13 de junio de 2026

“Aprendiz” de política

26 de diciembre de 2015
Por mario arias
Por mario arias
26 de diciembre de 2015

Por: mario arias gómez

mario ariasUno de los amigos que aún me quedan -siempre me sobran dedos al recontarlos- solicitó que lo pusiera al día sobre los prójimos a los que me refiero entre líneas y sin aderezos en las modestas notas que sobre la pasmosa realidad hago, glosas en las que procuro llamar las cosas por su nombre. Pedido hecho en los términos siguientes: “Tus crónicas son muy buenas pero, insisto y perdóname por ello, me toca hacer un esfuerzo adivinatorio, no te lo niego, para situarme en el momento actual de la política caldense.  Pero lo hago.  Mi lejanía en el tiempo y en el espacio es inmensa”. “Sabes que sólo tengo buenos recuerdos del grupo original, ya tan extinguido, al que entregamos nuestra capacidad y nuestra alma con disímiles resultados”. “Insisto y perdóname por ello, mi alejamiento de la política y de Caldas me llevan, las más de las veces, a no identificar los hechos y los personajes”.

Dado que me propuse no personalizar los espontáneos y siempre discutibles puntos de vista, no los nombro. Escritos que no son más que una amistosa y desinteresada apreciación o juicio sobre hechos reales, efectuados en forma libre, autónoma e independiente, tratados por lo regular de antemano con sus protagonistas, amigos o contertulios fortuitos, sin buscar congraciarme, cautivar o contemporizar con nadie. Sin tomar partido sobre cualquier interés en juego. Cometido al parecer cumplido y entendido por los que ocasionalmente los leen. Tarea que hago -para decirlo con las palabras del amigo-, “no por odio, que a mi edad ya no me luce, sino por aquello que Alzate llamaba “El carácter como lujo moral que se paga a precios prohibitivos”. Al respecto, no he recibido muestra de la más leve molestia, reparo o solicitud de rectificación de quien pudo sentirse aludido, a pesar de los celos de las medianías que sobreviven gracias a su poquedad, interesados en magnificar las valoraciones, asumiendo perversamente que van dirigidas con nombre propio, buscando precipitar un imposible distanciamiento de mi parte con el amigo de siempre, para su desilusión y despecho.

Solo acuso el ostensible alejamiento de una “pizpireta, locuaz e inteligente” amiga, que “en vivo y en directo” conoció mi posición frente a los irritantes temas ventilados en la campaña, la que me convirtió  en chivo expiatorio de su incomodidad y malestar que se refleja en su silencio, debido a la guerra sucia desatada -de parte y parte- en la que no tuve velas, causante de la contundente derrota sufrida. Campaña en la que traté asuntos por todos conocidos, como el retiro político del jefe; el mal que a su imagen -ganada a pulso- le provoca una mala compañía. Medié en el común deseo de limar asperezas entre allegados a objeto de evitar el inminente rompimiento. Respeté sus opiniones, unas veces elogiosas, otras críticas. Va un ejemplo. Su escrito: “Súper bueno…pero muy lambonsito con Mesa. El marrano muerto. Gasss lo que le dijo a él estupendo”. -Sic-. Cualquier día, para mi sorpresa, cambió comprensiblemente de opinión, urgida probablemente de la “solidaridad de cuerpo”, tanto que la llevó a inmolarse en otoño en defensa de su porfiada “Porcelana azul” que insistió en la alianza que tan irrefutable inconformidad causó y que el amigo requiriente sintetizó así: … “quienes tanto nos combatieron y nos malhirieron con acerbidad”. Sobra ahondar en el tema. Página pasada.

Amiga o ex, que al contrario de la depuesta y fugaz Miss Universo, se consolida cada vez más como piadosa emperatriz que dejó de lado la promesa de no inmiscuirse en esa “cochinada” que es la política -su dicho-, lo que en principio la llevó a hacerle el feo a la hundida candidata y de paso a las aspiraciones conexas, luego de asegurar que no abandonaría la academia y las asesorías, locales e internacionales, relacionadas con la famosa, “Prospectiva empresarial…” y no sé qué más “enguandes”, grado al que honrosamente asistí en compañía de su “fiel y reposado marido”. Dicen los que saben que la gran empresa de la mujer ha sido, es, y parece que seguirá siendo el esposo, novio o compañero sentimental, lo demás es accesorio; premisa que nos llevó a comprender un poco más a Nietzsche al sostener: “La mujer hace débiles a los fuertes, y reina, claro está, cuando consigue dominarlos”. A lo que Stendhal asintió: “Una mujer es poderosa según el grado de desgracia con que puede castigar a su marido”. Razones para su fallido acompañamiento político.

Nuestra “aprendiz de política”, resolvió -cuando ya para qué- reforzar tarde los cuadros directivos de la irrespirable, opresiva e insolvente campaña, que hacía agua por todos los costados, en especial la del buenazo de Naranjito, en el que nadie creyó. Debate en que el “lambón” amigo de ayer, asumió con carácter plebiscitario, dado que se dirimía en las urnas el infundio propalado que hablaba que el heredero no tenía votos. Dudosa e incomprensible mascarada, si se toma en cuenta la solemne entrega hecha del bastón de mando. Si era así, ¿por qué se hizo? Madurada decisión que se notificó a los parciales en gira de despedida, con el consecuente anuncio del retiro. Luego vino la enigmática reversa que aún mantiene a los fieles seguidores sorprendidos, comunicada mediante misterioso, desconcertante, ambiguo e infortunado anuncio: “Ni Arturo está con nosotros ni nosotros con Arturo. Más claro no canta un gallo. A lo que devino la dolida debacle electoral. En forma contradictora se adujo entonces que se quería evitar que los votos se esfumaran, que los amigos se desperdigaran.

Inconsistencia que contradijo la soberana decisión -repito- meditada durante décadas, que concluyó con la certeza que al amado heredero se le dejaría la responsabilidad -con todo el merecimiento- de llevar adelante la bandera del “Poder del Pueblo”. Repliqué que ante el materializado retiro, lo sensato era dejar a los electores que tomaran el rumbo que quisieran, que ante la no tan improbable desaparición del mentor, estos se verían enfrentados a igual disyuntiva. Claro que en el fondo sabía que existían otros inocultables móviles que llevaron al testador a rehacer lo antes dispuesto, lo que minó ipso facto su credibilidad, se resquebrajó la unidad familiar, la que se recogió en torno al mayorazgo, dejando de paso solo al Benjamín que esperó en vano su neutralidad. Aupado todo por alzafuelles que corrieron a pasar cuenta de cobro al díscolo heredero, que según el jefe, “no duerme ni deja dormir”. Oficié sin éxito como discreto componedor de dicha desunión de padre e hijo político.

Entraron al instante a la enrarecida escena, el infaltable coro de murmuradores, ansiosos de pescar en río revuelto, aplicados -un día sí y otro también- a atizar desafectos, enemistades, a amplificar rumores dañinos, lo que melló absurdamente al zorro y viejo amigo, que conoce más que nadie los entresijos de la política, que se alimenta de rencores, en la que se pierde la cordura o tiende a ser esquiva, se reproducen -por generación espontánea- ambiciones y manipulaciones que van siempre de la mano. Pesado ambiente en que se urden las más descaradas y escalofriantes traiciones. Truculenta y compleja realidad, llena de claroscuros, de grises nubarrones que imposibilitan  generar espacios para el debate de ideas y programas que permitan al pueblo decidir sin presión política, mediática o expresión de violencia. Cosmos inculto en que hay mucho escaparate y poca mercancía.

El prestigioso psicólogo americano, Philip Zimbarbo, autor de “El efecto Lucifer”, llevó en 1971 un célebre experimento a la prisión de Stanford, donde personas normales y corrientes, brillantes estudiantes universitarios que en pocas semanas se convirtieron de manera inconsciente en crueles y sádicos torturadores, demostrando cómo el entorno es capaz de convertir a gente decente, en patéticos monstruos. Trasladado por mí el experimento a la pedante, exaltada y hostil campaña pasada, marcada por imperativos de cercanía; por la desavenencia e incomprensible alianza política; por crasos errores; por el inesperado alejamiento familiar, fue el salpicón que condujo a la estoica derrota sin atenuantes. Discordancia que convirtió a la bisoña amiga en una embravecida dama que olvidó que la amistad es una manera de amar antes de ser amado, frase con la que Aristóteles definió la palabra ¡amigo! Es necesario amar para saber lo que es amar. Quien no ama está muerto. Los griegos sabían que es imposible amar sin vivir, ya que amar atañe al reino de lo viviente. Amistad en la que se diferencia la “verdadera” y la amistad “corriente”. Vuelvo al huidizo, incomprendido, insociable y retraído Nietzsche, quien sabía que estaba solo, muy solo, lo que lo llevó a entender que la mayoría de los que se le unían -si no todos- nunca lo hacían desde una amistad verdadera.

Corrijo aquello que Lord Byron “jamás tuvo un perro”. Disfrutó a Fanny, una perra de raza Terrier; a Thunder, de raza Mastiff; a Botswain de raza Terranova, perro que inspiró el epitafio: «Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios.»  Qué bonito merecerlo.

Feliz nochebuena, Bogotá, diciembre 26 de 2015.