5 de mayo de 2021
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“Omar Rayo desnuda su alma”

12 de junio de 2020
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
12 de junio de 2020

 (Fragmento del libro que publicará Amazon al cumplirse diez años de la muerte del artista)

El pasado domingo se cumplieron diez años de la muerte del pintor colombiano Omar Rayo, en cuya memoria reproduzco apartes de la entrevista que sostuvimos en Roldanillo, su ciudad natal, y que luego la Asociación Colombiana de Universidades -ASCUN- recogió en mi libro “El universo virtual de Omar Rayo”, en 2008 (dos años antes del fallecimiento del artista), cuando la Universidad del Valle le otorgó, durante un solemne acto realizado en Zarzal, el Doctorado Honoris Causa en Artes Visuales.

En los próximos días se publicará en Amazon la nueva versión de esa obra bajo el título de “Omar Rayo desnuda su alma”, según informó Eje 21 en reciente noticia.

Reflexiones de un filósofo

Omar Rayo se veía ante todo como un artista. Y no un artista cualquiera, común y corriente o del montón, sino sui géneris, totalmente distinto, que no usaba el pincel como los demás –o sea, era original- y en cada pincelada llevaba consigo lo mucho que había leído, en especial sobre historia del arte, por lo cual se sentía con autoridad de sobra para hablar de los mejores pintores, entre quienes se incluía.

Respecto a su forma de vida, la tildaba de muy simple, nada raro e inusual, aunque algunos lo llamaran huraño por estar casi siempre solo, sin hablar con los demás. “¿Cómo hace para soportar la soledad?”, me atreví a preguntarle.

“Soy experto en soledad”, respondió. Y comentó con ironía que con él era fácil estar, hasta las 24 horas del día, por ser un buen conservador y tener en su repertorio cientos de anécdotas, de historias, que complacían a los  más exigentes contertulios.

“Nunca me aburro”, añadía en medio de risas que le hacían olvidar, por un instante, su delicado estado de salud, tras haber sufrido un segundo infarto cardíaco.

No veía televisión, “por aburrida”; leía algo de prensa, aunque más los artículos de opinión que las noticias, y trataba de mantenerse actualizado en cuestiones de arte, labor que sin embargo consideraba dispendiosa y hasta inútil por el exceso de “cosas” que aparecían a diario, como si la belleza se pudiera producir en serie, para estar a la moda o atender a los cambios continuos del gusto.

“Ya ni siquiera hay críticos de arte sino curadores”, se lamentaba.

En general, pensaba que la vida del artista es difícil. “Tiene que ser así”, anotaba de inmediato para aclarar que los problemas no son una carga, una molestia insoportable, algo que no deba llevarse con estoicismo, como llevaba su enfermedad, a pesar de todo.

“Si el artista vive tranquilo, feliz, no tiene tiempo de pintar, de pensar, de ver en su interior, de saber quién es, de sacar lo que lleva adentro”, sostenía en actitud reflexiva, de sereno pensador, cuyas frases inquietaban tanto como sus pinturas.

El filósofo es quien tomaba la palabra.

“El arte está enfermo”

En tales circunstancias, convenía entablar un diálogo a profundidad sobre temas de fondo, esenciales: su vida y su obra, la enfermedad y la muerte, la vejez y el amor, pero sobre todo el arte a partir de su definición como artista, con la que prefería identificarse.

Claro, la enfermedad fue una constante en sus reflexiones, incluso sin proponérselo. Así, cuando hablaba del arte actual decía que está enfermo, que lo atacan múltiples males y que, por lo visto, eso no es arte en muchos casos, a diferencia de obras como la suya.

Pero, justificaba en cierto modo las enfermedades del arte porque éste es un organismo vivo, sujeto a las crisis propias de la evolución, cuya ley -decía, recordando a Darwin- resulta implacable para los seres vivos.

“El arte es un organismo y por eso siempre se le pegan telarañas”, declaraba en forma gráfica, con una imagen surrealista que era su particular manera de expresarse como pintor.

Admitía, no obstante, que la condición morbosa, enfermiza, del arte actual, ha sido común en todas las épocas al arte porque siempre está en evolución, transformándose, muriendo y renaciendo, en una especie de creación continua, permanente, que al parecer se prolongará hasta el fin de los tiempos si de veras el mundo no es eterno.

En su caso, lo que solía hallar en los museos de arte moderno era la falta de rigor, de refinamiento, “de cocina” y, lo que es peor, de belleza, sin la cual -puntualizaba- no puede haber arte, dígase lo que se diga.

“El arte es expresión de la belleza, y si no la hay, no hay nada”, sentenciaba para rematar con un vaticinio que aterrará a muchos jóvenes artistas de hoy: “Nada de esto va a permanecer, por fortuna”.

La primicia de ser escritor

De hecho, su visión era pesimista no sólo sobre el arte actual sino frente al futuro, por lo menos de seguir la tendencia actual, decadente, que podría desembocar en la muerte misma del arte, víctima de enfermedades que aniquilan la belleza, la cual permanece todavía en la naturaleza.

¿Cómo, entonces, avanzar por ese camino, en medio de las dificultades, de tanta desolación, de tantos artistas mediocres, sin talento? En su opinión, eso es parte de la tragedia que vive el ser humano, siempre enfrentado a los problemas, a la desdicha.

Aún así, celebraba que también hubiera momentos felices, cuando, a pesar del sufrimiento, se alcanzan estados sublimes, de auténtica realización personal, “como pasa en las películas”.

Pero -insistí-, ¿acaso se ha arrepentido en algún momento de ser artista, de haber consagrado su vida al arte, a la pintura. “¡No!”, dijo, salido de casillas. No se arrepentía -explicaba- porque además de artista era un ser humano que piensa, lejos de reducir tal convicción a una simple deducción lógica, racional, de tipo cartesiano.

Era un filósofo, sí; no sólo un pintor. Esta filosofía -aclaró- se manifestaba en su obra, en todos sus actos y conceptos, y hasta en sus escritos, como los que venía produciendo durante su ya larga enfermedad, en la soledad de su casa en Roldanillo.

¿Rayo, escritor? Así es. Y soltó la primicia informativa con naturalidad, sin estridencias ni mucho menos con afán comercial, publicitario, más aún cuando se negaba a hacer públicos sus escritos, a los que calificaba de estricto carácter confidencial, íntimo, para compartir apenas con su esposa, Águeda Pizarro.

¨¿Qué ha escrito?”, le pregunté, consciente de la importancia de la noticia que sería una grata revelación para sus cientos de admiradores alrededor del mundo. Con humildad y modestia, sin pretensiones, habló de frases cortas, metáforas, versos si se quiere, que eran la síntesis de sus reflexiones en que la naturaleza es personaje central, protagónico, al despertar su sensibilidad artística con la espectacular belleza que poseía.

El humor, tabla de salvación

Para Rayo, el futuro del arte era incierto. “Está amenazado”, repetía. ¿Por qué? Porque el futuro del hombre también lo está al no hallar solución a los problemas, al no resolver nada y al poner la situación cada vez peor en lugar de mejorarla, según lo demostraban a diario las noticias de prensa.

“El futuro de la humanidad lo veo muy oscuro, tambaleando”, recalcaba mientras mencionaba fenómenos como el calentamiento global, cuyas consecuencias serían apocalípticas: el agua se va a acabar, el calor nos va a matar…

“Sólo hay una tabla de salvación: el humor”, aseguraba como si le abriera paso al lejano caricaturista de su adolescencia, quien le permitió dar el salto a su universo pictórico, artístico.

Destacaba, por tanto, la necesidad de jugar, de concebir el arte como un juego y del artista como un jugador, mencionando cómo él se divertía con su obra, a la manera de un saltimbanqui.

“Hay que jugar -sentenciaba- para huir de la oscura realidad que nos envuelve y aplasta”.

“Hay que soñar. Soñar es la meta”, concluía.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua