Fuera del lugar
Ernesto Herrera con todas las trazas de un Superman criollo, le jalaba fuerte al oficio de herrero en el taller que había heredado de su padre, por donde de lunes a viernes siempre miraba pasar a la hija de Don Roque, el peluquero que rompiendo la regla del gremio era persona silenciosa, prudente, asaz, solitaria, pero con una hija adolescente tercamente hermosa: Mercha Talero.
Esta deliciosa mestiza pasaba frente al taller camino a su colegio. Ernesto que sabía su itinerario la esperaba en la puerta y le lanzaba unos piropos como buscanigüas navideños que a ella la hacían saltar de la pura dicha. Y sin duda esa feliz y fugaz presencia le inspiraba a rendir más de la cuenta en su trabajo de fragua y martillo.
El se dijo que no se trataba de la bobada de verla pasar y pasar, si no que se trataba de una desbocada atracción que hacía multiplicar sus martillazos como campanadas locas de recinto religioso. Se dijo que tenía que ser su compañera y dar un portazo a ese retazo de vida anterior de fugaces y diversos amoríos, de aquellos de toma y daca y a ese vanidoso pregonar que no había mujer capaz de amarrarlo a la pata de una cama, cuando había tantas camas sin patas.
A pesar de su fanfarronería varonil, entendía que el amor era como esa forja preñada por el fuego, que atiza el corazón por una sola y adorable figura, un tierno nombre y un cabalgante deseo. Todo eso se resolvió por la resolución de la entrega. Y tuvieron un hijo: Fabrizio.
El mozalbete desde muy chico era un enamorado del deporte. No le importaba el clima que hiciera. En el patio de su casita con una pelota trataba de descifrar ese ritmo envolvente, pícaro, inteligente, sin desafinar, de los “craks”. Además, se comportaba bien en casa, para obtener el premiso de la madre de ver el futbol en la Tv de la tienda de Don Trino, a pesar de la cantaleta de la madre para que dejara esas pendejadas de las patadas y se consagrara al estudio.
Cuando la madre se quejó al padre, éste con toda la calma le respondió: vea mija, siempre se ha dicho que cada hijo trae un pan debajo del brazo y Fabrizio lo que trajo fue en balón de futbol. ¿Qué podemos hacer?
Ante esa pasión y decisión del hijo, claro que tuvieron que hacer de tripas corazón y con sacrificios económicos proporcionarle sus elementos deportivos, pues eran él, el campo y el balón uno solo que rodaba y cabriolaba a su antojo una danza armónica con figuras pinceladas en el viento.
Déle y déle al balón, porque en su imaginación ya era un “As” y ya estaba integrado al “team” del colegio, con sus pases de taquito, remates de cabeza, fintas de danzante de tango, velocidad de gamo, cosechando experiencias y soñando en poder esquivar las naturales zancadillas del vivir.
Sí, vivía con la “goma” del futbol. Guiado por el profesor de deportes del colegio que vislumbraba sus condiciones especiales: inteligencia para el “dribling”, visión del arco, gran físico, tremenda pegada, lo recomendó a un cazatalentos que lo citó para un examen técnico. Y Fabrizio pudo comprobar que el deseo y la realidad en veces se dan la mano para caminar hacia el futuro.
De ahí en adelante fue empacando sus empeños y su ambición cerebralmente para irle ganando puntos a la quimera y ya no como simple novato, si no como se lo había propuesto: a patadas lograr sacudirse todas las limitaciones sociales con la compañía de sus padres y no seguir siendo los “pelotudos” que muelen un destino sin orillas.
A padre y madre -Ernesto y Mercha- los arrolló una claridad desconocida a la que le llaman “Fama” que había trepado sobre sus hombros – carga liviana- como traje holgado, a la vista de todo el mundo, que espantó carencias y estremecimientos de saudade, que iba pintando de luz la oscura sombra de existir pero no ser, acompañado de aplausos del prójimo que eran cerrados, alegres y se escuchaban como castañuelas de tablado español. Perseguidos por una felicidad como de colegiala enamorada o como ganadores de una lotería sin comprar el billete.
De sopetón, como baldado de agua helada, los cobijó la prestancia vecinal y comarcana por ese hijo que “iba palo arriba”, sin faltar la rebrujadera interrogante de los medios de comunicación sobre sus vidas y la de Fabrizio. ¿Que podrían decir ellos ante esa morbosa curiosidad sobre dos almas simples cuyas huellas ancestrales tenían tan poco de maravillar o espantar profanos?
Todo ese sueño – realidad, todo ese universo que podían pastorear con su abundancia económica y poner a huir esas noches y esas mañanas vividas al “debe”, se ahogó en ese pozo pestilente de la violencia, cuando llegaron tales sembradores y cosecheros de tumbas y cruces que con arrogante y altanero grito señalaron a Fabrizio y escupieron: ¡usted va p,al monte con nosotros!
A padre y madre los estrangulaba un silencio angustiosamente medroso y entendieron que había quedado fuera de lugar.