Leyendo a Pablo Montoya Campuzano
¡Por fin! Casi que no acabo de leer su novela TRÍPTICO DE LA INFAMIA, galardonada con la decimonovena edición del premio Rómulo Gallegos de 2015. Como su título lo indica, el libro consta de tres partes, de cada una de las cuales el protagonista es un pintor:
Jacques le Moyne, de la primera (dividida en capítulos numerados), que narra una expedición de protestantes franceses a América, de donde tienen que regresar por el hostigamiento de los conquistadores españoles.
De la segunda (sin ninguna división), está ausente en su mayor parte la narración, pues lo fundamental en ella son las consideraciones que hace sobre la pintura y otros asuntos, especialmente religiosos, el personaje principal –François Dubois, quien ilustró en lo que él llama una tabla la masacre de la Noche de San Bartolomé, tema de muchas reflexiones de esta sección. Podría decirse que es un ensayo, como la tercera parte.
Y Théodore de Bry, de la última parte (dividida en capítulos con nombres, unos propios –Delaune, Durero, Staden, Raleigh, John White, Morgues, Benzoni–, otros comunes, y algunos, topónimos), que se ocupa primordialmente de elucubraciones sobre la obra de Durero, y de la interpretación que el autor hace de los grabados de Théodore de Bry, basados en la narración que Fray Bartolomé de las Casas hizo de los excesos de los conquistadores españoles.
No me referiré a las bondades de la novela, porque, en primer lugar, no soy crítico literario, y en segundo lugar, porque de ellas ya han hablado otros, éstos sí con suficiencia y autoridad. Interesan aquí sus defectos, que no busqué, ellos me buscaron, pues mi aspiración fue desde el principio disfrutar la lectura de una novela de la cual se había hablado en términos tan elogiosos. Mi desilusión, que con cada página leída se convertía en desazón, comenzó muy temprano, en la página 32, con la lectura de esta frase: “El pintor jamás había visto un arriba tan saciado de luces”. ¿Saciado? Este adjetivo se le puede aplicar tal vez a un agujero negro, que engulle toda materia que se encuentre en su ámbito gravitatorio. ¿Quiso el autor ser original? La originalidad no se demuestra con adjetivos o participios o sustantivos traídos de los cabellos, y, menos, con otros que son de todo en todo inadecuados, como éste, de la página 33: “Era un hombre de edad irresoluta, con el cabello recogido en una espesa cola negra”: irresoluta es una persona indecisa, titubeante, insegura, incierta, confusa, etc. En la página 46 describe unos “hongos subrepticios” (¿maliciosamente ocultos o que juegan a las escondidas?); y en la siguiente página escribe: “Pero Caroline, a diferencia de la diosa antigua, era pletórica de nalgas”: ¿con abundancia excesiva de glúteos? ¿De cuántos?, porque pletórico encierra cantidad numérica, a no ser que se trate de la salud, por ejemplo, o de la felicidad. Más adelante, página 62, describe a alguien que tenía “una nariz aguilucha”: el aguilucho es el pollo del águila; nariz aguileña, quizás. De otro afirma que “era dueño de una avidez atribulada” (65): la codicia, si a ella se refiere, no puede ser atribulada, pues este adjetivo califica sólo a quien padece tribulaciones (desgracias, adversidades). Y vuelve, en la página 76, con las nalgas: “A las indias las pintaba primorosas de nalgas”: primoroso, un bebé por ahí de seis meses, o un bordado delicado y perfecto; pero, ¿unas nalgas? Ahora, ¿cómo se hace una salida sucinta, que narra en la página 87?: “Sin embargo, al amanecer y al anochecer, se hacían salidas sucintas…”: si quiso decir salidas cortas, ¿por qué no empleó este adjetivo? Sucinto es algo conciso, resumido, lacónico, preciso. Y ¿qué tal los “cuerpos núbiles” (108), refiriéndose a los de los niños, si núbil “se dice de la persona que está en edad de contraer matrimonio, y más propiamente de la mujer”? (El Diccionario); y “un trayecto extenso acribillado de marismas” (72), que son, éstas, “terrenos bajos y pantanosos que inundan las aguas del mar”; pero acribillar es llenar algo de agujeros, o, a una persona, de balas o de picaduras. En la página 45 escribe: “A partir de la algarada del indígena, que se carcajeaba por todo…”, en la que muy posiblemente confunde algarada (que puede ser un disturbio callejero) con algarabía. Para concluir este aparte, quiero mencionas los “crucifijos tortuosos” (118); el “verde rotundo del verano” (121), las despotricaciones” (124), “elevar anclas” (112), “aciago mineral” (199), “mapas derruidos” (48), “final espurio” (172), “sobriedad impoluta” (200), “atrabiliaria espiritualidad religiosa” (286), “habituamiento hostigante” (280), “sequedad advenediza” (274), “oficios eméritos” (272), “manos vilipendiadas por las quemaduras” (301). “Juristas atribulados de códigos” (212). La originalidad no resiste tantos disparates.
En la contratapa del libro, Julio Paredes afirma: “En Pablo Montoya el lector se encontrará con una voz poética, con las cualidades indiscutibles de una verdadera literatura de autor”. Lo que puede comprobarse en los siguientes textos: “…y el de más allá, haciendo piruetas con el chorro, meando” (123). “Emergía del muerto un pedo que hacía exclamar de satisfacción al grupo” (64). “A veces se atragantaban con yerbajos que los hacían regurgitar y cagar escandalosamente” (88). “Luego lo vituperaron y lo culearon con los dedos y los brazos” (103). “Uno de los soldados suscitó la risa cuando comparó esos follajes mojados con ubres de vacas grandes” (106). “…esta zozobra ambiental les hacía cagar y mear [a los caballos] con más frecuencia” (171). “Se le alcanzan a ver las nalgas al desgaire” (298). Y “Un taparrabo hecho de pieles les tapaba los órganos pudendos”. ¡Pura poesía, sin duda! ¡Pura literatura de autor! El mismo autor lo afirma: “Búsqueda de la belleza estimula mi escritura” (El Tiempo, 4/8/2015).
Dice también Julio Paredes: “Con una prosa de gran factura…”. Los siguientes son algunos ejemplos de esa prosa, sin comentarios innecesarios: “…participaba en las labores con un arresto que provocaba el entusiasmo…” (41). “En un día levantaron una granja para albergar las municiones, cuyo techo lo formaban hojas de palma que los indígenas transportaban como si fueran hormigas laboriosas” (41). “Las mujeres preparaban las comidas y los brebajes para las horas del descanso” (41). “…se levantaban unas montañas llamadas Apalaches y que allá moraban el oro y la plata” (35). “No había sin embargo ningún gesto de temeridad en su rostro” (38). “…estas consignas se acataban a tropiezos” (50). “Cuidado, querido François, aquí inician los dominios del Hado” (128). “Tenía uno de los ojos tapados con un pedazo de cuero y el otro miraba con desprecio detrás de un enredajo de pestañas” (68). “Poco antes, movido por una clemencia advenediza, el español había separado del grupo a tres imberbes que todavía fluctuaban en la adolescencia” (156). “…trabajó bajo el emolumento de la casa de Lorene, en tierras…” (158). “Su adolescencia la pasó imbuido en los talleres próximos al puente des Arches” ((196). “Sobre a su partida de Lieja hay varias versiones” (198). “Pero captar es un verbo provecto” (202). “A Thédore de Bry se le escamoteó el sueño” (211). “Luego de trasegar por las calles de Amberes” (218). “Las embarcaciones impregnadas de una barahúnda poco propicia a la pausa” (238). “…en tiempos en donde muchos morían por ser…” (270). “…y de no ser atrabiliarios en los que todos lo son…” (276). “Francia, fragilizada por sus guerras intestinas” (253). “Fue bajo las órdenes de Felipe II que empezó a recorrer los mares de América” (101). Y como todos los que hablan nuestro vapuleado idioma –obispos, presidentes, ministros, profesores, médicos, lustrabotas, comentaristas deportivos, periodistas, jóvenes recepcionistas, etc.– echan mano de la estomagante locución por parte de, él no podía quedarse atrás: “La primera (…) es el corte de las manos por parte de un verdugo energúmeno” (299). En todas estas frases se encuentran errores gramaticales (empleo de un verbo pronominal como transitivo y el cacofónico que galicano) y términos que no expresan la idea pretendida por su autor, amén de otros solecismos gramaticales.
Las tres partes del tríptico tienen su relación en los tres pintores, pero especialmente en la conducta de los españoles en América y en las actuación de la Iglesia Católica en contra de los protestantes hugonotes, particularmente en la fatídica noche de San Bartolomé, lo que aprovecha el autor para despacharse de la siguiente manera: “Y permanecer en estas tierras significaba caer en manos del demonio católico” (112). “Todo tenía que ver, era claro concluirlo, con el ímpetu con que se denunciaba el contubernio de los conquistadores con los misioneros” (261); “…habló de los monasterios católicos, esos antros de la corrupción y el pecado, tiempo atrás cerrados por ordenanzas provenientes de Westminster” (239). Y, tratando de hacer un símil con el canibalismo de los Tupinambas, una tribu brasilera, afirma: “Los españoles devoran a su Dios, ese ídolo transustanciado en una hostia, a lo largo de sus misas consuetudinarias disfrazadas de falsa bondad” (230).
¿Cómo es posible que una narración con tantos desatinos y barbaridades tantas reciba un premio literario? O los jurados no leyeron la obra que premiaron, o no quisieron declarar desierto el concurso del 2015. O, muy posiblemente, a quien con tanta generosidad me obsequió el libro y a mí nos metieron gato por liebre, dándonos un libro cuyo texto es diferente del galardonado, merecedor de tan buenos comentarios. Es, esta última, la única explicación.
Nota: Los números de las citas corresponden a las correspondientes páginas de la edición de 2014 (Random House).
