Lorca
Víctor Hugo Vallejo
Han pasado ochenta años y no hay nada claro de cómo fue el crimen. Lo único que se sabe es que lo fusilaron a las 4:45 de la madrugada, en el camino que va de Viznar a Alfacar, en Granada, y que allí los nuevos amos del pensamiento y del gobierno que acababan de dar al traste con la Tercera República española se fueron satisfechos a casa por haber acabado con un espía más de los comunistas rusos, pero especialmente con un marica que amenazaba con contagiar a la humanidad de las malas costumbres.
En esa madrugada, junto al maestro de escuela Diósforo Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, a quienes la fama solamente les llegó a la hora de su muerte, pues de no haber hecho parte del grupo en que se acabó la vida de uno de los más grandes poetas del siglo XX en habla hispana, nadie hubiese sabido de su existencia, eran de los millones y millones de anónimos que en el mundo somos, cinco fusileros dispararon contra Federico García Lorca y cortaron la existencia de quien en apenas 38 años ya había traspasado las fronteras con su pensamiento, sus poemas, sus ideas y sus obras de teatro.
Los fusileros eran tres miembros de la guardia de asalto, un guardia civil y Antonio Benavides, un primo lejano del poeta cuya presencia solamente se entiende por la soberbia del nuevo poder que nacía del desorden que se quería establecer en busca del orden con las ideas de lo que sería la falange y generaría la sangrienta guerra civil española, a cuyo final surgió la figura nefasta del dictador Francisco Franco, que hasta 1975 mantuvo la mano fuerte y el rezago de la civilización de la península ibérica. Era la radicalización frente a la República por la supuesta detección de cercanías e identificaciones con la revolución bolchevique en Rusia que al cabo de 14 años aparecía como la gran panacea política del mundo.
Se han contado tantos detalles sobre la muerte del poeta, pero tantos son tan contradictorios que finalmente queda el vacío de cómo se dio este hecho con el que los nuevos amos pretendían borrar el pensamiento de quien consideraban una amenaza para cualquier cosa. García Lorca siempre fue partidario del socialismo, pero nunca fue un militante activo. Estuvo en cargos del gobierno republicano. Fue amigo de pensadores que iban por el camino de la democracia, pero no fue dirigente de nada, no incitó a nadie y como él mismo lo decía ”nunca tuvo enemigos”. En 1965 se hizo la investigación más cierta sobre ese crimen. El informe fue conocido veinte años después. La dictadura lo guardó celosamente. Al conocerlo –investigación oficial- se supo mucho: que nada quedó claro, distinto a que el 19 de agosto de 1936 en su Granada de siempre fue fusilado por la espalda.
Como en todo aquello en que no se llega a conocer la veracidad de lo ocurrido se levantan leyendas, decires y manifestaciones que bien parecen producto de egoísmos que conduzcan a prestigios de papel, como lo que se ha dicho que dijo Juan Luis Trescastro, uno de los delatores del poeta, quien manifestó que había estado y participado en el fusilamiento del poeta y que cuando estaba muerto, caído de espaldas, le había pegado dos tiros en los glúteos por “maricón”.
Quienes lo asesinaron han ido al olvido. El poeta, que no requiere de más apelativo que el apellido de su madre para ser plenamente identificado en todo el mundo, pues su obra ha sido traducida a más de 25 idiomas, sigue vigente. Han pasado 80 años de su muerte y se le sigue recitando, se le sigue leyendo, se le sigue representado en los grandes teatros de ciudades importantes.
Murió joven, muy joven. Es fácil especular que hubiese pasado con su obra de no haber dejado de existir tan temprano. Es propio del trabajo intelectual que con el paso de los años se enriquezca. Más lo cierto es lo que quedó y con ello basta para que sea inmortal. Sus criminales ya no son recordados ni por sus familias que cuando se supo lo sucedido y cuando retornó la democracia y la libertad a España, sintieron la vergüenza de que alguien pueda asesinar a sangre fría por razones tan poco convincentes como las que se le atribuyeron a Lorca, ninguna de las cuales corresponde con la realidad de lo que fue su vida.
Nacido el 5 de julio de 1898 en Fuente Vaqueros, Granada, donde estuvo en casa con sus padres Federico García Rodríguez, hacendado, y Vicenta Lorca Romero, maestra de escuela, a quien le debió las lecturas, los versos, la música, la pintura, las bellas artes en general, hasta los 11 años, cuando van a Granada en razón a sus estudios. Al nacer se tomaron el trabajo de blindar sus creencias con el nombre: Federico del Sagrado Corazón de Jesús, lo que al final no resultó. El y el mundo se encargaron que solamente conocieran a Federico.
Antes que las letras lo que le llamaba la atención era la música. Comienza a estudiar piano con el maestro Antonio Segura Mesa, con notable talento para interpretarlo. Los compañeros de estudio no carecían de vocablos de alabanza para las cualidades del pianista. Fue amigo y trabajó en varios proyectos con don Manuel de Falla.
En 1914 va a la Universidad para estudiar Filosofía y Letras y Derecho. Siempre puso más atención a las enseñanzas cálidas de las palabras contenidas en la literatura, que a las frías disposiciones jurídicas que mandan limitantes y sanciones que van contra la libertad plena del ser humano.
En la Universidad conoce al profesor Fernando de los Ríos Urruti, quien sería determinante en su vida. Un grupo de sus compañeros deciden en 1919 irse a estudiar a Madrid, por las posibilidades ciertas de desarrollo del conocimiento. Federico busca el apoyo del padre para ir con ellos. El padre se niega. El profesor de Los Ríos lo convence de la necesidad de aprovechar todos los talentos y la enorme sensibilidad del joven.
El grupo de granadinos llega a Madrid a vivir a las Residencias Estudiantiles, por donde pasaron genios como Albert Einstein, John Maynard Keynes y Madame Curie, con quienes se relacionó el poeta. Era el mundo del saber agrupado en jóvenes que sabían que en la vida iban para muy lejos, pero que a esa hora no sabían donde quedaba eso. Sólo sabían que hasta esa meta solamente se llegaba por el camino del conocimiento.
En 1921, por intermedio del profesor Fernando de los Ríos Urruti, conoce al gran poeta Juan Ramón Jiménez, determinante en su formación literaria. A finales de ese año regresa a Granada, de donde salió tantas veces y a donde siempre retornó, como que siempre quiso estar al lado de los suyos, de los rostros conocidos y de los paisajes que le emocionaban. Granada es distinto al resto del mundo. Su encanto se percibe hasta en el aire.
Para 1925 viaja por una temporada a casa de su amigo Salvador Dalí, quien siempre tuvo la convicción de que Lorca era más pintor que poeta e incluso logró que en 1927 hiciese una exposición individual, mientras que este convencía a aquel que escribiera. Su Oda a Salvador Dalí es un poema de versos profundos y de emocionalidad suprema: “¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada¡/ No elogio tu imperfecto pincel adolescente/ ni tu color que ronda la color de tu tiempo/pero alabo tus ansias de eterno limitado. El mundo tiene sordas penumbras y desorden/en los primeros términos que el humano frecuenta/ Pero ya las estrellas ocultando paisajes/señalan el esquema perfecto de sus órbitas”. Fue su amigo de siempre.
Se le clasificó como unas de las figuras de la denominada Generación del 27, de la que también hicieron parte creadores de la talla de Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Alexandre, Manuel Altoaguirre y Emilio Prado. Un grupo al que la literatura de habla hispana le debe tanto.
En 1929 viaja a Nueva York en compañía del profesor Fernando de los Ríos Urruti que siempre mantuvo sobre Lorca una gran influencia y entre quienes se generó una amistad eterna. Allí, en 1930 publica una de sus obras fundamentales “Poeta en Nueva York”, en el que da a conocer sus cantos de amor por el ser humano, por el mundo, por lo que rodea a todos los seres vivientes.
De Nueva York viaja a la Habana , donde permanece por largo tiempo, asimilando la cultura y las costumbre ricas de la descendencia africana, con toda su autenticidad y su constante alegría expresada en canciones, poemas, ritmos, bailes, vida, costumbres.
Para 1931 nace en España la Tercera República, en la que Fernando de los Ríos juega un papel trascendente. El poeta regresa a España y desempeña diferentes cargos oficiales, pero en especial recibe el apoyo para la creación de La Barraca, en asocio con Eduardo Ugarte, y da rienda suelta a su creación teatral con piezas que son estrenadas, la mayor parte de ellas con mucho éxito, otras no tanto y otras con rotundo fracaso. Ese es el mundo del teatro. Un día te aplauden y al otro te silban.
Recorre el mundo de habla hispana. La República tambalea. En algunos países, como Colombia, le ofrecen asilo político, pero se niega a abandonar a sus amigos, sus paisajes, sus tantos quereres. Siempre regresó a España y siempre regresó a Granada. No podía vivir sin su aire.
El 14 de julio de 1936 regresa a Granada. Tres días después las fuerzas armadas se levantan contra la República. Era el 17 de julio de 1936. En su ciudad se seguía respirando la normalidad, pero el 20 de julio se subleva la guarnición local y se suma al golpe militar. Deponen al alcalde de Granada, Manuel Fernández Montesinos, cuñado del poeta. Entran a mandar los militares amigos de la ideología de la falange. Lorca pierde su seguridad personal. Busca refugio donde su amigo falangista el poeta Luis Rosales. No fue suficiente.
El 16 de agosto llega a la casa de Rosales un fuerte grupo armado. Con ellos iban Juan Luis Trescastro, Luis García Alix y Ramón Ruiz Alonso, quienes previamente habían denunciado ante el Gobernador de Granada, José Valdés Guzmán, a Lorca por espía de Rusia, anarquista, propulsor de las ideas democráticas, Masón miembro de la Logia Alhambra y lo más grave: homosexual. El funcionario no dudó en ordenar su detención, estuviera donde estuviera. Era un peligro social. Antes consultó con un dirigente nacional del golpe, Queipo del Llano y le preguntó que hacía con él. Este le respondió: “Denle café, mucho café•”. Lo llevaron a la policía de Viznar.
No hubo juicio. No hubo cargos. No hubo acusación. Suficiente con que no fuera falangista. En la madrugada del 19 de agosto lo llevaron junto a sus compañeros de muerte por el camino que va de Viznar a Alfacar y les dispararon con fusiles de largo alcance a corta distancia. Les querían matar hasta el pensamiento. No lo lograron. No se sabe donde está su cadáver. Las tumbas que de él se tienen son simbólicas. Nada de eso importa. Lo que trasciende es su obra y sigue ahí. Son 80 años y la verdad de lo ocurrido no ha llegado.