Libertad
Víctor Hugo Vallejo
Cuando apenas tenía tres años de edad supo lo que quería ser en la vida: libre. Al encontrar la libertad la vio oscura, desolada, fría, sin gente, con mucha angustia. Iba para su casa pero no sabía donde quedaba la casa de la que lo habían sacado para llevarlo a un orfanato, donde no permaneció más de unos minutos, como que alcanzó la puerta de entrada –y salida- antes de que la cerraran con llave. Le gustaba esa libertad, pero a la vez lo asustaba. Esa libertad era mucho más grande que él con esa corta edad y esa necesidad inmensa de estar acompañado.
Una señora desconocida lo halló en la soledad de esas calles de Juárez y lo interrogó por estar dando vueltas sin sentido. Le dijo que iba para su casa. Las señora se ofreció a llevarlo, que le indicara por donde se iba a su casa y en búsqueda de quien. Apenas supo decirle que iba en busca de su madre Victoria y de su hermana Virginia, pero que no sabía por donde ir. Dieron algunas vueltas por las calles cercanas, con resultados negativos. El niño no sabía para donde iba. No sabía donde quedaba ese lugar para el que el que pretendía ir.
Llegaba la noche. La señora decidió llevarlo a su casa. Esa libertad que lo asustara al comienzo le comenzó a parecer menos difícil. Allí encontró abrigo, comida y cariño. Sentía que le faltaban sus mujeres, pero estaba al lado de otra que respiraba ternura. Nunca supo su nombre. Ella fue hasta donde las autoridades de policía y al fin pudieron saber donde estaba el niño, pues en la búsqueda de ambos lados era imposible encontrarse. Victoria y Virginia lo recogieron. Lo llevaron a casa. Pasó la angustia para ellas.
Al poco tiempo lo volvieron a llevar a otra institución educativa del Estado, donde le pudieran dar comida, alojamiento y educación. Allí sintió que la libertad se perdía de nuevo y que la soledad lo acompañaba permanentemente en medio de muchos compañeros en la misma situación de él. Todos pensaban que en casa no los querían y especialmente que sus madres no los querían a ellos como hijos. No estaban en capacidad de entender que esas madres que se desprendían de sus pequeños hijos lo hacían obligadas por el hambre, la necesidad y el intenso trabajo de muchas horas para tener como salario unas muy pocas monedas que no alcanzaban para sostener tantos hijos. El lo comprendería muchos años después, cuando la convicción de ser un abandonado de la vida se hubiese acabado con la compañía de tanta gente a quien no conocía, pero que a toda hora lo querían conocer a él. Fue muchos años después.
En esa institución educativa buscaron padrinos de acompañamiento para que les enseñaran a hacer algo útil en la vida de manera inmediata, pues las posibilidades de ciclos completos de aprendizaje eran mínimas. Tenían que aprender algo con que defenderse en la vida. Los padrinos formaron en fila y los presentaron por sus nombres y oficios. Cada niño escogía a quien quería por padrino. El escogió a un hombre adulto, de gafas caídas, mirada dulce y tierna, sombrero y bastón en la mano derecha como apoyo a sus dolencias de piernas. Lo escogió por intuición. Era un humilde artesano, que lo llevaba a casa a enseñarle cosas prácticas. Un día vio que en un rincón de la casa tenía un viejo violín y le preguntó que si había tocado alguna vez. Le dijo que aún tocaba. Era casi sordo. Lo tocó frente al niño. No eran muy finos los acordes, pero a ese infante le gustó como sonaba un instrumento musical y supo de otra dedicación en la vida: sería músico. Su padrino se llamaba Juan Contreras que le fabricaba instrumentos de madera para que aprendiera a mover sus manos. Lo puso a cantar y descubrió que tenía una voz diferente a todos. Y además descubrió que tenía el talento innato de quien nace para ser determinada cosa en la vida. Juan, como pudo, le compró una guitarra y le dijo: “Nunca más en la vida camines sin ella. Será tu compañera de vida”. Intuitivamente la aprendió a tocar y comenzó a cantarle a su padrino lo que iba componiendo, como “El Palomo”, compuesta en un momento de dolor al ver caer un ave agredida con una piedra arrojada por un compañero de juegos. Ese día también supo que le cabía mucha ternura en el cuerpo.
Y la vida se definió: sería músico, compositor y cantante, sabiendo a ciencia cierta de las enormes dificultades que tendría para llegar a ser alguien en un mundo en el que en su México de nacimiento hay tanto talento. Es una historia conocida de los muchos rechazos, engaños, talanqueras y trampas que le pusieron para llegar a ser el gran ídolo cuya muerte ahora se lamenta en el mundo de habla hispana y otros idiomas que oyeron de cómo se canta desde el corazón.
Se llamaba Alberto Aguilera Valadés, quien a sus inicios de presentaciones en clubes nocturnos donde lo dejaban entrar a cantar gratis y una vez que presentaba su show lo sacaban a empellones por ser menor de edad. Su primer nombre artístico fue Adán Luna. Le gustaba. Quienes lo oyeron por primera vez gozaban con ese Adán de voz delgada y tonos altos, capaz de sacar los versos pegados a los instrumentos sin dejar confundir melodía con armonía y llevando con su cuerpo lo que iba cantando, sin ocultar los movimientos femeninos que se fueron desarrollando en su figura. No era un cantante: era un espectáculo en crecimiento. Sus ropas eran tan humildes como sus ingresos. No dejaba la guitarra en ningún lado. Con ella se sentaba a componer y las canciones le iban saliendo como si dentro tuviera una fábrica de pentagramas.
Se metió de cabeza en la lucha por ser estrella y lo consiguió. Cuando logró contra viento y marea que una casa disquera le grabara una canción (“No tengo dinero”), el tema fue un éxito rotundo. La casa disquera supo que ese cantante flaco, medio desgarbado de cara bonita, de movimientos atractivos y de manera diferente de cantar las letras, que trató con menosprecio al comienzo, era una mina de oro en bruto y lo contrató de ahí en adelante, pero con la condición de que tuviese un nombre comercial. Pensaron mucho. Hicieron varios intentos. En medio de las propuestas a él se le ocurrió rendirle el homenaje al hombre ausente de su vida,. Gabriel, su padre, y al hombre más presente de ella, Juan, su padrino educativo. De allí salió el Juan Gabriel, la figura mundial de la canción, parte de la tríada superior de compositores que ha dado México, en asocio con Agustín Lara y José Alfredo Jiménez, quien alguna vez dijo que Juan Gabriel era muy superior a él. Eran palabras mayores.
Es el Juan Gabriel –se dice es, pues no dejará de ser por cientos de años, mientras sus canciones pervivan en la memoria y las emociones de tanta gente que con ellas ha amado, llorado, sonreído, gozado y especialmente gritado- que se murió de un infarto fulminante el pasado domingo 28 de agosto, cuando reposaba después de que un día antes había ofrecido un concierto en Los Ángeles, en el que cantó durante tres horas continuas ante un escenario lleno hasta las banderas. Se murió en libertad. En la libertad de dolencias postrantes, en la libertad de no tolerar dolores, en la libertad de no ser visitado como desvalido, en la libertad de estar en el apogeo de su existencia, cuando hacía lo que le determinaba su voluntad, que fue la que siempre impuso por encima de las observaciones y las críticas de quienes le miraban con ojos moralistas, pero en sus casas cantaban sus canciones.
Conoció la gloria. Fue figura indiscutible. Rescató a su familia del olvido. Especialmente a su madre Victoria, a su adorada hermana Virginia y a todos sus hermanos, incluido aquel que alguna vez le dio una paliza terrible para tratar de hacerle cambiar de idea de ser cantante y dedicarlo a que cultivara la tierra., como si los genios hubiesen nacido para ser peones. Estaba en paz con la vida, con las emociones, con el amor, con la tristeza, con la angustia, con todo. Lo dijo en sus canciones y puso a un mundo a cantar tantas cosas bonitas que se quedan por siempre, después de él.
Había nacido en Parácuaro, Michoacán, y muchos dijeron que era de Juárez, ciudad que fue un accidente de fatalidad a donde lo llevaron siendo muy pequeño por los despojos violentos de que fue objeto su padre, Gabriel, quien en medio de las necesidades no satisfechas de una numerosa familia, cayó en crisis de comportamiento que fue atendida con los crueles métodos psiquiátricos de antes, de choques eléctricos y agresiones de forzudos enfermeros, de lo que huyó para no volverse a saber nunca más de él. Fue la ausencia que el cantante nunca supo entender.
Fueron más de 1.800 canciones las que salieron de su capacidad de compositor. Grabó 1.500 de ellas. Sus canciones las han grabado más de mil aristas. Ha sido traducido a varios idiomas con arreglos musicales que respetan su idea inicial. Muchas de las grabaciones contaron además con el talento de él como arreglista. Fue un genio de la música.
El 28 de agosto de 2016 se fue de la vida Juan Gabriel, a los 66 años, gozando de la plenitud y haciendo lo que siempre quiso: ser libre y cantar. Por siempre Juan Gabriel.