20 de mayo de 2024

Santrich y la toxicofobia

24 de mayo de 2019
Por Rubén Darío Barrientos
Por Rubén Darío Barrientos
24 de mayo de 2019

Una frase de alias Jesús Santrich, pronunciada el 23 de abril de 2018, es de la línea pambeliana (de Pambelé, desde luego): “Me gusta tanto comer que no quiero morir, porque entonces ya no podré comer”. Este año, en marzo, a Santrich le dio por no recibir alimentos preparados en la cárcel La Picota y comió únicamente latas de atún. In illo tempore, denunció un plan para eliminarlo y se quiso curar en salud armando la batahola. Luego de unos días de ese show, optó por volver a recibir alimentos. Benedicto González, representante a la Cámara por las Farc, armó la alharaca diciendo que en la cárcel no le dejaban ingresar alimentos a Santrich.

El 20 de mayo de 2019, en la diligencia de imputación de cargos (en los juzgados de Paloquemao), un funcionario del Cti le trajo el almuerzo a Santrich. El espectáculo que vimos fue chocarrero: por decisión del inculpado, el defensor y abogado Diego Martínez, recibió la orden de probar los alimentos y la bebida, antes de que el exguerrillero procediera a la ingesta. Un abogado servil y lacayo, sin duda. Santrich comió con apetito y su toxicofobia (miedo a morir envenenado) fue obviada nuevamente. ¿Por qué el abogado tuvo que probar primero los alimentos, cuándo esa no es su tarea? Nadie lo entendió. Después, con toda la chabacanería, sacó Santrich la seda dental y la bamboleó frente a las cámaras. Nada de nervios…

Históricamente, el arsenio, desde la Edad Media, ha sido el rey de los venenos. El veneno, ha sido un arma poderosa porque no tiene que disparar ningún tiro: mata y se infiltra entre escoltas, guardaespaldas y cuerpos de seguridad. Siempre se ha dicho que los reyes exigen probar la comida antes de llevarla a la boca. Santrich, no es ningún monarca, pero tiene culebras y enemigos por doquier. En la antigua Roma, el catador era un esclavo (Praegustador). Entre otras cosas, ¿Por qué se le dice catador al que prueba la comida del rey, del gobernante, del personaje, si ese es un término reservado –creo yo– para quien paladea vinos, es decir al enólogo?

En 1942, durante la Segunda guerra mundial, 15 mujeres probaban la comida de Adolf Hitler, para evitar que el líder alemán pudiera ser envenenado. Pura toxicofobia. Ello dio origen, a un libro, “La catadora”, de Rosella Postorino, quien relata la historia de Margot Wölk, la misma que confesó ser una de las damas que probaba la comida de Hitler, sin ser nazi. Pero hablando de todo, Hitler terminó sus días siendo vegetariano, pues abandonó el gusto por la carne, luego de visitar un matadero e impresionarse. Eran 15 catadoras y todas mujeres. ¿Por qué damas? Porque los hombres estaban al frente. Resulta que 5, estaban destinadas para el primer plato; otras 5, para el segundo plato y las 5 últimas, para el postre. Eran las encargadas, pues, de catar la comida del Führer.

Empero, ¡quién lo creyera!, Hitler murió autoenvenenado con cinauro, pero pegándose acto seguido, un tiro en la sien. Mientras Eva Braun, su esposa, sí murió bajo los efectos letales del cinauro. Haloto, fue un catador de alimentos del emperador romano Claudio. Marco Antonio, tenía un catador de comida, ya que desconfiaba de Cleopatra, su amante. Vladimir Putin, no prueba bocado sin que antes lo deguste otra persona de su séquito de confianza, bajo la premisa de que la preparación corre a cargo exclusivo de su personal de seguridad, jamás de cocineros exógenos.

Los presidentes de Estados Unidos de América, nuca ingieren ningún alimento, sin que sea preparado por personal de la Casa Blanca y servido por un camarero de palacio. Si viajan, llevan los ingredientes. No olvidemos, que ha habido tres presidentes norteamericanos, que han muerto envenenados. Buchanan, Tylor y Harrison. Hussein, siempre tuvo catadores. Arafat, en el 2004, padeció el envenenamiento. Según las voces de Sandro Cruz, en su libro “El día de la cuenta”, asegura que el papa Juan Pablo I (Albino Luciani) murió envenenado en 1978, a los 33 meses de asumir como pontífice. Es la teoría conspirativa, porque algunos aseguran que sufrió un infarto fulminante.

El inefable Santrich, padece toxicofobia. No es un rey, no es un príncipe, no es un jefe de estado, no es un gobernante. Es el criollo Zeuxis Pausias Hernández Solarte, alias Jesús Santrich, quien es invidente para Colombia (síndrome de Leber), pero todo un 20/20 para traficar con cocaína.

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