URITRUMP, Atila paisa
Por: mario arias gómez
Trump con su diabólica diarrea verbal, encandiló a sus paisanos iletrados. Nuestro macho alfa (1952), maestro de la manipulación, con su carita de “yo no fui” y alevosa labia conquistó y luego confiscó el poder. Atroces y funestos ocho años (2002-2010) de zozobra e intranquilidad, en los que los beneficiaron fueron Tomás y Jerónimo, los ricos empresarios y terratenientes adjudicatarios del “agro robo seguro”. De no haber sido por la Corte Constitucional que cortó de tajo el anhelo de eternizarse en el mando el don, tuviéramos todavía al alucinado cascarrabias dando lora con su insulsa cháchara haciendo de las suyas.
A pesar de ello, no ceja en el empeño de retomar el poder extraviado a sangre y fuego, para lo cual, aplica la enseña del hombre de confianza de Hitler -ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich- que consiste en deformar, disfrazar, encubrir, engañar, falsear, fingir, mentir, que el omnipresente personaje utiliza en su enfermizo afán de venganza contra “lafar” y Santos, para lo cual, sobrepone el odio sobre la razón, que lo ha llevado a practicar la guerra sucia y cuánta arma vedada aparezca, esta vez enfiló baterías contra el nuevo Acuerdo de Paz, de cara a la elección de 2018.
Goebbels, súbdito de la República de Weimar, definió la estrategia utilizada: “Mientras más grande sea una mentira, más gente la creerá”. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los va dirigida. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su juicio escaso; además de tener gran aptitud para olvidar.” Nadie ignora cómo los misioneros del ‘NO’, con ceguera inaudita arroparon literalmente al país con grandes y pequeños embustes, burdos unos, refinados otros. Baratijas compradas por hipnotizados y frustrados adherentes que por distintos motivos los asumieron con ruidosa estupidez y silencio cómplice.
Los irrisorios 60.374 votos en favor del NO, no sanean la delictiva trampa con la que indujeron a los electores, lo que lo deslegitimó y dejó sin la autoridad reclamada para torpedear el ‘fast track’ y presionar de paso a la CC para que lo objete. Derrota que retrotrae el aforismo de Maturana: “Perder es ganar un poco”. La campaña sucia, aceptada por la autoincriminación de su gerente, se basó en los once principios goebbelianos: “La simplificación, el contagio, la transposición, la exageración y desfiguración, la vulgarización, la orquestación, la renovación, la verosimilitud, la silenciación, la transfusión y la unanimidad”. Mentiras que entre más se repitan -predica- terminan en que «todo el mundo piensa así». Falacias “ad hominem” (contra el hombre) ideadas y difundidas con astucia por “San Uribe”, quien se define, no como político, sino como un cínico guerrero capaz de hacer lo que sea, con tal de sacar adelante su cometido, polarizar al país con sus cursis trinos. Actos de miseria -marca de casa- utilizados para reactivar la cruenta hoguera, acogidos por su clientela como verdad revelada.
No hay mal que por bien no venga. El “fracaso” se trocó en la posibilidad de mejorar el Acuerdo. La sonrisa del belicoso, elusivo y dictatorial “San Uribe”, del periférico y marchito Pastraña, de monseñor belcebú Ordóñez y la falaz Martha Lucía, se convirtió en pucheros. En cambio las caras largas de los perdedores, en retozo de oreja a oreja. El que ríe de último ríe mejor. Descalabro que descorrió el velo que cubría los ojos de la gente, permitiendo que aflorara la luz que puso en ebullición a la juventud, excluida y abandonada, movida por un huracanado tsunami que incitó un cívico activismo, sin odios ni rótulo político, cargado de una intuitiva reflexión e instintivo discernimiento.
Fecunda rebeldía que convocó sin distingos a los desentendidos, a los del Sí y el No, articulados todos a un objetivo común, rescatar del abismal pesimismo y decepción en que se sumió el país, con su secuela de confrontación y guerra, contrarrestada por el grito: ¡Acuerdo YA! Imperativa solicitud que contagió y movilizó la nación, copó calles, la plaza de Bolívar donde acampó el clamor que retumbó en las universidades, concitó foros, saturó las redes sociales con textos, pancartas y memes alusivos a la paz y rechazo a la guerra uribista.
“Los tiempos cambian que es una barbaridad”, dice don Hilarión en la zarzuela, “La verbena de la Paloma”. El nuevo Acuerdo, epítome del querer de la gente decente (de la “decencia común”, decía Orwell), se ha constituido en modelo para otras martirizadas regiones del planeta que padecen igual tragedia. Logro que objetan los ultra-hostiles enemigos de la paz, por no ser los firmantes. Desilusión acrecentada por el desprecio que la Convención conservadora demostró hacia la feroz política prohijada por furibismo, que arrastra las heridas y dolores de los falsos positivos, seguida de la humillación infligida al trío de cadáveres políticos, tramposos pro-uribistas, “notables” por su felonía -Holguín, Yepes y el anónimo Manuel S. Mejía- que a ‘Sotto voce’, en forma encubierta pretendieron elegir al frívolo Patraña, mediante la edulcorada y distractora petición de los tres chiflados -dinosaurios, lastres del Partido- triturados por las bases en menos que canta un gallo, lo que dejó a la zaga la manoseada tramoya dilatoria de estos feriados testaferros dedicados a procrastinar lo acordado.
Al escrutar las trazas y antecedentes de los malos que en la vida han sido, arranco con el autócrata señor de la guerra, idéntico -como gota de agua- a Trump, déspotas tropicales de ásperos, bruscos y escabrosos modales. Remontado dos siglos atrás, encuentro a Hitler (1889-1945). Antes aparece Iván el Terrible (1530-1584). Y más atrás, en el siglo IV, tropiezo con Atila, Rey de los hunos, pueblo estepario originario de China. Alianza de tribus euroasiáticas. Bestias infrahumanas, efigies de maldad, de salvajismo y terror que lograron su apogeo bajo el mando de Atila, tan temido, que se conoció como «el Azote de Dios». Su historia, más que un relato de ferocidad, es la historia de un hombre nacido para ser líder, hábil para los negocios, para dirigir sus ejércitos y para el manejo de la espada. Reconocido -en sus mejores tiempos- por su inclinación a la guerra. Paradigma de fiereza, crueldad y destrucción. Algunos lo describen como un rey noble, de corazón grande -como el señor del Ubérrimo-. Se sabe que Atila se ponía la mano en el pecho frente a los vasallos y hordas de bufones. ¿Mera coincidencia? Enigma que dejo a los amables y pacientes lectores.
A la muerte de su padre, Atila, decide acompañar a su tío -avezado guerrero- para perfeccionarse en el arte de la guerra. Amenazó aplastar al Imperio Romano. Nuestro demoníaco “Atila paisa”, apostó borrar a “lafar”.
La revista «Time» -hace años- pidió a un grupo de historiadores hacer una lista de los diez hombres más odiados de la historia. Ganador indiscutible: El Führer (Adolfo Hitler). Para otros fue Atila, sinónimo de conflicto, barbarie, destrucción, pugna, rivalidad. Líder en definitiva cruel, excepcionalmente carismático y sagaz, faltó el maquiavélico de “San Uribe”, dado que el escritor y estadista florentino, emergió apenas en 1469-1527. Las mayores victorias de Atila no fueron siempre combatiendo, fueron también -repito- como astuto negociante. Sus ejércitos, con fuerza irresistible y mortífera, arrasaron lo que encontraron a su paso. Al perder la calma, se volvió cada vez -como su gemelo- más terco, obstinado y peligroso, Se llegó a pensar que estaba loco. Sus exigencias se hicieron cada vez más extravagantes, chocantes, inclementes y peculiares. Su intolerancia, traída al presente, la resume la descerebrada frase: “Te doy en la cara marica”. Atila, quiso ver cuánto más podía presionar a los romanos. Nuestro asfixiante y explosivo culebrero, cuánto podía molestar e interferir a Juanpa.
La cerrazón y pedantería, son malas consejeras, son un mal ejemplo para la obnubilada y desorientada masa, umbilicalmente adherida al insufrible “Mesías”, que como Trump, manejan un discurso políticamente incorrecto, elogiado por los buitres carroñeros que hambrientos bullen al hedor de la pestilencia.
Bogotá, 07 de diciembre 2016