25 de julio de 2026

Escribir, no es de pocos

18 de agosto de 2015
Por Camilo Giraldo Giraldo
Por Camilo Giraldo Giraldo
18 de agosto de 2015

Por Camilo Giraldo Giraldo

Periodista

camilogiraldo[1]Creer que la habilidad para escribir es un don especial con el que se nace, es un mito que impide la producción escrita. Porque es como asumir que los estupendos escritos literarios, filosóficos o científicos los logran quienes son visitados por musas o divinidades o que sólo los genios producen escritos que valgan la pena. Termina uno creyendo que intentar imitarlos es un atrevimiento. Y que, en todo caso, es mejor no arriesgarse a “hacer el oso”.

Sin embargo, la ciencia cognitiva evidencia que escribir no es una destreza innata, un talento con el que se llega al mundo. En realidad, se trata de un proceso que se puede conocer, controlar y disfrutar. Es una capacidad que se adquiere y se domina con la práctica, como ocurre con las demás disciplinas. Y ¿qué implica esto?

Que cualquiera puede escribir. Implica asumir que el único secreto es querer escribir. Al principio, no importa que sea bueno o malo, poco o mucho. Se trata de practicar. En cada oración escrita, se gana experiencia. En el ámbito educativo, implica que los profesores y estudiantes debemos pensar la escritura como un proceso cuyas técnicas se pueden comprender, sin la disculpa de la falta de inspiración o del “yo no nací para escribir”.

En síntesis, se puede aprender a escribir mejor cada vez. La inspiración no es excusa. Si bien el diccionario de la Real Academia de la Lengua define inspiración como un “singular y eficaz estímulo que le hace producir [al autor] espontáneamente y como sin esfuerzo”, tal estímulo no encierra misterio: es un estado de ánimo en el que se tienen ganas, voluntad para producir. Y, entonces llegan ideas, palabras, imágenes, si se está preparado para ello. El pintor Español Pablo Picasso (1881-1973) lo dijo de esta forma: “La inspiración existe, pero se tiene que estar trabajando”.

Un cirujano, un constructor, un profesor o un panadero, producen sin esperar que les llegue inspiración. Se “ponen manos a la obra”. Así es con la escritura. Escribir es una labor de disciplina y dedicación, como otras tareas. No hay misterios. Para el semiólogo y escritor Umberto Eco escribir no tiene enigmas, pero hay que superar la nociva noción de la inspiración:

No hay secreto ni magia en la actividad de escribir. Creencias como la de las musas que inspiran a los escritores, el mítico parentesco entre los autores y los dioses, etc., sólo son metáforas que caracterizaron la escritura en otras épocas.

Otro teórico, Daniel Cassany, se refiere irónicamente a los que creen que escribir es cuestión de inspiración: “En definitiva, están diciendo –¡y quizá también lo entienden así!– que las ideas surgen de la nada, que nacen redondas, hermosas y preparadas para ser escritas, que nos vienen del exterior, de una fuente desconocida, quizá una fuente divina”.

Es decir, al escritor no le llegan las ideas listas, como por arte de magia. Es en el proceso de la escritura que toman forma y profundidad. Y en el cerebro de cada uno, existen infinidad de ideas que pueden aflorar con la escritura. Para esto, hay que practicarla con la conciencia de que es una capacidad que se concreta y perfecciona con el ejercicio.

La escritura es, entonces, posible para todos. Toda persona puede aprovechar los efectos liberadores o recreativos del acto de escribir. En educación, es un instrumento que aporta ventajas en el rendimiento académico. Y los docentes estamos en uno de los pocos, quizás únicos, escenarios propicios para animar la escritura: los salones de clase.