La camiseta que nos unía
Tres controversias en una sola semana revelan cómo la polarización política está alcanzando incluso uno de los símbolos que históricamente ha unido a los colombianos.
Hay símbolos que pertenecen a todos los colombianos.
En un país marcado por profundas diferencias políticas, ideológicas y sociales, siempre han existido algunos espacios capaces de reunirnos alrededor de un sentimiento común. La Selección Colombia ha sido, quizás, el más importante de ellos.
Durante décadas, la camiseta de nuestra Selección logró algo que muy pocas cosas consiguen en nuestra vida nacional: hacer que millones de colombianos olvidaran por un momento aquello que los separa para concentrarse en aquello que los une. Cuando juega la Selección, desaparecen las etiquetas políticas, las disputas ideológicas y las diferencias partidistas. Durante noventa minutos todos celebramos los mismos goles, sufrimos las mismas derrotas y compartimos las mismas esperanzas.
Por eso resulta tan preocupante lo ocurrido durante los últimos días.
Tres episodios distintos, aparentemente inconexos, terminaron teniendo un mismo denominador común: la política irrumpiendo en uno de los pocos espacios que todavía conservaba un valor de unidad nacional.
El primero ocurrió durante la despedida de la Selección Colombia rumbo al Mundial. Las reglas del protocolo establecidas para el acto contemplaban un saludo breve y protocolario entre los jugadores, el presidente de la República y su hija, sin espacios para extensos discursos, fotografías individuales, conversaciones prolongadas o saludos personalizados de larga duración. Sin embargo, lo que debía ser simplemente el cumplimiento de un protocolo diseñado por la propia Presidencia terminó convertido en una controversia política alrededor del saludo entre James Rodríguez y Antonella Petro. Durante varios días, la conversación pública dejó de girar alrededor del fútbol para concentrarse en una nueva confrontación ideológica en redes sociales y medios de comunicación.
El segundo episodio tuvo como protagonista a Yerry Mina. Una fotografía junto al expresidente Álvaro Uribe derivó en una polémica nacional después de que el presidente Gustavo Petro realizara comentarios racistas que relacionaron la imagen con la historia de la esclavitud. Lo que pudo haber sido una fotografía más terminó convirtiéndose en motivo de enfrentamiento y de reacciones cada vez más radicales. La discusión alcanzó niveles preocupantes, con ataques personales, descalificaciones y expresiones de intolerancia que jamás deberían tener cabida en una democracia.
El tercer episodio tuvo como centro la propia camiseta de la Selección Colombia. Las declaraciones del candidato Cepeda sobre su utilización en actividades políticas generaron una nueva controversia nacional que llegó incluso a escenarios judiciales. Sin embargo, el abogado que había promovido una acción de tutela relacionada con la prohibición de la utilización de la camiseta por parte de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella terminó retirándola posteriormente. Más allá del desenlace jurídico, el hecho mismo de que la camiseta de la Selección se convirtiera en objeto de disputa política resulta revelador del momento que atraviesa el país.
Observados por separado, estos hechos podrían parecer simples polémicas pasajeras. Observados en conjunto, revelan algo mucho más profundo.
La Selección Colombia nunca ha sido de izquierda ni de derecha. No pertenece a un presidente, a un partido político ni a una corriente ideológica. La Selección pertenece a todos los colombianos.
Precisamente por eso preocupa que hoy sus jugadores, sus actos públicos y hasta su camiseta estén siendo arrastrados hacia la misma lógica de confrontación que domina buena parte del debate nacional.
La democracia necesita discusión y controversia. Las diferencias son legítimas y necesarias. Pero una sociedad también necesita símbolos compartidos. Necesita escenarios donde los ciudadanos puedan encontrarse como compatriotas antes que como adversarios. Durante generaciones, la Selección Colombia cumplió esa función. Por eso la reflexión que dejan estos acontecimientos va mucho más allá del fútbol.
Si permitimos que la polarización se apodere también de nuestros símbolos comunes, terminaremos perdiendo uno de los pocos espacios donde todavía era posible reconocernos como parte de un mismo país.
La verdadera discusión no es sobre James Rodríguez, Yerry Mina o una camiseta. La verdadera discusión es sobre la necesidad de preservar aquello que nos une frente a dinámicas que terminan alimentando la división, la rabia y la confrontación permanente.
La camiseta de la Selección Colombia no puede dejar de ser un símbolo de encuentro para convertirse en una bandera de disputa política. Si esto ocurre no pierde el fútbol, perdemos todos los colombianos.