¿Es el liderazgo una actitud ante la vida?
Desde el día en que por invitación del periodista Evelio Giraldo Ospina asumí la responsabilidad de escribir una columna semanal en este periódico digital tome la determinación de que el tema principal de mis escritos sería el crecimiento personal, la formación en valores, el fortalecimiento empresarial, el talento humano y la motivación. Como los lectores se habrán podido dar cuenta, una constante en esta columna han sido estos temas.
Como el liderazgo tiene una relación directa con lo enunciado en el párrafo anterior, en estos escritos he hablado sobre este tema con el propósito de orientar a la comunidad sobre cómo se forma una persona que tiene como meta convertirse en líder, es decir, ejercer sobre un núcleo social cualquiera una influencia que le permita orientar acciones en procura del mejoramiento de la calidad de vida de ese grupo o de buscar soluciones a los problemas que lo aquejan.
Pues bien: hay que ponderar la actitud de la persona que tiene liderazgo en una comunidad. Es aquí donde cabe la pregunta que se formula como título de esta columna: ¿Es el liderazgo una actitud ante la vida? Yo diría que sí. El líder surge de un momento decisivo. Me explico: frente a cualquier dificultad de una comunidad alguien tiene que salir a hablar, a exigir atención, a exponer argumentos. Quien lo hace, empieza a ser mirado como un líder, una persona capaz de asumir el reto de encontrar caminos para enfrentar esa dificultad, de buscarle solución a los problemas.
Aunque Stephen R. Covey señala que “El liderazgo personal no consiste en una sola experiencia”, se podría afirmar que si surge de una sola experiencia. Alguien muestra su talla de líder sólo con una oportunidad que tenga para demostrar que se interesa por la comunidad. Por ejemplo, si en un barrio se presenta una falta continua de agua, o quitan la luz con mucha frecuencia o no pasa con regularidad el carro recolector de basuras, alguien tiene que tomar en sus manos la bandera del inconformismo para exigir que se mejoren estos servicios.
Y si ese alguien surge en forma espontánea, con la conciencia de que es imperativo reclamar, los habitantes del barrio lo van a mirar como la persona con la capacidad para exigir que sus necesidades sean atendidas. Será él quien asuma entonces la vocería de toda una comunidad, en este caso los habitantes de ese barrio. Cuando él menos piensa, lo han convertido en defensor de sus intereses, en vocero de sus necesidades, en el líder que necesitan para hacerse sentir.
Esa persona que tomó la vocería de un grupo humano termina convirtiéndose en su líder. Y lo buscarán siempre para que hable por ellos, para que exija el respeto a sus derechos, para que busque soluciones a sus problemas. Es alguien que asume una posición ante la vida: la de defender a los demás de los atropellos que contra ellos comete el Estado o una persona cualquiera. Y esa posición es la del líder que va a ser acatado y seguido.
Debemos entender el liderazgo como esa “capacidad de inspirar a los demás con las palabras, pero sobre todo con las acciones”. Si entendemos que el liderazgo va mucho más allá del heroísmo y el sacrificio, que es algo que subyace en el alma de una persona, comprendemos entonces que este es una actitud ante la vida. No todo el mundo tiene esa capacidad para asumir retos en favor de un núcleo social.
Ken Blanchard decía que “liderar es cuestión de saber influir en los demás”. Yo añadiría que es una manera de ver y hacer las cosas. Los líderes son hacedores por excelencia, gente que tiene la capacidad para conducir a los demás en la búsqueda de beneficios comunes a todos. Son lo que se llama en lenguaje técnico “creadores de principios que traspasan la mera interacción humana para instalarse en un modo de entender y practicar la vida”.