2 de marzo de 2021
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El Gran Otto y el Inca Garcilaso

19 de junio de 2016
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
19 de junio de 2016

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Sierra Jorge EmilioEl primer aniversario de la muerte de Otto Morales Benítez (mayo 23 de 2016) coincidió con los 400 años del fallecimiento del Inca Garcilaso de la Vega (abril 23 de 1616), quien fuera precisamente uno de los personajes más queridos y admirados del ilustre riosuceño.

Fue oportuno, entonces, que en la Academia Colombiana de la Lengua se hiciera recientemente un sentido homenaje a ambas figuras estelares de las letras americanas, nada menos que con la lectura de un ensayo de Morales Benítez sobre el Inca Garcilaso, la cual estuvo a cargo de su hijo Olimpo, honrado ahora al estar allí, en la silla ocupada durante tantos años por su padre como Miembro de Número.

Entre los asistentes al acto, estaba presente Adela Morales Benítez, hija del Gran Otto, quien escuchaba atenta, conmovida, la intervención de su hermano Olimpo, al igual que el resto de los académicos, todos aún presas del dolor y la nostalgia por la ausencia física de quien tantas alegrías les brindaba con su simpatía, su cordialidad sin par, su pasión contagiosa por la cultura y su carcajada desbordante, única, que todavía resuena en los fríos y solemnes salones de la antigua edificación presidida por la escultura majestuosa de don Miguel Antonio Caro.

“El Inca Garcilaso de la Vega y la independencia de las Américas” fue el texto que, a manera de conferencia, se leyó en aquella ocasión.

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Otto Morales BenítezEl Inca, claro está, fue el personaje central de la reunión. Tenía que serlo, además. Al fin y al cabo el mundo entero lo reconoce, en palabras de Otto, como el primer historiador nacido en América, uno de los más grandes escritores en nuestra ya larga historia regional y con profunda influencia en la vida política de nuestros países, algo por cierto bastante desconocido en los tiempos que corren.

¿O usted sabía, por ejemplo, que ese no era su nombre real, de pila, como sí lo era el de Gómez Suárez de Figueroa? ¿Y que tan singular seudónimo -o apodo- aludía a su origen inca por el lado materno (él mismo nació en Cuzco), pero también al paterno, vinculado a la nobleza española y con célebres antepasados como Garcilaso de la Vega, digno representante del Siglo de Oro español, y don Jorge Manrique, el inmortal poeta de las Coplas a la muerte de su padre?

¿Cómo ignorar, en fin, que este mestizo, con tan preclaras raíces indígenas e hispanas, influyó en Túpac Amaru, líder de la mayor rebelión indígena contra el imperio español, y en nuestros héroes de independencia, desde Bolívar hasta San Martín? ¿Que su prestigio, además, trascendió a Europa, donde sus ideas fueron acogidas por Montesquieu, Diderot y Voltaire, los enciclopedistas que sentaron las bases de la Revolución Francesa y de la democracia moderna?

¿Cómo explicar, de otra parte, que hayamos olvidado sus tesis sobre el colectivismo agrario, según el cual Garcilaso defendía el derecho a la propiedad de la tierra, inspirado en las normas legales que regían al imperio inca? ¿O sobre los derechos humanos, con la mirada puesta en el derecho natural, tema que hoy en día está más vigente que nunca?

Con razón, Morales Benítez se lamentaba en aquel escrito (uno entre los muchos que dejó sobre el Inca) porque en la actualidad hayamos abandonado tales ideas y ni siquiera repasemos las páginas de sus “Comentarios reales de los incas”, la magistral obra que exaltaba tanto a la tradición indígena como a la española, logrando así, por primera vez, la fusión entre las dos culturas o, mejor, su mezcla y, en sentido estricto, el mestizaje, característica por excelencia del pueblo latinoamericano.

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Al término del histórico acto conmemorativo, se hicieron los comentarios de rigor entre el selecto grupo de asistentes, quienes coincidieron en que es necesario volver a nuestras raíces indígenas en busca de la identidad cultural, comenzando por leer de nuevo al Inca Garcilaso de la Vega y rescatar sus valores fundamentales en la literatura, la historia y la política, cuya vigencia (pensemos sólo en los derechos humanos) salta a la vista.

Y claro, esta sesión de la Academia se convirtió por un momento en cálido homenaje a la memoria de Otto Morales Benítez, reclamando unos y otros seguir la ruta trazada por él desde el remoto pasado indígena, con sus invaluables aportes investigativos sobre el derecho precolombino, la época colonial y el período republicano, sin olvidar obviamente su Teoría del Mestizaje, de la que es su máximo exponente en el continente americano.

Por un momento, sí, el Gran Otto y el Inca Garcilaso estuvieron unidos, presentes, como si con su muerte hubieran alcanzado al fin la vida eterna…

(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar