La crisis de la filosofía
Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)
Una anécdota para recordar
Cierto ensayo que leí hace algún tiempo, cuando casualmente estaba dedicado a la docencia universitaria, aludía a los intelectuales norteamericanos que varias décadas atrás, como en los años 60, ejercían un gran protagonismo en la sociedad de su país, mereciendo en torno suyo el estruendoso y multitudinario aplauso juvenil que hoy no se brinda sino a los cantantes de moda.
Aquellos escritores eran, pues, verdaderos revolucionarios, profetas o líderes. Y en los centros de educación los exaltaban, pero también los estudiantes de entonces se creían llamados a hacer la revolución, a cambiar el mundo, a ser nuevos discípulos de Cristo para salvarnos de la degradación a que nos condenó el capitalismo o el culto excesivo a la diosa Razón, idolatrada desde la Revolución Francesa.
Pero, de un momento -señalaba el ensayista, cuyo nombre no guardo en la memoria ni tampoco importa-, esos intelectuales decidieron quedarse, al principio como ratones de laboratorio u objetos especiales de análisis, en las universidades. Conquistaron estatus, en primer término. Y elevaron sus ingresos. Y naturalmente se fueron integrando al estrecho o cerrado mundo académico, donde hay tantos encantos, hasta que se dedicaron a hablar sólo entre ellos, alejados del público común y corriente, con una jerga cada vez más ininteligible para distinguirse, a lo mejor, del resto de los mortales. Y así perdieron su influencia social, como era previsible.
La filosofía, ¿para qué?
Preguntémonos, entonces: ¿No ha pasado esto mismo en Colombia? Ustedes dirán. Lo cierto es que entre nosotros la filosofía, actividad intelectual por excelencia, parece también estar al margen de la sociedad y, lo que es peor, aislada en la propia universidad, donde igualmente desapareció la influencia que tenía en épocas pretéritas y que podría remontarse a los orígenes de la vida universitaria en la Edad Media.
“La filosofía sí sirve -suele decirse con sorna-. Lo que nadie sabe es para qué”. O lo que alguna jovencita le dijo a un condiscípulo mío que la pretendía: “¿Tú estudias filosofía? Ah!, entonces me puedes leer la mano”, fue el singular comentario que le hizo para responder a sus requerimientos amorosos.
Ahora bien, trascendiendo la situación personal a que acabo de referirme, ¿ahí no se manifiesta la crisis de la filosofía, resultado a su vez, entre múltiples factores, del materialismo reinante, de la deshumanización a que venimos asistiendo, de la falta de valoración por las cosas del espíritu y del desplazamiento que sufrió nuestra disciplina frente al avance incontenible, exitoso, arrollador, de la ciencia y la tecnología?
Es posible. Por mi lado, prefiero no ir tan lejos. Dejo tales deducciones a expertos en la posmodernidad, para emplear un término común en la jerga académica, la cual en mi concepto, si bien es de uso obligado para no pasar por ignorante, ha alejado a la filosofía de la mínima influencia social, acentuando su crisis.
¡A espaldas de la sociedad!
La filosofía en boga, por lo demás, tiende a reducirse a lo puramente intelectual, al culto excesivo del lenguaje y de la ciencia o de la lógica, cuando no a un mero trabajo exegético, de interpretación de tales o cuales párrafos, a la manera del fetichismo jurídico que tanto se cuestiona en el Derecho por permanecer aislado de la realidad social donde nace y a la que regula.
A espaldas de la realidad social y, por consiguiente, de nuestra sociedad, la sociedad latinoamericana, a la que eludimos o de la que más bien nos avergonzamos. ¡Se nos hace agua la boca cuando mencionamos a Hegel y Schopenhauer, no a Tomás Carrasquilla o a Luis Carlos González!
Y, como telón de fondo, tenemos la formación positivista, la misma que se ha extendido a la totalidad de las ciencias humanas y sociales, a las que se traslada, en forma mecánica, el método propio de las ciencias físicas o naturales, por lo cual no es válido sino lo que es empíricamente verificable, como no lo son Dios, ni el amor, ni la intuición de que hablaba Bergson al exponer su teoría sobre la evolución creadora.
En estas circunstancias, la crisis se tiene que dar en la filosofía y entre los filósofos. “El sueño de la razón produce monstruos”, para expresarlo con la célebre máxima de Goya.
(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar – [email protected]