Educación y cultura en la obra de José Consuegra
Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)
(En el reciente homenaje académico a la Revista “Desarrollo Indoamericano” por sus 50 años, se lanzó el libro “La Teoría Propia en la obra de José Consuegra Higgins”, del que forma parte el presente ensayo).
Un profesor de tiempo completo
José Consuegra Higgins fue ante todo un maestro. Lo fue en el pleno sentido de la expresión, tanto por el ejercicio constante e intenso de la docencia a lo largo de su vida, como por las enseñanzas y lecciones que impartió a través de sus libros, de sus escritos, donde hay páginas memorables, antológicas, sobre el sagrado oficio del magisterio. El Maestro, con razón, era el nombre con que solía ser identificado por parte de estudiantes, profesores, amigos y muchas personas comunes y corrientes, según recordamos con nostalgia.
Un somero repaso de su biografía así lo demuestra: tras recibir el título de economista en la Universidad Nacional de Colombia, inició su carrera laboral en la docencia, dictando clases en algún colegio de bachillerato (donde por cierto tuvo entre sus alumnas a Anita Bolívar, su futura esposa) y en la Universidad del Atlántico, de la que con el transcurso del tiempo llegaría a ser decano de Economía y Rector; se paseó, además, por Cartagena, en su centenaria universidad pública y en la Escuela Naval, así como por la del Cauca, en Popayán, y muchas de Bogotá (Nacional, Libre, Gran Colombia, de América, Tadeo, Incca, Autónoma y Central), sin olvidar algunas de Venezuela en sus años de exilio.
Con el apoyo entusiasta de sus colegas, llegó a la Rectoría de la Universidad del Atlántico, de donde saltó a la fundación de la Universidad Simón Bolívar, en Barranquilla, tras rechazar ofertas que le hicieron para presidir los destinos de las universidades Libre y Nacional de Colombia, en Bogotá.
Consuegra fue, sin duda, un maestro con todas las de la ley. Sus mayores esfuerzos los dedicó por completo a la educación, campo en el que formuló y puso en práctica su “teoría propia”, como veremos más adelante.
De la economía a la cultura
Sí, Consuegra era un maestro, pero también era un intelectual en sentido estricto, lejos de ser simplemente un economista a secas, un profesional como tantos otros, encerrado en los límites de su especialidad. No. Era un científico social, consagrado al estudio, la enseñanza y la vivencia de las Ciencias Humanas y Sociales, donde se movía a sus anchas por la economía, la política, la sociología, la historia, la educación, la cultura, la literatura y el periodismo, con una visión universal, enciclopedista y ante todo humanista, que dejó consignada en su vasta obra intelectual reunida en cerca de cuarenta libros publicados.
En economía, claro está, hizo invaluables aportes, a los que acá, en esta Cátedra, ya se refirieron dos ilustres representantes de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas: Julio Silva-Colmenares y Julián Sabogal Tamayo, quienes hicieron énfasis en la Teoría del Desarrollo y su enfoque “propio”, latinoamericano, que ahora nos reúne a propósito de los cincuenta años de haberse realizado en México el histórico Encuentro de Economistas para proclamar el férreo compromiso con aquella teoría, de la que Consuegra Higgins fue precisamente uno de sus máximos exponentes y acaso su mayor divulgador por medio de la revista “Desarrollo Indoamericano”, fundada y dirigida por él desde enero de 1966, hace medio siglo.
Sin embargo, él no podía ver la economía sino en estrecha relación con la política. Le interesaba la Economía Política, mejor dicho. Y en el plano político, partidista, fue liberal de izquierda o socialista demócrata a la manera de Jorge Eliécer Gaitán, en nombre de cuyas ideas se vinculó al recién creado Partido Socialista Colombiano, junto a Antonio García y Gerardo Molina, hasta fungir como flamante congresista, Representante a la Cámara y Senador de la República, siempre invocando la necesidad y urgencia de trascender la democracia política, jurídica o formal, para construir la democracia económica y social, inspirada en los principios revolucionarios no sólo de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad y Fraternidad- sino en las fuentes del marxismo, en el marco de la justicia social.
Consuegra, pues, era economista, centrado en la economía política, pero a la llamada “ciencia lúgubre” la trataba como ciencia social. Él mismo, por tanto, era un científico social, analista de los fenómenos económicos por su naturaleza social, dándole así una gran importancia a las consideraciones sociales, al tipo de sociedad en que tales fenómenos se presentan, aún los de carácter jurídico.
De ahí que el modelo de desarrollo apropiado para nuestros países -concluía- deba adaptarse a nuestras condiciones sociales, no a las de los países desarrollados, que es la síntesis por excelencia de la Teoría Propia del Desarrollo. Su socialismo, en fin, es manifestación de su compromiso social, consignado en su obra donde también aparece como pensador económico y social. Recordemos en tal sentido que él fue director de la célebre Antología del Pensamiento Económico y Social de América Latina -APESAL-, publicada por la editorial Espasa-Calpe de Madrid (España) en la década de los ochenta.
En historia, además, siguió igualmente los lineamientos trazados por Marx, especialmente a través del materialismo histórico y el materialismo dialéctico, proclamando su importancia como fundamento de las Ciencias Humanas y Sociales, cuyos diferentes fenómenos (económicos, políticos, sociales, etc.) tienen causas históricas que los investigadores deben descubrir y revelar. No por cosa distinta él fue miembro de la Academia Nacional de Historia en Colombia y Venezuela, adonde llegó con méritos de sobra por sus aportes a la historia económica de nuestro país y de América Latina en textos como El pensamiento económico de Simón Bolívar, Cinco economistas cartageneros y sus ensayos sobre la economía de los pueblos indígenas precolombinos, a quienes exaltó mientras condenaba la aniquilación de que fueron víctimas durante la conquista española y el largo período colonial que arrasó con sus culturas.
Por último, Consuegra fue muy cercano al mundo de la literatura, de las bellas letras, desde sus años juveniles en que compartió las aulas escolares con Gabriel García Márquez, hasta sus hermosos escritos, de auténtica prosa poética, en muchos de sus artículos de prensa y, sobre todo, en su autobiografía “Del recuerdo a la semblanza”, que le abrieron las puertas de la Academia Colombiana de la Lengua, donde se hizo el justo reconocimiento al gran escritor y periodista, fundador de “Desarrollo Indoamericano”.
¿Quién podrá negar, en consecuencia, las condiciones excepcionales de José Consuegra Higgins, El Maestro, como intelectual u hombre culto, para quien la cultura era una forma de vida, no una mera pose para ganar prestigio social y académico? ¿Quién podrá negarlo?
La Teoría Propia de Consuegra
El libro “José Consuegra Higgins: El camino propio hacia el desarrollo” es una buena introducción al pensamiento propio de Consuegra Higgins no sólo en la economía sino en la política, la sociología, la historia, la educación, la cultura, la literatura y el periodismo, cuando no en la vida cotidiana, en nuestras costumbres y modas, en el lenguaje y las actitudes que nos identifican. Leer con cuidado esa obra (primer volumen de la colección bibliográfica conmemorativa de los 50 años de la revista “Desarrollo Indoamericano”), ayuda bastante en los propósitos que nos hemos trazado.
Pues bien, allí está claro, desde sus páginas iniciales, que el precursor de aquella teoría en América Latina fue Simón Bolívar, a quien Consuegra califica como el pionero del pensamiento propio. ¿Por qué? No sobra recordarlo: porque él reclamaba leyes acordes a nuestra realidad social, como lo exigía Montesquieu en “El espíritu de las leyes” al sentar las bases de lo que luego se llamaría la Sociología Jurídica. Que nos rijan nuestros códigos, no los de Washington, pedía El Libertador mientras invocaba el Estado de derecho en que se sustenta el sistema democrático, donde la defensa de la soberanía nacional es también uno de sus pilares.
Pero Bolívar, en su opinión, trascendió tales aspectos jurídico-políticos y se remontaba a los aspectos sociales y económicos, en los que se enfrentaba a los modelos extranjeros y, en especial, los provenientes de las mayores potencias (España, en primer lugar, tras la conquista; luego, Inglaterra, con la Revolución Industrial, y Estados Unidos, en los últimos tiempos).
“El Libertador fue brillante exponente de un pensamiento jurídico, económico y social auténtico”, concluía El Maestro a partir de su densa investigación sobre las ideas económicas de Bolívar, exaltada por autores tan autorizados como el venezolano Maza Zavala.
No es de extrañar, en tales circunstancias, que Consuegra fundara en 1972, poco después de la Reunión de México en 1965 y el lanzamiento de la revista “Desarrollo Indoamericano” a comienzos de 1966, la Universidad Simón Bolívar en honor a El Libertador, según lo había prometido desde años atrás, y naturalmente en honor a ese pensamiento propio, auténtico, latinoamericanista en grado sumo, al que se dedicó por el resto de su vida, hasta su muerte a fines de 2013.
En realidad, él consideraba que la educación y, con mayor razón, la educación superior, universitaria, debe ser la tribuna por excelencia del pensamiento propio, sin el cual no es posible alcanzar la libertad, ni la misma democracia, ni mucho menos el desarrollo económico y social a que aspiran nuestros pueblos.
La educación, a su modo de ver, es factor clave, determinante, para poder dar el salto al desarrollo, criterio que se ha convertido en paradigma universal, sobre cuya vigencia no hay discusión. Pero -cabe preguntar-, ¿qué tipo de educación? ¿Y qué tipo de cultura debe impartirse en los centros escolares? ¿Cuál? Es lo que veremos a continuación, ya para concluir este breve recorrido.
Educación y cultura propias
Para empezar, recordemos que Consuegra debió ser declarado -al decir del escritor David Sánchez Juliao- “monumento vivo” en Colombia, como lo fue Nicolás Guillén en Cuba, en justo reconocimiento por ser “el más importante promotor cultural de la Costa colombiana”.
De hecho, el epicentro de la extensa actividad cultural que él impulsaba fue la Universidad Simón Bolívar, donde se ha exaltado precisamente, desde la misma fundación, la cultura propia, autóctona, a través de sus diversas manifestaciones folclóricas, de sus bailes y ritmos frenéticos, y de las expresiones científicas, literarias y artísticas de autores nacionales y latinoamericanos, todo ello en busca de la anhelada identidad cultural de nuestros pueblos, lejos del extranjerismo a que hemos estado sometidos desde los tiempos coloniales. El Museo de Autores del Caribe, situado en la Casa de la Cultura donde también está el Museo Bibliográfico Bolivariano, es prueba de ello.
Por desgracia, lo que Consuegra presenciaba en el medio cultural y universitario del país y América Latina en general era, con honrosas excepciones, todo lo contrario de sus sueños e ideales: dependencia cultural absoluta, con modas importadas que hacen su agosto entre nosotros, y la falta de identidad cultural, de valoración de lo nuestro, al tiempo que se valoran en forma exclusiva, como fruto de esa dependencia, los autores extranjeros acaso por la sencilla razón de serlo, o sea, por ser originarios de Estados Unidos o Europa, Japón o China.
Para colmo de males, la globalización contemporánea, con su modelo de apertura económica a cuestas, se ha encargado de arrasar -advertía, con dolor- la poca autenticidad que nos queda tras demoler las fronteras nacionales con los tratados de libre comercio y cosas por el estilo.
Y claro, las universidades locales no han sido ajenas a tan lamentable fenómeno. Por el contrario, los textos extranjeros se convierten en manuales de estudio que nuestros profesores e investigadores repiten “como loros” a sus alumnos, quienes se encargan de aprender la lección a cabalidad, pues quien presuma de intelectual debe saber más de las culturas foráneas, no de la nuestra, condición básica para ser aceptado en la sociedad como una persona culta. ¡Esto es dependencia cultural, una de las causas estructurales de nuestro subdesarrollo!
De ahí su conclusión, síntesis de la Teoría Propia de Consuegra: “Hay que desarrollar una teoría propia, auténtica, original, ligada a nuestras raíces”. ¿Cómo? Con la debida valoración de lo nuestro, como es obvio; con el rescate de los valores autóctonos, haciendo frente a los valores foráneos que sólo acentúan la dependencia, hundiéndonos en el atraso, y hacer de la universidad, de los centros de educación superior, el motor de la transformación social, partiendo del conocimiento científico de nuestra realidad para resolver los problemas que afectan sobre todo a los sectores populares, a la población de menores recursos.
Se requiere, en fin, lo que ahora se conoce como Responsabilidad Social Universitaria (RSU), de la que no hemos dudado en proclamar a Consuegra como uno de sus pioneros no sólo en Colombia sino en América Latina, según tendremos ocasión de demostrarlo en próximo escrito.
La vigencia de lo propio
Lo que acabamos de señalar, sobre Responsabilidad Social Universitaria, confirma la plena vigencia de la obra de Consuegra Higgins en lo relacionado con el pensamiento propio y la Teoría Propia del Desarrollo.
Sin embargo, ese no es el único aspecto digno de tener en cuenta. No. La identidad cultural, al margen de consideraciones políticas o ideológicas, es hoy una necesidad sentida en todos los pueblos, aún en los más avanzados, y en tal sentido se establecen acuerdos y normas específicas para proteger el llamado Patrimonio Cultural de la Humanidad, cuando no en los mismos tratados comerciales, como sucede por ejemplo en la Unión Europea.
A su turno, la innovación, que es piedra angular de la investigación científica como motor del desarrollo, parece responder a las mencionadas críticas contra el aprendizaje pasivo, memorístico, repetitivo, de nuestras escuelas, dándole rienda suelta a la imaginación, a la capacidad creadora, que habrá de traducirse en un mayor número de patentes para superar la dependencia tecnológica y dar, por fin, el salto al desarrollo con base en el pensamiento propio.
Y ahí está la Universidad Simón Bolívar, siempre “a la sombra de El Maestro”, que es la mayor prueba de la vigencia de su pensamiento propio, auténtico.
(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar