El odio es la peor pandemia
El odio es el enemigo más grande y peligroso de la humanidad, el más mortífero de todos, obra como un virus letal, similar al cáncer, está dentro del organismo y destruye el cuerpo del cual se alimenta, acabando con el propio hogar que lo ha acogido, destruyéndose a sí mismo.
Entre todos los seres humanos constituimos el gran cuerpo total, todos somos uno y, aunque neguemos esta realidad, las evidencias son tan grande que desconocerlo constituye una torpeza. Respiramos el mismo aire y aún más nos respiramos unos a otros al absorber el aire del otro o de los otros, además, absorbemos sus humores, esto respecto a lo más tangible, incluida el agua que tomamos, a veces sobrante y talvez contaminada por las personas ubicadas aguas arriba. Y de todos los ríos con los desechos disueltos y en el mar, que las corrientes junta, navegamos y comemos, disfrutamos la riqueza acuática que las leyes naturales a la humanidad entregan.
El cuerpo llamado humanidad sufre permanentemente los ataques desde adentro, nuestro equivocado concepto de grandeza, alimentado por el egoísmo y la codicia, nos conduce hacia la exclusión y el rechazo a los demás, a sus comportamientos, sus creencias o color de piel, incapaces de aceptar las diferencias, olvidamos que somos únicos por ser individuos con personalidad propia y así mismo actitudes singulares, pero iguales en la gran totalidad universal.
Estamos unidos, todos los humanos, aunque desconozcamos que tenemos igual constitución y que somos hechos de los mismos elementos que conforman el globo terráqueo, somos tierra. Esa conocida frase que alguna religión expresa: “polvo eres y en polvo te has de convertir” resume prácticamente nuestro universo humano.
La demostración palpable de que somos un solo cuerpo, unido por filamento magnéticos invisibles y que transitamos por el mundo como las bacterias en una pequeña porción de la cáscara de una naranja que ni siquiera perciben lo que sucede en la misma superficie externa de la fruta, así somos, iguales, partículas infinitesimales que ni siquiera pueden escapar al virus contraído por un sujeto en continente lejano y, hoy estamos escondidos, unidos en el miedo y la incertidumbre que el coronavirus nos produce, recordando la fragilidad de la existencia humana.
Pero la torpeza e ignorancia de algunos seres dominados por el espíritu del mal que caminan entre nosotros mientras hacen tránsito al infierno, desprecian la vida y, llenos de odio, debido al veneno interior que los desespera sumidos en la envidia por la felicidad que ven en sus semejantes, felicidad que ellos no podrán sentir por el cáncer del mal que los oprobia y por tener muerta la alegría, desconocida en su interior, ejercen toda su crueldad matando vidas y destruyendo la esperanza.
JHGG, Bogotá, mayo 20 de 2020