28 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

¿En qué momento se jodió el Perú?

19 de abril de 2017
Por mario arias
Por mario arias
19 de abril de 2017

Por: mario arias gómez

Interrogante que plantea el libro (1990), de Luis G. Lumbreras y otros, el cual analiza y explica las crisis económicas, políticas y sociales por las que años atrás cruzó el Imperio Inca, desde la llegada de los españoles, las que se remontan a la novela de Mario Vargas Llosa, “Conversación en la catedral” (1969).  Incógnita a la que no hay respuesta. En subsidio, se tiene la certeza de cuándo renació el Imperio del Tawantisuyo, -como el Ave Fénix entre sus propias cenizas-, el 5 de abril/1992, luego del autogolpe del Ing. Alberto Fujimori (1938).

Aniversario que coincidió esta vez con las Bodas de plata, a cuyo protagonista adorna, el mismo bagaje intelectual de Antanas Mockus (1952): Profesor universitario, matemático puro, filósofo, apolítico, honorable, pragmático, inexperto político, sin equipo ducho en la materia. La presente nota laudatoria, la determina precisamente el aniversario del autogolpe, celebración aplazada, por afecto y solidaridad con los hermanos mocoaenses y venezolanos, dadas las conmovedoras, luctuosas, tristes y recíprocas noticias llegadas de ambos.

Retomo pues al tema diferido, sin encubrir, esconder o fingir la admiración por el líder histórico, Fujimori, ejemplo de amor, civismo, visión y verraquera sin cálculo para América. Sin más preámbulo, evoco el discurso que dio apertura al riesgoso y delicado anuncio, a los motivos y razones que lo promovieron, que sintetizó admirablemente: Primero: Disolver temporalmente el Congreso. Segundo: Reorganizar el Poder Judicial, el Consejo Nacional de la Magistratura, el Tribunal de Garantías Constitucionales y el Ministerio Público, para una honesta y eficiente administración de justicia. Tercero: Reestructurar la Contraloría General de la República. Concluyó: “Como ciudadano elegido por las grandes mayorías nacionales, solo me anima el deseo de lograr la prosperidad y la grandeza de la peruana y ello solo será posible a través de una profunda transformación del Estado y sus instituciones”.

Palabras que resuenan aún en los oídos de los peruanos que ya son abuelos. Resalto así mismo unas frases que entresaco del mensaje que desde la prisión dio Fujimori, con motivo de la efeméride: “Las desastrosas condiciones políticas, económicas y sociales que encontré en 1990 (…) obligaron a mi gobierno tomar medidas excepcionales cuyo único y fundamental propósito era la preservación del Estado de Derecho y la Democracia en el Perú”. “Soy el arquitecto de la democracia moderna”. “Para hacer tortillas hay que romper huevos”. “No me arrepiento de la medida, la cual marcó la historia del Perú”. “Valió la pena”.  “En dicha fecha no se mató a la democracia. Se la salvó”. “Desde mi prisión pregunto a los mayores: ¿Cómo era el Perú de antes del 5 de abril de 1992? Era el país de la inseguridad, incertidumbre e inestabilidad.

Cierre que ejecutó con el respaldo de las Fuerzas Armadas y plurales fuerzas de opinión que lo acompañaron, exorcizado por el pueblo agradecido en la elección de 1995: Fujimori 64 %, su oponente, Pérez de Cuéllar, 22 %. Aséptico golpe que se hizo inevitable, al tomar en cuenta que el Congreso se había convertido en un lastre, en un obstáculo dedicado por completo a interferir, obstruir, trancar y frenar toda medida de emergencia propuesta, conducente a enfrentar a Sendero Luminoso, que por entonces escribía el más dramático, oscuro y sangriento capítulo de la historia reciente del Perú.

Ineficaz, inútil, corrupto y burocratizado ente legislativo, ocupado igualmente en maniobrar y manipular la opinión en contra del Presidente, que no llevaba, tenía al país en el abismo, en el despeñadero, apurado en aquel tiempo, por la insolvencia crediticia, luego de dejar de honrar la deuda, lo que llevó a pensar de la inviabilidad del país, populismo que tuvo un antes y un después con el golpe, común a lo que hoy vive Venezuela con el Socialismo siglo XXI, que  trajo la incontrolable inflación, el elevadísimo costo de vida, un feroz desabastecimiento, la calamitosa violencia, etc.

Recordarlo remueve la bilis y cólera de los fariseos que no cejan en el empeño de censurar a Fujimori, quien solo, a los dos días del golpe -martes 7- expidió la “Ley de Bases del Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional”. Llamó luego a elecciones, con el respaldo de la OEA, que eligió el “Congreso Constituyente Democrático”, cuya principal tarea fue emitir la nueva Constitución que reemplazó la de l979, dándole vida a la renovada República de Atahualpa, cacique incaico apresado y traicionado por Francisco Pizarro, en Cajamarca.

Con ello desapareció -ipso facto- el antidemocrático inri de dictador, colgado al “Chino”. A pesar que se sigue hablando del hipotético y espurio origen de la Carta Suprema. Aceptado en gracia de discusión, esta supervive y ha sido y es soporte de los sucesivos gobiernos: Paniagua, Toledo, García, Humala y Kuczynski. Lo único borrado de la misma por los quisquillosos fundamentalistas, es su firma. Como dijo el poeta Guillermo Valencia (1873-1943), prefieren «sacrificar un mundo para pulir un verso».

Quirúrgico golpe susceptible de múltiples y opuestos juicios de valor, sin que se pueda desconocer la inseguridad e inestabilidad prevalecientes a la sazón, enemigos que no descansarán hasta ver demolido el egregio legado de Fujimori, que con valor civil asumió los activos y pasivos de su gobierno, admitió la responsabilidad política por los delitos cometidos -a espaldas- por Vladimiro Montesinos. Balance que no puede excluir la seguridad jurídica y política -no impugnables- que trajo aparejadas la Constitución, que ha resistido el despiadado paso del tiempo, y el implacable escrutinio público.

La política no es, ni ha sido terreno fértil para la santidad. Al gobernante se le exige compostura, dignidad, eficacia, honestidad y valor, sin perder la perspectiva. Virtudes que descollaron en el condenado y vejado gobierno, por incuestionable motivación política. Campaña negra y sucia inspirada por un monarca criollo, Vargas Llosa, que carcomido por el odio, envidia y anhelo de venganza con el inédito maestro -sin pergaminos equiparables- por la derrota infligida en franca lid, razón suficiente para desinformar a la opinión universal.

Enjuiciado -no por pícaro- por un Tribunal ilegítimo, presidido por un juez hostil, cesado por él del Poder Judicial, Tribunal que se apartó del escrito de extradición que autorizó procesar a Fujimori por “homicidio calificado” -“Barrios Altos y La Cantuta”-. Empero, a pesar de la susodicha restricción, lo acusó de “homicidio por omisión”, apartándose de la jurisprudencia de la propia Corte Suprema, referida a la “autoría mediata”, que sostuvo: “Un jefe de Estado no puede ser garante del cumplimiento de las políticas de su gobierno, menos de las acciones militares indebidas”. Argumento invocado por la CPI, al absolver al ex presidente serbio, Milan Milutinović.

Homicidio por omisión, denegado por el Tribunal chileno, en razón a que nunca el Perú lo acusó formalmente de dicho cargo; ni de haber creado el grupo Colina; ni de ordenar los presuntos homicidios; ni de ser autor de la guerra sucia. Lo inculpó únicamente de instigador “inmediato” más no “mediato”.

En rigor con la historia: ¿Fue válido equiparar a Fujimori con el confeso genocida, Abimael Guzmán, como lo hizo el Fiscal enemigo? La historia lo dirá. Veredicto que prevalecerá en última instancia. Lo dijo Chou En-lai (1949-1976), al referirse a los efectos de la Revolución Francesa: “Es demasiado pronto para pronunciarse”. Los mandatarios que atizaron la sentencia son investigados hoy por coimeros. Ignorar que aquel cambió la historia del Perú, es egoísmo puro, ruin, innoble, mezquino, rastrero. El espaldarazo electoral prodigado por el “soberano” a Keiko Fujimori, es muestra de gratitud que rehabilitó a su padre.

El cierre del Congreso, purgó a una clase política corrupta e inmoral, empotrada inmemorialmente en el legislativo; implicó poder capturar el 90 % de los mandos terroristas de SL y MRTA; sacar avante la Constitución que enraizó y fertilizó la democracia, que sacó al país del ostracismo político y económico, lo insertó al el mundo; redujo la pobreza extrema que acosaba a siete de cada diez peruanos; trajo estabilidad demostrada con los sucesivos procesos electorales, fiscalizados por observadores internos y externos, lo que enrutó el crecimiento, “milagro” reconocido por “tirios y troyanos”, por los hechizados inversionistas, atraídos hoy por la confianza y estabilidad evidentes.

No puede relegarse -para terminar- el anárquico y desarticulado país que en “default” recibió Fujimori, de manos del populista Alan García, que nacionalizó la banca, lo que representó para el Perú, que fuera tratado como un paria internacional, el que debió coexistir con atentados, coches bomba, asesinatos, escasez, extorciones, secuestros, voladuras de torres, hiperinflación, etc. Dejar de reconocerlo, es fehaciente e irrefutable prueba de fanatismo, ceguera, mala entraña, mezquindad, Salud Perú.

Manizales, 19/04/2017

 

http://articulosmarioariasgomez.blogspot.com.co/