Federer
Víctor Hugo Vallejo
Habían pasado siete años desde la última vez que levantó esa copa llena de arabescos, elaborada en plata fundida, pesada, con forma de ensaladera. Pocos, por no decir nadie, se hacía la ilusión de que esta vez volvería a estar en sus manos. Era consciente de que lograrlo una vez más le iba a generar una emoción que hasta el momento no conocía su frío temperamento de campeón desde siempre.
En todos los torneos en que se anuncia su nombre se convierte en signo de atracción general, de simpatía de millones de personas en todo el mundo haciendo mucha fuerza para que cada golpe que pega sea una bola válida. Los seguidores generan energía con cada punto y se duelen tremendamente cuando ven como se le van los resultados de las manos. Lo que nunca ha perdido y no lo va a perder jamás, es el estilo. Juega el tenis más bello que pueda verse en el mundo.
Sus seguidores, todos los amantes del buen tenis, estaban ansiosos por verlo en este primer gran torneo del 2017 de los profesionales del tenis en Australia. Ya eran seis meses desde cuando una vieja lesión de espalda se le recrudeció y con un poco más de 34 años, muchos pensaron que había llegado ese momento que a nadie se le desea, mucho menos a los ídolos: el retiro. No importaba a que ronda llegaría. Lo importante era que estaba allí, en las canchas duras de color azul, con líneas blancas.
Pasó la primera ronda, con algunas dificultades, pero volviendo a mostrar el mismo tenis de siempre. Usando una raqueta en experimentación, que seguramente la casa productora debe estar terminando de diseñar para su uso exclusivo y que iba a ese torneo en prueba. Se sabe que era de esta naturaleza, por el color negro en toda su superficie. No tenía diseño externo.
Llegó la segunda ronda y pasó. Volvía a brillar la perfección de todos los golpes. Volvió, además, con un poderoso servicio que acomoda con la mayor naturalidad en el lugar del cuadro del contrario, donde lo piensa.
Y pasó la tercera ronda. Se metió a cuartos de final, sabiendo que en esa ronda se quedaban sus grandes contendores: Murray y Jockovic. Quedaban otros difíciles, pero dos obstáculos para una posible final, quedaban a un lado.
Y pasó a la semifinal y volvió a encontrarse con su compatriota, amigo y compañero de dobles en competiciones internacionales en representación de su país, Stan Wawrinka, con quien el año anterior había perdido de manera reiterada. Los espectadores veían por televisión el partido con mucha confianza en su tenista favorito, pero sin desconocer la enorme dificultad que era para él llegar hasta la instancia final. Fueron cinco sets de casi cinco horas de duración. Ganó y de nuevo era finalista en un torneo de Grand Slam, la final número 28 en sus 19 años de carrera deportiva. Un récord más (lo que ya lo tiene sin cuidado) entraba a su historial.
Por el otro lado de la competencia llegaba otro histórico, también de regreso después de un período de recuperación de las muchas dolencias que ha sufrido, con las que se ha convertido en el símbolo de la lucha, de la entereza, de las ganas, del poder de decisión, de ir por una bola hasta el fin del mundo con tal de ganarla. Llegaba el español Rafael Nadal, su gran amigo y su gran contendor, con quien tantas finales había vivido.
Era un partido que muchos daban por descontado en la era actual del tenis, pues se pensaba que ambos estaban en declive y no se volverían a encontrar en esos duelos en que los nervios de quienes les siguen se destrozan y los de ellos dos se mantienen intactos para el control de las situaciones difíciles en el campo.
Roger Federer, el mejor tenista de todos los tiempos, se enfrentaba de nuevo en la final de un Grand Slam a Rafael Nadal, el gladiador de siempre. El horario estaba loco. Jugaban al otro lado del mundo. Unos los verían de noche. Otros en la tarde. Otros en la madrugada. Unos en una fecha. Otros en otra. Para el horario colombiano eran las 3:30 de la madrugada del domingo 29 de enero de 2017. Más de uno puso el despertador. Ese partido era para verlo.
Fueron 3 horas y 40 minutos. Cinco sets. Veinte tiros de aces de Federer. Marcadores estrechos. Muchas bolas que debieron requerir de la ayuda tecnológica para verificar su validez, como la última que definió el partido cuando Federer le respondió a Nadal una bola cruzada a la línea derecha, respondida con fuerza hacia la misma dirección, en contrario, que picó levemente la raya blanca y definió que Roger Federer se ganaba su título 18 de Grand Slam y se coronaba como el jugador de mayor cantidad de veces en ser ganador de esta clase de torneos.
Habían pasado 5 años de no ganar un torneo grande (Usa Open y Wimbledon en el 2012). 6 meses de estar fuera de las canchas siguiendo un riguroso proceso de recuperación, tanto en lo médico, como en lo físico, como en lo táctico. Quería volver, pero no de cualquier manera. Esos 6 meses de para lo llevaron a caer al lugar 17 de la clasificación mundial. Se enfrentó en la final al número 10, pues Nadal logró regresar antes que él.
La victoria no le era extraña. Es su lenguaje desde hace 19 años, cuando con un poco menos de 17 años, decidió hacerse profesional del deporte blanco. La frialdad de su temperamento en todas las veces, se perdió esta vez. Los ojos se le humedecieron y por primera vez lo vimos llorar de alegría. Se arrodilló. Besó la cancha. Miró hacia arriba. Buscó a su esposa, la miró, le dijo con esos ojos húmedos que era de nuevo ganador de un gran torneo a los 35 años de edad, lo que no deja de llamar la atención, pues sucede de manera excepcional.
Fueron millones los seguidores que con él permitieron que sus ojos se humedecieran, pues se trataba de ver ganar al mejor, la leyenda, el grande histórico, Su Majestad, no porque haya heredado el título del accidente de ser hijo de cualquier rey tonto, sino porque se lo ha ganado, por ser el más respetado de todos. Es tenista y nada más. Nunca ha estado fuera de sus casillas. Nunca ha reclamado. Nunca ha protestado. Nunca se ha visto envuelto en actos diferentes a los meramente deportivos. Si el tenis es el deporte de los caballeros, Roger Federer ha enaltecido aún más esa calificación, porque por encima de todo es un Señor.
El mundo del tenis vivió en ese domingo un día histórico. Uno más de los muchos que ha sabido escribir este suizo calmado, controlado, sereno, serio, seguro, calculador, hecho en las canchas a fuerza de disciplina, de entrega, de sólo mirar una bola de tenis sin entretenerse en nada diferente a lo que no sea un campo de tenis. Una vida que se identifica con el deporte de manera precisa. Roger Federer hace rato había pasado a ser una leyenda del tenis, pero con este triunfo le dijo al ser humano que la edad es asunto de aplicación personal. 35 años son muchos o son muy pocos para alguien que ha tomado el deporte como la única razón de ser en su vida. Y ese mismo día le dijo al mundo que queda Federer para un buen tiempo.
Roger Federer nació el 8 de agosto de 1981, en un pequeño poblado llamado Binningen, en jurisdicción de la ciudad suiza de Basilea, que es tomada como su ciudad natal, en el hogar formado por el empleado de una multinacional farmacéutica y una surafricana. Sus padres son Robert y Lynnette. Tiene una hermana. De niño practicó muchos deportes, hasta cuando tenía cuatro años y se sentó al frente del televisor a ver la final del abierto de Wimbledon en 1985 cuando el alemán Boris Becker se coronó ganador. Nunca más volvió a pensar en ningún otro deporte. Se dedicó de lleno al tenis y desde los primeros raquetazos los profesores vieron el enorme talento que tenía en todo su cuerpo para una disciplina que demanda una perfecta coordinación de todos los músculos y de las cuatro extremidades que deben marcar unos ritmos y unos movimientos de apoyo, sin los que es imposible pegar y acomodar la bola hacia donde se dirige. La precisión de Federer es de tal naturaleza que con una bola, dentro de una cristalería, puede tumbar un solo elemento sin causar destrozos en los demás. Coloca la bola donde piensa.
En 1998 compitió por primera vez en la categoría de Grand Slam. Lo hizo en junior y fue el ganador y también ganó el torneo de dobles. Ese mismo año hizo su paso al profesionalismo y allí ha estado vigente, para convertirse en el gran jugador que ha roto todos los récords hasta entonces existentes.
Ha ganado 18 torneos de Grand Slam, así: 5 de Australia, 1 Roland Garros, 7 Wimbledon y 6 USA Open. Pero además ha estado presente en 28 finales de esos mismos torneos, es decir que de ellas solamente ha perdido 10 y ha ganado 18.
Ha estado en 10 finales en torneo ATP, de los que ha ganado 6. Ha ganado 24 torneos ATP Tours y ha estado en 42 finales. Ha sido campeón de 16 torneos ATP 500 y además ha ganado 24 veces en torneos ATP 250.
Haciendo pareja con su compatriota Stan Wawrinka fue ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres en el 2008. La primera medalla de este orden para Suiza.
En el año 2011 fue declarado el segundo ser humano más confiable en el mundo, solamente después de Nelson Mandela.
Fue declarado Deportista Laureus durante ocho años seguidos, del 2000 al 2008. Igualmente fue declarado el mejor deportista de la década en el mundo entre el 2000 y el 2010. Fue número uno del escalafón mundial de la ATP durante 302 semanas, superando ampliamente el récord que tenía Pete Sampras.
Habla fluidamente el alemán, que considera su lengua materna, el francés y el inglés. Su nombre ya es una empresa, que genera cientos de empleos, entre otros los de sus padres y su esposa. Tiene una Fundación de ayuda mundial a los niños más necesitados y ha estado presto a ayudar en grandes tragedias como el terremoto de Japón y el huracán Katrina en Estados Unidos. Cuando hace estas ayudas él no figura por ningún lado. Ayuda con discreción y efectividad.
Se casó en el 2009 con Mirka Vauriner, una tenista exitosa que debió retirarse por problemas de lesiones . En el 2009 fue padre de las gemelas Myla Rose y Charlene Riva y en el 2014 fue padre de los gemelos Lenny y Leo. Una familia discreta, que no se exhibe. Mirka siempre está en la tribuna, vestida como una dama sencilla y sin mostrarse como atracción diferente a ser la esposa del Campeón. Todo el protagonismo es para él, dentro de esa gran discreción que maneja con su serenidad y su posición de hombre serio.
Este excepcional ser humano de 1.85 de estatura, con 85 kilos de peso, que marca todos los movimientos teóricos del tenis en cada golpe a la perfección, que juega haciendo ver el tenis como la cosa más fácil del mundo, no prestó el servicio militar que es obligatorio en Suiza para los varones, porque fue declarado no apto, al presentar dolencias de espalda, que algunas ocasiones han sido recurrentes y que lo han llevado a decisiones como la de hace seis meses de parar la competencia, para regresar y darle el gusto a los millones de amantes del buen tenis de volverlo a ver con la alegría de saberse ganador con inteligencia, táctica, estrategias y un sólido golpe que desde el revés luce como un movimiento de ballet. Un campeón para la admiración.