14 de junio de 2026

¡La guerra ha terminado! 

31 de agosto de 2016
Por mario arias
Por mario arias
31 de agosto de 2016

Por: mario arias gómez

Mario Arias defMemorable parte trasmitido al país por el jefe del equipo negociador en la  Habana, el cual da cuenta del cierre definitivo del acuerdo entre las FARC -responsable del capítulo más negro de la historia reciente- y el Gobierno. Contagiado por la emoción, difiero el tema que se ocupaba del maltrato animal en las corridas de toros, para sumarme al enjambre de voces que vibran de gozo por el plácido anuncio del fin de la cruenta guerra -después de medio siglo- y que es motivo de admiración global al representar la solución del crispado conflicto que solo trajo atraso, miseria, desolación, destrucción, una incalculable cifra de masacres, huérfanos, viudas, lisiados, sangre, dolor, lágrimas a millones de desplazados, víctimas que cargan a cuestas sus traumas psicológicos. Patética barbarie que se ensañó en Colombia entre afines, contrarios, carnales y extraños, al punto que marcó la más alta tasa de homicidios, incluido el atroz y cobarde asesinato de cuatro aspirantes presidenciales.

La consumación del artesanal y meticuloso acuerdo suscrito el pasado 24 de agosto, es la mejor noticia del siglo, sin duda, convenio cocinado con tajante decisión, entereza, entrega, inteligencia, tesón, competencia, consagración, constancia, paciencia, serenidad y presencia de ánimo, en medio del más borrascoso pesimismo, de tempestuosas tormentas y huracanados vientos que solo auguraban un impensado final, de pronóstico reservado. Acuerdo que, es verdad, definirá como nunca el destino, suerte y futuro de la Patria.

Razón para encomiar primero -sin escatimar aplausos, elogios, reconocimiento- la audaz labor adelantada con entereza, lealtad, lucidez, probidad y rectitud, por los intachables negociadores y que será retribuida con el SI al plebiscito, independiente del enérgico rechazo al convulso pasado terrorista de las FARC, a sus métodos extorsivos, a la aprobación o condena inspirada por el Gobierno, sin dejar de tomar en cuenta que la PAZ es de todos sin distingos ni exclusiones.

Acezante alegría que origina -repito- el alto e irreversible fragor de la guerra, la salvaje carnicería entre hermanos, a la espera que trascienda sin rodeos a los tibios y escépticos, pues para decirlo con la lógica de Pambelé, es mejor la paz a la trágica guerra, sin dejar de recordar que no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír. Lacras, cuitas e infortunios, que luego de cuatro interminables años de férreas divergencias y pacienzudas  deliberaciones y reflexiones entre los bizarros delegados del Gobierno y la tozuda testadura FARC, no sería lógico ni cuerdo dilapidar el enorme esfuerzo hecho para llegar al mejor acuerdo “posible”, que se aclara no es el que el país hubiera querido y que el mismo De la Calle calificó, con austero y realista léxico, de “imperfecto”. Falencias que con ayuda, buena voluntad y comprensión de los inconformes, se sabe que es el camino -único- a la paz, al desarme de los espíritus. Presagio de un auspicioso nuevo amanecer para todos.

Para facilitarlo, se debe procurar extinguir la permisividad e incontinencia verbal de  vastos sectores, aclimatar el respeto a las opiniones divergentes, por encima de credos y egoísmos, que han atizado en el pasado el espeluznante desencuentro personal y político. Igual hay que dejar de lado el arraigado y casi inamovible odio hacia  opositores, acicateado por la intolerancia. Situación que demanda anteponer el adeudo histórico de heredarles a hijos, nietos y bisnietos un país mejor, sin el cargo de conciencia de no haberlo posibilitarlo, transfiriendo a cambio la apocalíptica conflictividad, falta de oportunidades, secuencia del execrable infortunio de la guerra y del extremo mutismo y resignación ciudadana.

Acuerdo que es un auténtico y conmovedor hito histórico, hecho realidad debido al paciente empeño, persistencia y verraquera de Santos, virtudes transferidas a los insuperables e inalterables comisionados, tutelados por el prominente Humberto De la Calle, insospechable y cimero profesional, con impecable hoja de vida y aura de docto intelectual de excelsos quilates. Paradigmático líder, cuidadoso y ponderado, estimable y relevante reserva moral y política, tenida por las plurales fuerzas vivas del país para los más altos designios. Amigo al que reverente y gustoso rindo espontánea pleitesía, unidas a las felicitaciones que ‘in crescendo’ llegan desde los más recónditos confines de la patria profunda.  Gente agradecida que admira y aplaude su gestión, unida a Álvaro Leiva, Clara López, Piedad Córdova, León Valencia, Iván Cepeda y al hermanísimo, Enrique Santos, quienes tras bambalinas aportaron sus luces, buenos oficios y el grano de arena a la colosal reconstrucción de la Reconciliación Nacional, a la Paz.

A Santos y De la Calle la historia de Colombia les tiene resguardado su vistoso puesto en la galería de los grandes, mientras al machote de Uribe y al liviano Pastrana -cargados de veneno y resentimiento- les espera el ostracismo, luego de descender de la cumbre, para torpedear -a sabiendas- por celos y venganza, con censuras, injurias, inventivas y reparos, la posibilidad de pasar la anacrónica página del conflicto armado; la oportunidad de rebasar la decadencia espiritual y humana; evitar las violaciones a los D. H; la expectativa de desconcentrar el poder, con expresiones alternativas locales y regionales; atravesarse a la senda de una vida digna y amable para los campesinos; superar la incertidumbre e inseguridad jurídica de empresarios, fardos que han detenido la innovación, la inversión y creación de empleo que remedie las carencias, necesidades y aspiraciones del pueblo, excluido y relegado, pueblo que en adelante va a sentir que su voz es partícipe en la proyección de su destino y el de la lacerada patria.

En el entendido que la elección del dos de octubre no es una elección más, se espera que la madurez y cordura reine y no permita el desatino de descarrilar el épico proceso de reconciliación y anhelo de paz, mediante un apabullante aluvión de votos que despierte a los citadinos que han vivido la guerra frente a cómodas estancias, razón para que se hagan los pendejos cuando oyen la prédica del por ellos llamado “plebisantos”, sin que entiendan que no es un respaldo a las Farc, ni al Gobierno. Es algo más trascendental y valioso, darle la oportunidad a la paz que le incumbe a todos. ¿Apoya el acuerdo final para terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera? Siiiii…

Las no tan ocultas razones -sin grandeza- de quienes tergiversan lo acordado con altisonantes, enajenados y vacíos eslóganes, que calan penosamente en individuos apáticos, impasibles y primarios, no atajará el NO, que no beneficia, ni fortalece a sus promotores del CD. Su envenenado libreto y pánico escénico, desnuda el afán de cobrar una vieja herida que trata de llevarse por delante el desafío de llevar tranquilidad y oportunidad de desarrollo al campo en  especial. Dado que la democracia se nutre del disenso, la opción del NO es legítima, sin que implique que se es amigo de la guerra. Optar por el SI, es igualmente válido, como pérfido es aseverar que -tras el sueño de la paz, siembra semillas de esperanza- respalda a las FARC, accede a la claudicación del Estado y entrega al castrochavismo, como arteramente pregona el escurridizo “Mesías” con su galimatías que inspira lástima: “No soy enemigo de la paz”. Critica las falsas 20 curules asignadas a dedo, olvidando que su siervo, E. Bustamante, las votó en el 91. Lo que fue bueno ayer debe seguir siéndolo hoy. Y el que el NO permitirá reorientar el proceso, es un hilarante engañabobos que no aclara ¿con quién?

Lo leal y equilibrado es debatir lo acordado con mente abierta, sin subterfugios, politiquería, ni radicalismos insanos, con verdades y hechos probados y sin  insultos que polaricen más, vociferados en mítines portátiles y prepagos.

Tampoco cabe victimizarse con el trillado cuento que lo malo que le ocurre hoy al dócil sanedrín, es acoso político o presión de “Juampa”. En esta etapa de “efervescencia y calor”, lo conveniente es acatar -con respeto absoluto- los compromisos, crear espacios de armonía y convivencia que frenen de una la máquina de muerte que permita florecer las inmensas ventajas que ofrece la paz para efectuar los cambios pospuestos y que según la memoria histórica lo intentaron: Betancur, Barco, Samper, Pastrana y Uribe.

Bogotá, agosto 31/2016