las funciones asignadas, con la permanente ayuda de su esposa María Teresa, siempre solidaria con su intensa actividad intelectual.

Organizaba foros, como el que hizo para celebrar el vigésimo aniversario de la institución, donde intervino el ex ministro José Antonio Ocampo, entonces alto directivo de Naciones Unidas; realizó e impulsó numerosas investigaciones, como la Antología Económica Colombiana, y hasta le quedaba tiempo para organizar el concurso anual de la mejor tesis universitaria en Economía, según calificaciones previas de cada facultad.

Como si fuera poco, asumió como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, durante un emotivo acto solemne que por momentos le hizo temblar la voz, aquella con la que en su lejana infancia declamaba los bellos poemas de su madre, en la Quinta de Bolívar…

(*) Escritor y periodista. Ex director de “La República” y Magister en Economía de la Universidad Javeriana.