8 de marzo de 2021
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¡Mataron a Mamatoco..! ( I )

4 de agosto de 2017
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
4 de agosto de 2017

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

Este relato se basa en el testimonio de uno de sus protagonistas, el Teniente Coronel Jorge Alfonso Galeano Gómez (Q.E.P.D.) en la Academia de Historia de la Policía Nacional como uno de sus miembros de número y en veladas de conversación con el autor de esta nota. El valor histórico de su testimonio radica en su asombrosa memoria para el detalle y en la fidelidad y precisión de sus narraciones y recuerdos.

La noche del 24 de Julio de 1943, el parque Santos Chocano de la calle 39 con carrera 15, que solía conceder su celestinaje a furtivas parejas de enamorados, se transformó en escenario de un crimen que trajo graves consecuencias a las instituciones del país y que por años colmó de desprestigio y vergüenza a la Policía Nacional y a otras altas instancias del Estado Esa noche, tres policías activos, un oficial y dos agentes, por órdenes del comandante de una de las más importantes Divisiones de Policía de Bogotá, mataron a Francisco Anastasio Pérez, alias Mamatoco, un anodino afro descendiente, de 40 años, boxeador de complexión atlética, sin empleo fijo, camorrero peligroso e intrigante de afilada lengua, quien se ganaba la vida como instructor de boxeo en unidades del ejército y la policía donde se hizo popular entre los subalternos que le confiaban sus reclamos contra sus superiores a quienes acusaban de toda suerte de malos tratos, corruptelas y mal comportamiento.

En un ambiente plagado de amenazas de golpes de estado y reuniones secretas de “conspiretas” de alto, medio y bajo pelo, Mamatoco se convirtió en referente obligado de las autoridades dada su locuacidad irreverente y fantasiosa cuando de conspiraciones se trataba. Recordemos que un año más tarde, el 10 de Julio de 1944, ocurrió el fallido intento golpista de Pasto, liderado por el Coronel Diógenes Gil contra el Presidente López Pumarejo. Es decir, que cuando en el pueblerino ambiente bogotano de 1943 se rumoreaba un golpe de estado, había que reservar asiento en el balcón.

El crimen del boxeador fue planeado por el Mayor Luis Carlos Hernández Soler, Comandante de la II División de Policía de la Carrera 7ª con calle 8ª, frente al Palacio Presidencial, quien tenía entre sus deberes la seguridad del Presidente de la República y su familia, obligación que se le subió a la cabeza y le provocó al pobre hombre aires de superioridad ególatra y altanera que lo hizo creerse un ser superior, el más capaz y poderoso de los comandantes, merecedor de honores y distinciones, a quien debían someterse sus colegas de las Divisiones de la capital, y muy por encima del Director General de la Policía José María Barrios Trujillo, a quien ignoraba y miraba “por encima del hombro”. Hernández llegó al cargo por palanca política de Juan Uribe Durán, Secretario General de la Presidencia. El propio Director describió la personalidad de Hernández Soler cuando en su indagatoria declaró, refiriéndose al polémico oficial: “Desde que asumió ese Comando adoptó actitudes indicativas de que se consideraba como una especie de Mariscal de la Policía o de un Super Mayor a quien debían someterse todos los comandantes y oficiales y hacía franca ostentación de su despectiva actitud para el Director de la Policía”.

El Coronel EJ (Ejército) Fidel Cuéllar Quigua era el Subdirector General de la Policía y el doctor Miguel Lleras Pizarro era el Jefe de la Sección Jurídica de la Dirección de la Institución, quien según relato del Coronel Jorge Alfonso Galeano Gómez, juicioso testigo de excepción, cumplió en este caso, un papel al menos cuestionable. Hay que precisar que la tirria de Hernández con el Director General aumentó cuando este eligió al Mayor Antonio Bustamante para ascender al rango de Teniente Coronel y no a él, quien se creía merecedor y esperaba ese privilegio por encima de sus colegas. Sin embargo, su inventario de antipatías no estaba plenamente satisfecho pues aparte de un Director General que no le daba el crédito que creía merecer lo fastidiaba otra insoportable piedrita en el zapato, esta vez representada por el púgil lenguaraz que en su pasquín quincenal, se atrevía a sacarle los trapitos al sol. Y eso sí que no estaba dispuesto a tolerarlo.

Resulta que al tal Mamatoco le dio por convertirse en periodista aficionado y el 7 de agosto de 1942, día de la posesión de López Pumarejo, empezó a publicar “La Voz del Pueblo”, gacetilla dedicada a cepillar y “halarle las bolas” al mandatario con la esperanza de lograr alguna corbatica en el nuevo gobierno. Su peregrinaje por los ministerios no dio los frutos esperados, así que, amargado y resentido, resolvió dedicar su periodiquillo a divulgar chismes y consejas contra los Comandantes de División y la oficialidad de la Policía bogotana a quienes se acusaba de corrupción, maltrato a los subalternos y “chanchullos” en la provisión de los servicios de salud, alimentación y dotación del personal de sus divisiones. El púgil iba quincenalmente a los cuarteles en los días de pago, visita que aprovechaba para actualizar su “base de datos” con los últimos chismes y repartir su boletín entre el personal a cambio de unas monedas. Los oficiales, blanco principal de sus críticas, lograron que la distribución del pasquín en los cuarteles fuera prohibida, lo que incrementó la demanda del folletín, agudizó la virulencia de las críticas y aumentó la simpatía del personal subalterno por el boxeador.

Pero los malquerientes de Mamatoco aumentaron, entre ellos el todopoderoso Comandante de la II División a quien se acusaba de comer “de gorra” en los casinos de las Divisiones, comprar carro particular con plata de sus subalternos, sacar víveres, sin pagarlos, del “rancho” de la división para la alimentación de su familia y otras indelicadezas, conocidas e informadas posteriormente por el Mayor Luis A. Sánchez, Comandante de la VIII División, amigo y confidente de Hernández y luego su delator. Mamatoco, conocía las debilidades de Hernández Soler y lo chantajeaba por propinas de 2 a 5 pesos a cambio de su silencio. Además corrían rumores inciertos que enredaban a un hijo del Presidente López en la muerte de un carabinero en el Parque Nacional, cuyos sórdidos detalles decía conocer el púgil y amenazaba con divulgar.

El 12 de Julio, dos días antes del crimen, el Mayor Hernández recibió informes del Dragoneante Aquileo Carvajal y del Agente Oliverio Ayala Azuero, de la IX División sobre reuniones en torno a una supuesta conspiración en la que intervendrían el General EJ Eduardo Bonitto Vega, el Coronel EJ Manuel José Sicard, el Teniente EJ Humberto Espinosa Peña, sobrino de Sicard, el Subteniente EJ Enrique Montañez, primo del anterior, además del inefable Mamatoco. Hernández intentó infiltrar en la conspiración a su amigo el Mayor Luis A. Sánchez, comandante de la VIII División, al Teniente Santiago Silva Silva y al Agente Oliverio Ayala Azuero de la IX División y a otros suboficiales, agentes y detectives de diferentes unidades policiales de la ciudad.

Luego Hernández redactó un alarmante informe para el Director General doctor Barrios Trujillo, ante quien quería aparecer como el único capaz de descubrir y desarticular la incierta conjura. Más tarde, ante el juez investigador, Barrios Trujillo, respondió con evasivas sobre el documento y aseguró desconocer su contenido; luego el malhadado informe pasó a la Prefectura de Seguridad y de allí al Juzgado 3o Penal del Circuito de donde fue burdamente sustraído. Hernández, por su cuenta y riesgo decidió arreglar de tajo el asunto de la conspiración y de paso quitarse de encima al incómodo “editor” de sus “ligerezas” por lo cual citó a su oficina al Teniente Santiago Silva y a los Agentes Oliverio Ayala y Rubén Bohórquez, los dos primeros de la IX División y el otro de su propia unidad y les informó falsamente que había que matar al “conspiradorMamatoco por orden del presidente López Pumarejo, so pena de sufrir severas sanciones penales.

Hernández Soler entregó a Bohórquez dos cuchillos romos y oxidados, le ordenó afilarlos y estar listo para cuando fuera llamado. El 14 de Julio ordenó al Dragoneante Carvajal localizar al boxeador en el centro de la ciudad y junto con el Teniente Silva y los Agentes Ayala y Bohórquez, invitar a Mamatoco a una reunión cerca de la VIII División, para tratar asuntos de la conjura golpista y advirtió que se le avisara cuando se concretara el encuentro con el púgil. Reunidos en la Plaza de Bolívar, se le dijo a Mamatoco que el punto de cita era la Carrera 13 con 39 y que para no despertar sospechas, él se fuera en tranvía y los 3 policías de civil en taxi.

A las 21:20, avisado del progreso de la misión, Hernández llamó a la guardia de la VIII División y ordenó acuartelamiento en primer grado, orden que el Oficial de Servicio, Teniente Jorge Galeano Gómez, nuestro fiel relator de los hechos, cumplió de inmediato y para confirmar la orden, llamó por teléfono a su Comandante el Mayor Sánchez quien se encontraba en la sede de la II División y quien, con la voz balbuceante y pastosa del borracho le confirmó la medida. Galeano reforzó la guardia y apostó centinelas en la parte exterior del cuartel, uno de ellos el Agente Alberto Balaguera, quien oculto tras unos arbustos, tenía amplia visión de la esquina de la Carrera 13 con 39, a 20 metros de la puerta del cuartel, lugar de la parada del tranvía. A las 21:30, según lo acordado, llegó un tranvía del que se apeó Mamatoco y minutos después llegaron en taxi los 3 policías de civil.

El Teniente Silva se separó del grupo y entró al cuartel de la División, del cual salió poco después y bajó por la calle 39 con Ayala, Bohórquez y Mamatoco, lo que fue observado por Balaguera, quien sin conocerlo supuso que Silva era policía pues de civil había entrado y salido de la guardia sin problema. Minutos después el Cabo Nieto Sánchez, recorredor del turno de vigilancia, llamó a la guardia de la División desde el teléfono de una casa contigua al parque Santos Chocano e informó el hallazgo de un herido agonizante, así que el Teniente Galeano llamó al Dr. Saúl Amézquita juez de turno del Juzgado Permanente situado a pocos metros del cuartel, quien acudió con el secretario y con el hábil detective Alfredo Bernal, alias “Chocolate”, famoso por sus éxitos como investigador.

Luego de hablar con el Teniente Galeano, oficial de servicio, el Juez se dirigió al sitio indicado donde encontró a la víctima ya fallecida. El Agente Balaguera, tentado por la curiosidad, abandonó su lugar de guardia y al ver el cadáver reconoció a quien minutos antes había bajado del tranvía y había seguido hacia el parque con los civiles del taxi, entre ellos al que había ingresado y salido del cuartel sin problema y así lo expresó ante los funcionarios presentes. Amézquita la pilló al vuelo y ordenó al detective “Chocolate” ir a averiguar la identidad del civil que había entrado y salido libremente por la guardia y después de varias evasivas del Comandante de Guardia, logró identificar al Teniente Santiago Silva como parte del trio de sospechosos que acompañaban aquella noche a Mamatoco.

El desprevenido testimonio del Agente Balaguera fue decisivo para aclarar el crimen 30 minutos después de cometido, por lo que se derrumbó el tinglado de Hernández y sus cómplices, quienes en la sede de la II División se dedicaron a celebrar con licor y por anticipado el éxito de sus planes. Mientras tanto, a las 2:10 de la madrugada llegó a la VIII División el Capitán Hernando Navarro, Oficial de Guarnición, quien recibió del Oficial de Servicio informes del hecho y de la probable vinculación del Teniente Santiago Silva con el crimen. Momentos más tarde llegaron, algo “copetones” y uniformados el Subdirector General de la Policía Nacional, Coronel EJ  Fidel S. Cuéllar y el Mayor Luis A Sánchez, Comandante de esa División. El Capitán Navarro les informa y menciona la presencia del Teniente Silva en el hecho y el testimonio de Balaguera, quien por orden del Juez, fue aislado e incomunicado en el Permanente. El Coronel Cuellar se dirigió al Juzgado para sacar a Balaguera, pero chocó con la firme oposición del juez Amézquita.

Por su parte, “Chocolate” no perdió tiempo y esa madrugada se dirigió a la IX División en la 13 con 57 a buscar a Silva y al no encontrarlo siguió a la II División, en la 7ª con 8ª  a entrevistar al Mayor Hernández, uno de los autores intelectuales, a quien encontró a la 1:00 A.M. en su dormitorio y a quien preguntó por Silva, a lo cual, entre balbuceos, evasivas e incoherencias, respondió que el oficial estaba cumpliendo una misión reservada relacionada con una “conspiración”. El detective entró en sospechas y logró hacerle reconocer a Hernández que Silva estaba en compañía de dos agentes, todos vestidos de civil, cuyos nombres se negó a revelar y ante la tenaz insistencia del “tira”, Hernández, ya molesto, en tono sarcástico le sugirió que se lo preguntara al Director General de la Policía.

Desde ese momento empezó a desenredarse la madeja y a aclararse el episodio, rubricado luego por la confesión del Agente Bohórquez de ser el orgulloso autor de las 19 puñaladas. Hasta aquí los detalles del maremoto, pues el pavoroso tsunami institucional sobreviniente como consecuencia de la hoy inexplicable cadena de errores de juicio y decisiones absurdas que lesionaron tan gravemente a la Policía Nacional y sus mandos, provoca incredulidad y asombro. Si el crimen de Mamatoco fue un acto excecrable, lo que vino después ronda las vecindades de la demencia colectiva. Conocer tales detalles amerita concluir este relato en una próxima entrega, dada la necesidad de sintetizar la descripción de una cadena de estupideces de tal magnitud en un espacio tan precario.