7 de junio de 2026

Canción

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
28 de octubre de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
28 de octubre de 2016

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoCuando Evan se fue a la guerra, a cumplir con el reclutamiento obligado, era un hombre bueno, tierno, amoroso, dedicado a su esposa y a su hijo y al trabajo ordenado en la parcela heredada por ella de su padre, que volvieron altamente productiva y les daba un muy buen vivir.

Cuando Evan volvió al cabo de unos meses de manera sorpresiva a la casa., Christ estaba de espaldas, una luminosa mañana, dándole de comer a las aves de corral. No percibió la presencia de su esposo hasta que este comenzó a gritar como un poseso que la necesitaba de manera urgente en la cama, porque estaba que ardía de deseo sexual. Ella no entendía pues ni siquiera la había saludado. Guardaba silencio, se quedó estática. Evan arrojó su morral contra el quicio de la puerta, se devolvió hasta donde estaba su esposa, la tomó de manera brusca, la arrastró consigo, la llevó hasta la habitación, la tiró sobre la cama, ante su resistencia se cayeron de la cama, la violó en el piso.

Al poco tiempo el soldado del ejército escocés retomó sus pocas cosas y de nuevo emprendió el camino de la incorporación a las filas bélicas en una guerra (la I Guerra Mundial), que no lograba entender, pero que estaba obligado a pelear. Le cobraron su salida sin permiso de los combates, lo sometieron a juicio y lo fusilaron, teniendo la oportunidad de verse con un paisano suyo antes de la pena capital y enviando un mensaje de dolor, de arrepentimiento, de tristeza, de muchas lágrimas a su esposa e hijo y reiterándoles que los amaba. La muerte cercana es capaz hasta de recomponer sentimientos que parecen ciertos desde las palabras, pero que en los hechos vitales no han sido demostrados. Fue historia de un muerto más en una guerra que pelearon muchos de los que no entendían de que se trataba y además ni siquiera estaban preparados para ello. Evan era apenas un campesino escocés.

La noticia de la muerte de su esposo le llegó a Christ con ese color oscuro de un día cualquiera cuando la notifican oficialmente, con un oficio necesariamente acompañado de una nota de condolencia y solidaridad, escrita por un empleado público que redactaba muchos de los mismos sobre quienes nunca había visto, ni mucho menos conocido. Eran los combatientes muertos de quienes se decía “se lamentaba su muerte, la muerte de un héroe de la Patria”.

Christ lloró. Amaba a su marido. Era la única persona que le había dado ternura, comprensión y respeto en la vida. Cuando abusó de ella fue capaz hasta de entenderlo en su desespero de combatiente aislado, pero mayores ofensas y agresiones había soportado en su existencia, cargada de imposiciones, de arbitrariedades y de negaciones de la dignidad humana.

Christ lloró mucho. Mirando a su hijo. Mirando su casa. Mirando los cultivos. Mirando los animales, entendió que la vida seguía adelante y que era cuestión de seguir con ella, acumulando un dolor más. La resignación fue lo más trascendente que pudo aprender a lo largo de un poco más de veinte años. Desde la resignación, las cosas no mejoran, pero se hacen llevaderas y permiten vivir aferradas a dogmas simplemente aceptados.

La vida debió seguir. La guerra terminó en 1919, se logró la derrota de Alemania. Los triunfadores le impusieron un humillante tratado de paz, el de Versalles, que de alguna manera a largo plazo se convirtió en el semillero fructificante de la segunda guerra que estalló en 1939. De los muertos de la primera todos perdieron memoria. De los de la segunda tampoco hay recuerdo ahora. De las guerras apenas queda la historia para ser contada y no asimilada por nadie, porque el ser humano sigue teniendo las confrontaciones bélicas como uno de los grandes negocios. El mundo es utilitarista. Lo que produzca ganancias, no importa que genere muerte.

En un pequeño paraje rural escocés se cuenta la historia de “Sunset Song”, traducida en las carteleras en español como “Canción del atardecer”, estrenada el 3 de marzo de 2016 en el Festival de Cine de Rusia, a donde llegó el realizador británico Terence Davies con su proyecto de veinte años. El mismo hace los guiones de sus películas. Fueron veinte años de este proyecto que los productores se negaban a financiar en los términos en que estaba concebido, porque lo consideraban demasiado ofensivo en contra de muchas creencias. Davies se mantuvo en su punto. No toleró modificación argumental alguna, hasta que en el 2015 logró tener los recursos suficientes para hacerla y producir una verdadera obra maestra del cine moderno.

Para Davies el cine es como una sinfonía y ha explicado que su obra siempre la produce con las técnicas de un músico sinfónico, teniendo una gran preferencia por Anton Bruckner y Jean Sibelius. Para Canción del Atardecer siguió los lineamientos creativos del primero de estos compositores. Hizo una cinta de ritmo lento, que acelera en sonido, imágenes, diálogo sólo en los momentos en que la vida real se acelera. Va sosteniendo una velocidad que angustia por momentos, especialmente en aquellos en que las agresiones irracionales le dan frente a las cámaras. Al espectador le duelen esas actitudes y desde la óptica de los tiempos modernos se siente desconcertado. No logra entender como desde las simples creencias se puede llegar a esos niveles del absurdo. El ser humano ha sido ser humano desde siempre y siempre ha tenido derechos. Las creencias en más de una ocasión los han borrado y los siguen borrando.

Es un canto a la tristeza, a la soledad, a los amores rotos, a los afectos heridos de manera constante. Terence Davies es especialista en manejar en su obra los efectos paralizantes de la religiosidad dogmática y los dibuja con tal fortaleza que terminan siendo repelentes.

Christ es la segunda hija de una familia campesina escocesa, presidida por un padre católico fanático, que no duda en castigar a un hijo de manera violenta por el solo hecho de mencionar la palabras dios en presencia de los animales. Un padre posesivo, ultrajante, humillante, castigador en exceso, al lado de una madre pasiva, lenta, incapaz de hablar, incapaz de defender a sus hijos, incapaz de resistirse a seguir concibiendo hijos al tenor de la sentencia de su cónyuge de que hay que tener los hijos que dios mande.

El hijo mayor Willi, se cansa de tanto maltrato, de castigos exagerados como tener que soportar siete correazos en su espalda desnuda, sin ningún gesto de dolor, sin ninguna expresión, con un dolor que en un momento dado le impide caminar. Dudó mucho de irse de casa. Sentía temor por su hermana. Y por sus hermanos gemelos. Un día la madre tiene nuevos gemelos , sufre en silencio, no dice nada, al poco tiempo y ante los constantes castigos a Willi, se encierra en su habitación, con los bebés, y se envenena en compañía de ellos. No quiere soportar más seguir teniendo hijos que son actos de reproducción, más no de amor, ni mucho menos permitir que los dos nuevos gemelos crezcan en medio de tanto ultraje. Es preferible la muerte. El padre apenas tiene una corta voz de reproche por realizar un acto en contra de dios. La vida sigue: los hijos lloran. Willi decide irse y nunca más se vuelve a saber de él. Los gemelos menores de edad se los lleva una hermana del padre. Christ queda sola con su padre. Deja los estudios de magisterio que era toda su ilusión. Ya es ama de casa siendo muy joven. Un día el padre enferma y muere. No hubo una sola lágrima. Christ no entiende que sigue de ahí en adelante- Se sorprende cuando el notario lee el testamento y entiende que su padre le ha legado todos los bienes, incluso dinero en efectivo. Conocerá a Evan, se casará con él, será feliz y volverá productiva la granja. Y un día llega la guerra.

Es la penúltima película de Terence Davies, quien ya acaba de estrenar una obra en la que se ocupa de la vida de la poeta norteamericana del siglo XIX Emily Dickinson, “Quieta Pasión”, en el reciente festival de Berlin, Alemania, con toda la sensibilidad que siempre maneja, como que es un especialista en temas de resistencia emocional, por lo que sus personajes son profundamente definidos, sin importarle para nada que el espectador se llegue a identificar con ellos o no. Lo que le importa es decir lo que piensa y como lo piensa.

Y la película no podía carecer del elemento que la define. Posee una música majestuosa, llena de canciones folclóricas escocesas, en bellas voces individuales y corales, con una orquestación extraordinaria. La música se le encomendó al maestro Lewis Grassic Gibbon. Con una fotografía en la que priman los tonos semioscuros, un manejo dosificado de la cámara, la sugestión de muchos hechos que no se le entregan en forma explícita al espectador, la cinta se convierte en un homenaje al conocimiento y la creación artística.

Terence Davies nació el 10 de noviembre de 1945 en Kensington, Liverpool, Reino Unido. En 1976 realizó su primer cortometraje “Niños”, un tanto autobiográfico. En 1980 hizo su primer filme “Virgen con el niño”. En 1983 hizo “Muerte y transformación. También son de su dirección “Voces distantes”, “El largo día acaba”, “La biblia de neón”, “La casa de la alegría”, “Quieta pasión”, que es de 2016. Toda su obra se destaca por un lenguaje propio, académico, independiente., alejado de cualquier condicionamiento que le vaya a impedir expresar lo que opina sobre tantos temas humanos. El ser humano es el centro de su pensamiento.

En “Canción del atardecer”, el director se vale de unos actores extraordinarios que dejan saber de la existencia de unos seres humanos que llegamos a considerar reales. Allí están Agyness Deyn, Peter Mullan, Kevin Guthrie, Ian Pirie, Jack Greenlees. Es una historia para ver, pensar y repensar al ser humano. Ocurre a comienzos del siglo XX en Escocia, poco antes del inicio de la primera Guerra Mundial. Muestra los estragos de la guerra y los de las creencias fanatizadas. Igual el absurdo de la obediencia incondicional, que no debe proceder jamás, por simple respeto a la dignidad humana. Toda la historia es una bella canción, lo que de alguna manera le disminuye dureza al tema tratado.