Filadelfia, cien años de amor
Como preámbulo a este capítulo dedicado a la historia de Filadelfia transcribo a continuación el artículo publicado en 1977 en el diario El País, de Cali, escrito por mí después de asistir a Filadelfia durante la celebración del primer centenario de su fundación, procedente de Popayán donde estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad del Cauca.
Dos paisanos, asistentes a las festividades centenarias municipales, Gustavo Arango Álvarez y Javier Velásquez, fueron los primeros filadelfeños en conocer el escrito y los encargados de llevarlo al periódico de la capital del Valle.
Esta nota, escrita en medio del amor y el sentimiento, fue reproducida en otros periódicos. En 1979 el periódico “Caldas en Colombia”, órgano de comunicación de la organización integrada por caldenses en Bogotá, Prosocaldas, de la cual yo era secretario, reprodujo el mencionado párrafo:
“Filadelfia celebró el primer centenario de su fundación en 1977. Y allí acudimos sus hijos amorosos para acompañarla en su cumpleaños, y ella, apacible y serena, como la abuela que mira a sus descendientes celebrar una efemérides, gloriosa,, vio pasar esos días, esos festejos, esa alegría de sus hijos, que acuciosos llegaron de todos los rincones de Colombia.
Y los hijos lloraron, lloramos. La alegría fue inmensa. El reencuentro de los hermanos, porque esos somos los hijos de Filadelfia: hermanos, trajo las lágrimas a los ojos que por las mejillas corrían a torrentes.
Su enseña gloriosa viene en el mismo nombre: Filadelfia significa: “Amor de hermanos”. Y ese amor renació, se encendió y empezó a crecer entre todos sus hijos y de hoy en adelante esa llama que enciende los corazones e impulsa la vida seguirá viva eternamente.
Nuestros corazones vibraron de emoción y nuestra sangre hirvió cuando veíamos a nuestros antiguos condiscípulos, a nuestros familiares, a nuestros amigos, a los hijos ausentes de Filadelfia. Y esa ausencia no volverá a presentarse porque estaremos siempre con Filadelfia unidos por el lazo indestructible del amor. De ese amor sagrado, de ese “Amor de hermanos”.
Nuestra piel regocijada se estremeció y un escalofrío intenso invadió nuestro cuerpo, erizando nuestros vellos y ampliando nuestros poros para que por todo nuestro ser brotara amor.
El encuentro con la primera novia, el regreso de los hijos que hacía diez, quince y aún más años no regresaban a su cuna; todo eso fue hermoso, fue emocionante.
Fue insuficiente el espacio para albergar a quienes llegamos, pero también será insuficiente el espacio y el tiempo para guardar ese amor tan grande que en nosotros despertó este encuentro. Amor que cuando no cabía en nosotros brotaba en las lágrimas y se manifestaba en el nerviosismo y la desesperación.
Un día volveremos a encontrarnos en Filadelfia, pero, filadelfeños hermanos, mientras tanto nuestras almas serán un reflejo mutuo donde residirá el alma de nuestro hermano filadelfeño.
Una semana fue corta para el Centenario, y este resto de vida que nos queda será el tiempo del amor, del “Amor de hermanos”.”
