Los buenos somos más
Colombia se manifestó. Y habló en silencio. En una imagen que quedará grabada en la memoria colectiva, miles de ciudadanos salieron a las calles de más de 20 ciudades para marchar sin agredir, sin destruir. Lo hicieron con la contundencia que solo da el dolor y con la esperanza que nace de la unión. La llamada “Marcha del Silencio” fue mucho más que una protesta: fue una advertencia. Un mensaje directo a un gobierno que parece no querer oír a un país cansado del miedo, de la violencia y de la manipulación.
La gota que colmó el vaso fue el atentado contra Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial. Pero lo que se marchó fue mucho más amplio: se marchó por los muertos anónimos de cada día, por los atentados simultáneos en Cali, por los escándalos de corrupción que ya nadie investiga, por la impunidad, por la burla al país desde el poder. La gente salió a las calles por una democracia que se siente cada vez más débil y por una justicia que es atacada mientras el presidente guarda silencio o se victimiza. Colombia no caminó por un solo hombre: se movilizó por su dignidad.
Lo más revelador de la jornada no fue la cifra de asistentes, sino su composición. No hubo refrigerios, ni buses, ni tamales. No hubo sindicatos financiando el transporte. Era la gente del común, ciudadanos libres que simplemente están cansados de ser ignorados. Agotados de un ejecutivo que gobierna desde la rabia, que divide para reinar y que insiste en culpar al pasado mientras el presente se desangra. Esta vez, la polarización no sirvió: el país protestó unido.
Y se expresó con fuerza. Porque el miedo ya no es suficiente para controlar a la ciudadanía. Porque el cuento del cambio ya no se lo come nadie. Porque gobernar no es llorar todos los días en televisión ni hacer giras internacionales para victimizarse. Liderar una nación con conciencia, es tomar decisiones, proteger la vida, cuidar la democracia, enfrentar el crimen. Y este gobierno ha fracasado en todo eso. La realidad se impone: más violencia, más pobreza, más desesperanza.
La Colombia que se unió a la protesta no está armada. Pero está alerta. Está hastiada de que el discurso presidencial reduzca cualquier crítica a un ataque de “la élite”. Está abrumada de que se utilice la historia para justificar cada error del presente. Y está indignada con la impunidad frente a hechos gravísimos. Atentar contra un senador en plena capital no es un incidente menor. Es una amenaza directa a la democracia. Que la respuesta del gobierno sea el silencio o el desprecio es inaceptable.
Bogotá, Medellín, Manizales, Cali… todas hablaron con la misma voz: no más miedo, no más violencia, no más polarización. Los colombianos no quieren que el país se les escape de las manos. No están dispuestos a normalizar el terror, a justificar la ruina o a resignarse al fracaso. Esta no fue solo una marcha, fue una señal clara de que hay una reserva moral viva, una ciudadanía que no se rinde, que cree en el estado de derecho, en la justicia y en la esperanza.
Lo que vimos el domingo fue una advertencia. Una forma pacífica de decir “basta”. No fue solo una manifestación, fue un mensaje. El pueblo está despierto, está cansado, pero no está vencido. Y tiene claro que este país no puede seguir así. Que el temor no puede ser el que mande. Que la violencia no puede ser costumbre.
Y sobre todo, quedó claro algo más profundo: lo que nos une es más fuerte que lo que nos divide. Nos une la defensa de la democracia, del respeto, de la vida. Nos reúne el deseo de un país mejor. Colombia se pronunció, y lo hizo con firmeza. Ojalá el gobierno escuche, porque los buenos somos más. Y ya no vamos a quedarnos callados.
XG