Cuando callar es ser cómplice
Venezuela, el espejo roto de América Latina
La región vuelve a mirarse en el espejo venezolano, y lo que refleja no es solo la tragedia de un país devastado, sino la decadencia moral de un continente que aprendió a convivir con la dictadura. La última encuesta de Atlas Intel, realizada en toda América Latina, confirma un viraje histórico: más de la mitad de los latinoamericanos y dos tercios de los venezolanos en el exilio respaldan una intervención militar de Estados Unidos para poner fin al régimen de Nicolás Maduro. La cifra no es una provocación: es un síntoma. El indicio de una región cansada de palabras al aire y del silencio cómplice.
Durante años, los gobiernos latinoamericanos ensayaron un lenguaje de neutralidad que, en la práctica, significó indiferencia ante el sufrimiento de millones. Mientras el chavismo confiscaba la democracia, destruía la economía y encarcelaba disidentes, la mayoría de los mandatarios prefirió el refugio de la moderación. Hoy ese plan se revela como lo que siempre fue: una forma elegante de mirar hacia otro lado. Porque, mientras se invocaba el diálogo, más de ocho millones de venezolanos huyeron de su país, y el último simulacro electoral, el del 28 de julio de 2024, selló la evidencia de un régimen que ya ni necesita disimular sus fraudes.
En ese escenario, la encuesta de Atlas Intel retrata el agotamiento del continente con una claridad brutal. Casi el 60 % de los encuestados no cree en la vía diplomática, y más del 70 % define a Venezuela sin rodeos: dictadura. La sociedad regional, no los gobiernos, ha comprendido que la tiranía no se desmonta con comunicados. Y mientras el pueblo venezolano resiste entre el miedo y el hambre, los presidentes que se autoproclaman defensores de los derechos humanos practican un silencio tan estridente como la represión misma.
Entre ellos, Gustavo Petro ocupa un lugar destacado. Según el sondeo, es el líder con peor percepción en su compromiso con la libertad venezolana. Su política exterior, que se presenta como progresista, ha terminado siendo una indulgencia con los autoritarios de la región. Petro habla de paz mientras calla ante los presos políticos, condena la injerencia extranjera pero tolera la influencia rusa en Caracas, y proclama su fe en el diálogo con un interlocutor que no dialoga, sino que extorsiona. Su actitud no es neutralidad: es una forma de complicidad que degrada el prestigio de Colombia y debilita la autoridad moral de toda la región.
Porque Venezuela no es un caso aislado: es el laboratorio de una alianza internacional que combina populismo, crimen y esquema político. Rusia, China e Irán sostienen al chavismo no por afinidad ideológica, sino porque representa una pieza útil en el ajedrez del poder global: un enclave antioccidental a las puertas del Caribe. Moscú lo confirma cada vez que su cancillería sale en defensa de Maduro, mientras Washington reafirma su presencia naval en la zona. El mapa de tensiones revive ecos de la Guerra Fría, pero con un nuevo matiz: esta vez son los latinoamericanos quienes piden la intervención.
Esa paradoja debería avergonzar a los líderes del continente. Que los pueblos democráticos vean en una potencia extranjera su única esperanza dice mucho del vacío moral y político de América Latina. No se trata de aplaudir una acción militar, sino de entender por qué la mayoría la considera inevitable: porque ningún organismo regional tuvo el coraje de actuar. Ni la OEA, ni la ONU, ni los gobiernos que predican soberanía cuando conviene y callan cuando se trata de defenderla.
Hoy Venezuela denota algo más que un país oprimido: simboliza la renuncia colectiva a la responsabilidad democrática. La historia será implacable con quienes eligieron la tibieza por miedo o por cálculo. Y cuando la dictadura de Maduro finalmente caiga porque caerá, como caen todas las dictaduras, quedará registrada no solo la resistencia heroica de un pueblo, sino también la vergüenza de una región que prefirió el silencio antes que la solidaridad.
XG