Dalí
Víctor Hugo Vallejo
Le ha venido bien el tiempo a Dalí. A 27 años de su muerte ha dejado de ser el extravagante personaje de tantas reuniones, muchas de ellas en un todo ajenas al arte mismo, en las que era bienvenido porque de alguna manera constituía el elemento de llamada de atención, que estaba más preocupado de cómo escandalizar, sorprender y ser el centro de las miradas, que de posiciones serias en lo que hacía, a pesar de que sabía que lo hacía muy bien.
La extravagante y en no pocas ocasiones ridícula presencia del pintor español en muchas oportunidades –la mayoría de ellas- opacaba su obra y quienes tenían el gusto -¿o disgusto?- de conocerlo, quedaban estragados de sus gestos, su presencia, sus vestidos, sus modales, sus expresiones, su suficiencia que se colocaba por encima de todos, sin importar quienes se encontraran entre esos todos.
Quienes no estaban en esas reuniones mediáticas, más de farándula que de arte, y se enteraban a través de los medios de información de sus actitudes, de su personalidad, de sus reacciones –con lo que lograba su propósito esencial: ser visible-, al no compartir sus maneras, no querían abordar el conocimiento de su obra. No les interesaba la obra de quien se presentaba más como un gran charlatán, capaz de escandalizar cada que hablaba o cada que se movía. Pensaban que su obra era de la misma calidad estrafalaria de su creador. Preferían ignorarlo.
Dalí era consciente del efecto de sus actitudes, que siempre fueron asumidas de manera propositiva, pues mientras siguiera siendo un personaje de primera plana, siempre sería el gran invitado a numerosos eventos y el precio de sus obras crecía como espuma, porque las grandes galerías del mundo se basaban en la exposición mediática para evaluarlas. El éxito le sonreía y a él le gustaba. Para eso vivía. Había superado todas las limitantes que le quisieron imponer cuando lo catalogaban en grupos determinados de escuelas artísticas que al final terminaron renegando de su ausencia de disciplina frente a los lineamientos que señalaban los orientadores de tales tendencias. Lo tenía sin cuidado. Le encantaba que lo expulsaran de toda parte, porque en cada expulsión se hacía más famoso y mientras más fama tuviera sus obras serían mucho más costosas.
En vida, su obra como pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor fue asunto de expertos, de entendidos, de escogidos. El común de la gente no lo soportaba. Era demasiada extravagancia para un mundo que si bien cada día era más cambiante, tampoco admitía el abandono total de los cánones sociales. Esos escogidos que se ocuparon de su obra, de todos modos lo hacían con compras multimillonarias de cuadros que hoy son clsicos de referencia. illonarias de cuadros que hoy son cla, de todos modos lo hacn cada dientos que señalaban los orientadores dásicos de referencia.
Desaparecida su figura física el 23 de febrero de 1989, pierde importancia la forma de ser del pintor y gana en trascendencia lo que hizo. El paso del tiempo va consolidando esa ecuación, al punto de que ya se le comienza a observar como un verdadero maestro de las artes plásticas, en quien se descubren demasiadas esencias que le son propias, que construyó en forma original y que lo hizo único. Y no se trató de crear a través de formas no inteligibles para dejar el asunto en manos de quienes dicen saber y cuentan lo que ellos a bien tienen. No. Se trataba de tomar la vida real y llevarla a la creación pictórica con más imaginación de la que la vida le pone a la imaginación de los seres humanos.
Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domenech, Marqués de Dalí Pubol (título comprado en el mercado de la sangre azul, para poder acceder a la propiedad de un castillo que siempre fue de la nobleza, para Gala), a quien el mundo conoció, conoce y conocerá como Salvador Dalí, es ahora un genio que puede ser apreciado por todos, que al acercarse sin las prevenciones de la provocadora presencia del autor, se detienen en los rasgos y definiciones que están en toda su obra. Un gran dibujante, un gran conocedor del manejo del color, un gran imaginador de las cosas y los seres humanos de otra manera, pero sin abandonar la esencia de cada elemento para mantener la identidad que le permita al observador saber de que le están hablando.
Nacido en Figueres, Cataluña, en España, el 11 de mayo de 1904, en un hogar burgués presidido por un rico Notario, casado con una mujer de excelsa sensibilidad que le dio las orientaciones necesarias para que fuese artista. Apenas haciendo los primeros pasos en el aprendizaje de la pintura, conoce a los impresionistas franceses y a los 12 años se dice impresionista y pinta como impresionista, con gran calidad, aunque no deja de ser un imitador de lo que hacen los plásticos galos.
A los 14 años entró en contacto con otro catalán universal, Pablo Picasso, que en ese momento andaba en la etapa del cubismo y se hizo cubista, con gran calidad, pero sin que estuviese aportando nada nuevo a la pintura.
A los 15 años edita la revista “Studium”, básicamente con el fin de hacer conocer masivamente sus dibujos. Quienes conservan ejemplares de las pocas ediciones que se hicieron de esa publicación, poseen un tesoro, pues allí estaba el Dalí incipiente, pero siempre semilla de lo que sería en los años que estaban por venir.
En 1921 decide ir a estudiar a Madrid a la Academia de Bellas Artes y allí se aloja en la Famosa Residencia de Estudiantes, paso obligado de muchos genios universales, que se unieron más por la casualidad que por la causalidad. En esas residencias conoce a quienes fueron sus dos grandes amigos: el poeta y dramaturgo Federico García Lorca, de quien fue demasiado cercano hasta cuando en 1930 rompieron relaciones por asuntos que no viene al caso traer aquí y de Luis Buñuel, el más grande entre los grandes directores de cine que ha dado España. De esa amistad tripartita nacieron grandes creaciones. Con García Lorca se ayudó en el manejo de la escritura y con Buñuel filmó un clásico del séptimo arte “El perro andaluz”, la mayor expresión del surrealismo.
En 1923, como es apenas lógico en medio de tantos genios, se da una gran protesta en demanda de reformas disciplinarias y académicas en la Academia de Bellas Artes. Los directivos reúnen a los estudiantes con el fin de intercambiar opiniones y llegar a acuerdos. En el momento en que iban a comenzar a hablar los directivos, Dalí se aburre, se pone de píe, se va y abandona la Academia. En el momento en que él sale, se forman desórdenes que causan estragos en las instalaciones y lo que era un diálogo termina en un grave enfrentamiento de hecho. Los disturbios fueron mayores. Dalí va a Figueres y a los pocos días llega la Policía a detenerlo bajo el cargo de que los desordenes comenzaron cuando él, al abandonar la sala, dio el santo y seña de comenzar la destrucción. Estuvo varios días preso. Fue dejado en libertad por las influencias de su padre.
En libertad, va a Cadaqués donde recibe en casa a su amigo García Lorca, con quien departe una temporada de muchos intercambios en palabras, en creaciones, en comprensiones. Fueron unos días felices para ambos.
En 1927 va a Paris por primera vez. Conoce ese mundo en el que giraba el centro de la creación artística y en el año siguiente decide quedarse a vivir allí. Se acerca un poco más a Picasso y se relaciona con Joan Miró, a través de quien conoce al gran pontífice del surrealismo André Breton. Se hace definitivamente surrealista y llega a ser el más grande de todos. Años más tarde el mismo Breton lo expulsa del surrealismo acusado de ser un comerciante del arte.
En 1929 conoce a la mujer del excelente y vanidoso poeta Paul Eluárd, Gala Eluárd, una bella rusa nacida en 1894 con el nombre de Elena Ivanovna Diakonova, de quien se enamora perdidamente y ella que no le era demasiado fiel al poeta, le llama la atención ese ser humano diferente, provocador, extravagante, pero dispuesto a entregarse a ella. Van unos días a la campiña francesa y quedan prendados por siempre jamás. Gala haría parte de la vida misma de Dalí, como uno de los signos de plena identificación del pintor., No es posible concebir a Dalí sin Gala. Ella al final tuvo la delicadeza de mantener su nombre, pero ahora como Gala Eluárd Dalí, para rendir homenaje a los dos hombres que amó, olvidando los amores pasajeros que eran más placeres que lo primero.
Antes de ingresar a la escuela surrealista, Dalí demostró con suficiencia que era capaz de los más grandes y finos detalles en la pintura realista, de lo que es claro ejemplo uno de sus más bellos cuadros: “Muchacha en la ventana”, de 1925, que da dificultad entender y aceptar que se trate de un óleo y no de una foto a pleno color – que para entonces no existía-.
En 1934 va por primera vez a Estados Unidos, uno de los lugares que mayormente lo vio crecer como artista y que toleró más de una de sus extravagancias. Volvería muchas veces e incluso se instaló en varias temporadas en Nueva York, donde pasó a ser una más de las estrellas del espectáculo comercial.
En 1938, a través del historiador y escritor Stephan Zweig, conoció a Sigmund Freud, quien de alguna manera se había convertido en el gran brujo de los surrealistas, quienes en la construcción y expresión de los sueños encontraron tanta identidad con el creador del psicoanálisis tan cuestionado ahora. Muchas veces se reunieron. Hablaron. Freud estaba acostumbrado a hablar con seres de personalidad extraña. Más ,llegó a decir que Dalí era el más extraño de todos. Ni Freud fue capaz de entender, comprender y aceptar el carácter del español.
En 1939 en Nueva York acepta decorar unos estantes de exhibición de una gran cadena comercial y para ello escogió el tema del día y de la noche. Cuando avanzaba su elaboración, el dueño del negocio le hizo varias modificaciones a la propuesta de Dalí, lo que le generó una furia satánica, y con elementos contundentes destruyó lo hecho, incluidas las vidrieras. Los medios defendieron su decisión de hacer respetar los derechos de autor del creador artístico. Los tribunales judiciales lo condenaron a devolver el adelanto de los honorarios y al pago de la indemnización de daños y perjuicios. También era terrenal, que era lo que pretendía no ser.
Gala se le murió en 1982 y su vida fue en declive, aunque nunca dejó de escandalizar, incluso con demostraciones que por la edad lucían patéticas. Seguía enamorado de si mismo, de sus conductas, de sus gestos, de su bigote doblado hacia arriba y engominado. Se resistía a dejar de ser fetiche, seguía creando pero con una clara muestra de cuando llega el ocaso de los genios.
Cuando se muere, su figura externa empieza a diluirse y su obra comienza a ganar el lugar que siempre ha tenido, pero que ahora no cuenta con el estorbo de la extravagancia de su autor. Apreciar a Dalí ahora, especialmente para quienes no conocieron al pintor, es saber de un gran creador, imaginativo, humorístico, satírico, fuerte, contestatario, con profundas ideas sobre el mundo y el ser humano. Ver su obra ahora es saber que el tiempo le viene bien a Dalí.