18 de mayo de 2021
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Por construir

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
25 de agosto de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
25 de agosto de 2016

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoPodemos tener el concepto de paz porque lo hemos estudiado, nos lo han explicado o lo hemos anhelado. Desde la vida cotidiana, varias generaciones no lo conocemos en su realización, pues nacimos y nos criamos en un país en medio de muchos conflictos, todos ellos caracterizados por la violencia en algunas ocasiones selectiva, en otras indiscriminada, pero siempre con consecuencias negativas para todos, especialmente para quienes poco han tenido y al final fueron despojados de todo, porque los violentaron o sencillamente porque el miedo pudo más que el deseo de conservación patrimonial.

La vida se ha llevado con la carga de esa violencia que cada día ha ofrecido una sorpresa impactante de la que nos aterramos por unas horas, pues ha sido necesario pasar a aterrarse, casi de inmediato, de otro ejercicio de crimen, de odio, de sangre, de destrucción. De tanto terror se ha podido llegar a la indiferencia, mientras esa violencia no tocase la puerta propia. Han sido tan pocos los que no han sido objeto de agresiones y despojos, que bien se puede decir que todas las puertas de los hogares colombianos han sido traspasados por el miedo. Muchos se fueron. Muchos se quedaron por no tener con que irse. Otros han asumido la resignación y la fuerza de convivir con lo que ha correspondido ante la imposibilidad de que alguien ganara el conflicto, para al menos saber cual era la fuerza que se impondría de ahí en adelante.

El conflicto entró a hacer parte de la rutina de lo que se es como colombiano y se llegó al colmo de que ninguna de las dos partes estaba interesada en ganarlo, por la sencilla razón de que la guerra es un buen negocio. Para los que viven de la comisión de delitos, por la productividad económica de la misma y los que combaten el delito porque es el camino de las jubilaciones tempranas y la ostentación de beneficios por encontrarse en el combate. Los combatientes han vivido del conflicto. Ha sido su negocio. Los negocios no se destruyen, se conservan. Eso define el conflicto en el tiempo: mientras sea negocio para quienes lo disputan, va a permanecer.

Había que ir más allá. La violencia no era solución, apenas un negocio de unos pocos. La paz siempre ha sido el derecho de todos. Alguien tenía que intentar la vía del diálogo, entre partes no vencidas. No es fácil negociar en tales condiciones, pues cuando hay un vencedor, este impone las condiciones del acuerdo. Cuando no lo hay, se tienen que acordar las que se quieren a cambio de no echar más bala y no causar más daño, de parte y parte. No es tan simple como decir quienes eran los buenos y quienes eran los malos. Es que las víctimas son víctimas, provenga de donde provenga el mal que las convierte en tales.

Un gobierno nacional que no ha gozado –ni goza- de la mayor credibilidad, se sentó a dialogar con los dirigentes del otro actor violento entre el 23 de febrero y el 26 de agosto de 2012, en La Habana, gracias a la facilitación del gobierno de la isla. Dijeron muchas cosas. Los primeros contactos dejaron la ingrata sensación de fracaso. Hubo paciencia. En ambas partes sabían que habían 45 millones de personas esperando lo que dijeran, lo que concluyeran y lo que se propusieran. La presión social se hizo sentir. No se pararon de la mesa. Finalmente llegaron al más difícil de los acuerdos: sentarse a negociar, tener una agenda que negociar y saber que todo debía conducir al cese del conflicto y a la formulación de un proyecto de construcción de paz entre esas partes.

El 18 de octubre de 2012 se conformaron las comisiones negociadoras en el más alto nivel posible para ambos combatientes. De una parte el gobierno nacional y de la otra la dirigencia de primera plana de las Farc.

Fueron tres años y diez meses en conversaciones intensas, en las que como en toda negociación –más difícil aún, porque el primer acuerdo fue que se negociaría en medio del desarrollo del conflicto con los niveles de violencia de siempre-, a veces se avanzaba, a veces se retrocedía, y concluyeron con la suscripción del denominado Acuerdo Final de 24 de agosto de 2016, en el que las partes dejaron las estipulaciones necesarias para saber que se negoció, como se negoció y que objetivos conjuntos se deben perseguir por parte de todos los colombianos, pues ellos pelearon el conflicto, pero las secuelas han sido padecidas por todos: sufrimiento, dolor, despojo, sangre, lágrimas y tristezas que no terminan.

En un documento de 297 que puede ser consultado abiertamente en las redes sociales, desde el final del día 24 de agosto, en un preámbulo hicieron las consideraciones que fundaron las negociaciones y los puntos de convergencia, con una introducción que hace saber el propósito de lo negociado y un desarrollo en el que se van asentando las decisiones que en resumen se consideran en seis puntos sustanciales, cada uno de los cuales tiene su propio desarrollo.

Acordaron que la sociedad colombiana debe trabajar en adelante en la construcción de los siguientes elementos de entendimiento y mejor estar de todos:

Una reforma rural Integral, con los criterios de una economía democrática, en que se reconozca y valore la fuerza productiva de quien trabaja el campo y es capaz de generar riqueza desde su conocimiento elemental de cómo produce la tierra, con justicia, equidad, certeza de derechos y pleno conocimiento de obligaciones.

Participación política de los alzados en armas y apertura democrática para construir la paz, en la que el acceso al poder no sea el producto de los constantes negociados, ni de la compra y venta de votos, ni mucho menos la imposición de la violencia para convertir en representantes políticos a quienes apenas han estado –y están- en representación del delito en la dirección de los órganos del Estado. Será el ejercicio de la Política en el más estricto sentido aristotélico como la actividad humana dirigida a la acción de la sociedad, a favor de sus mejores alcances y no a favor del enriquecimiento corrupto que se ha impuesto en nuestro medio, en el que ser político es sinónimo de acceso fácil a la riqueza, mediante el apoderamiento fraudulento de lo público. Es la democracia con ideas, no con armas y mucho menos con compra de votos y cambio de favores, con el dinero de los impuestos.

Cese al fuego y de hostilidades bilateral, que ya había sido acordado como un pre-acuerdo de confianza ante la comunidad, asumido desde hace varios meses y que ha permitido percibir unos resultados ciertos de lo que es este país sin las agresiones constantes de un grupo armado que llegó a tener demasiada fuerza y poder en muchas regiones.

Solución al problema de las drogas ilícitas que tanta sangre ha derramado en los denominados países productores que satisfacen la demanda de los países consumidores. Habrá que seguir trabajando en una sola línea, con resultados que pueden seguir siendo el mismo fracaso desde que se lucha contra algo que desde su ilegalidad se ha convertido en un gran negocio, después del ejercicio de la política. Las dos partes se obligan a trabajar en el tema y al menos puede llegar a significar que alguien que participa en el negocio, deje de hacerlo.

Reconocimiento, aceptación y reparación de las víctimas, en lo que ya se viene trabajando y que es de la esencia de que el acuerdo se convierta en realidad constante, pues quienes fueron dañados en todo, tienen que tener la oportunidad de volver a vivir como seres humanos dignos.

Mecanismos de implementación y verificación de los acuerdos, un elemento que permitirá a todos saber de cómo se va en ese proceso constructivo de algo que nunca se ha tenido, de algo en lo que no hemos participado. De alguna manera se ha participado en la construcción del conflicto, pero en modo alguno en la construcción del cese del mismo. Desde allí nace la necesidad de que todos aprendamos a participar en esa construcción, porque será el mundo que quedará a las nuevas generaciones, que podrán usar su creatividad a favor de una mejor existencia y no en la mera carrera contra el miedo.

El acuerdo no es el mejor. Nadie puede aspirar a que lo sea. La guerra tampoco ha sido la mejor, porque no hay mejores guerras, todas son malas, dañinas, destructivas y llenas de odio. Los acuerdos no se hacen para seguir generando odio, sino para, al menos, intentar la comprensión y la tolerancia. A nadie se le pide o se le va a pedir que ame a quien le hizo daño, sencillamente a convivir en aras de la construcción de una sociedad desconocida.

Hay que aprender, todos tenemos que aprender, en ese proceso constructivo de una paz que no conocemos. Siempre será mejor un mal acuerdo que una buena guerra (no la hay) . Lo que el Estado está gastando en una guerra que nunca tuvo el más mínimo interés en ganar, bien se lo puede gastar en esa construcción de la paz, en la seguridad de que quedarán menos daños que los que ha dejado este conflicto que ahora ha cesado.